Cumple años Lucía Bosé, ‘la abuela azul’

Es posible que ya hayamos escrito sobre ella, claro que sí. Siempre fue noticia, en lo que hizo y también en su largo y siempre deseado silencio.

La actualidad pone de pronto en pie el rostro, el nombre, la vida y también la muerte de una persona. Es la dictadura de lo sucedido. Es el caso ahora de esta dama, gran dama, que aunque se llama de verdad Lucía Borloni, quiso llamarse Bosé desde que llegó al mundo del cine.

Era bellísima. Es bella todavía, que lo que se tiene se mantiene. Nació en Milán, y tiene más de campesina que de marina. Tal vez por eso, desde hace muchísimo tiempo siempre que puede, se esconde, se escapa. Digo yo que es como si volviera a sus raíces. Los tirones de la tierra son enormes, eternos. Por eso ahora, la que fue viuda de Luis Miguel Dominguín – uno de los grandes del toreo de su época, y de todos los tiempos – vive en un pueblo de Segovia, en la alta Castilla la Vieja, que a ella siempre le gustó tanto. En Brieva, que ella ha puesto estos días en el mapa. Llevaba mucho tiempo en una casa grande, hermosa, como a ella siempre le gustó, escondida, aunque reconocida, siempre coronada de ese pelo azul, que lleva desde hace mucho tiempo.

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Yo la entrevisté hace mucho tiempo, incluso hice alfarería con ella en el alfar de Otero Besteiro, el enorme escultor gallego, y también con Natalia Figueroa, que estaba siempre cerca, la esposa de Raphael.

Aquí tengo el cuenco de barro, que sostiene hoy uno de los huevos de avestruz de mi colección, breve pero brava, que me ido trayendo de medio mundo. Sobre todo, claro, de cuando uno viajaba hasta África buscando el corazón de la negritud, tan hermoso.

Días atrás de la aparición de Lucía, había muerto -de lo que dimos también cuenta, como era menester- su nieta, Bimba Bosé que necesitó marcharse del todo para saber lo grande que era.

Lucía, su abuela, “la mamma” como le decían los suyos, estuvo todo este tiempo instalada -como casi siempre- en el silencio. Yo la había entrevistado nada más llegar a Madrid, cuando hizo Muerte de un ciclista,  que fue un gran suceso. Era una película en blanco y negro, estupenda. La hizo con el argentino Alberto Closas, que ya vivía entonces en Madrid, donde se quedó hasta el final. Lucía se casó con Luis Miguel, del que se distanció, parece mentira que dos personas tan diferentes vivieran tanto tiempo juntos y tuvieran aquellos hijos: Papito, o sea Miguel, Paola y Lucía, que todos muchas veces han adquirido la importancia de ser noticia. Miren la casualidad que yo escribí para ¡HOLA! las memorias de Miguel, precisamente en Milán, donde el cantante me enseñó lo que era la geografía íntima de su madre.

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La entrevisté también nada más nacer Miguel, en la que ya era su casa de cerca de Madrid, aquella preciosa hacienda. Cortijo españolísimo, lleno de belleza, de estilo, donde -como ya he contado otras veces- sus hijos, cuando eran pequeños, se arropaban con capotes que había firmado Pablo Picasso, su padrino.

También hablé con ella otras veces, por ejemplo, para todo el mundo con la televisión en el palacio con fantasmas de los Marqueses de Linares, en el corazón de la Cibeles de Madrid, donde hoy radica el músculo y el acercamiento con los pueblos de América, todos, un lugar que aprovecho para recomendarles que lo visiten, vivamente. Ya.

Con Lucía he hablado mucho, sobre todo y además, de cuando creó aquel precioso Museo de los Ángeles en el casón de Turegano. Toda la vida buscando una de las mas increíbles colecciones de ángeles del mundo entero. Cuando su empresa quebró, propuse a Córdoba que se quedara con él, que no en vano el patrón, protector de la ciudad hermosa, es San Rafael arcángel, que es más que ángel sin duda. No tuvimos suerte. Hoy guarda ella el dolor y el secreto de dónde los tiene, esa colección de atletas preciosos y precisos que están en los libros sagrados y que, a veces, pocas, sentimos que respiran en nuestro cuello. Cuentan que estos días atrás, ya que se nos fue Bimba, que también quiere decir niña, ella ha recibido la ternura de los suyos, todos o casi todos, que se han reunido en torno -sobre todo- a los recuerdos en su casona castellana, donde lee, siente, piensa, quizá escribe, y sobre todo, sueña, porque el día que no sueñe Lucía, que es una artista total, ya no estará entre nosotros. Y siempre con ese cabello azul, que ha merecido el nombre del azul Lucía porque es distinto a todos los demás.

El otro día, cuando la reunión de la memoria, Lucía Bosé hizo saber: “La recuerdo mucho [a Bimba] porque se parecía mucho a mí y, además, y no hay que olvidarlo, por un razón excepcional. Ella fue la que me tiñó -con acento en la “o”- el pelo de esta manera. Algo que le agradeceré de por vida”.

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Y que la convirtió en la abuela azul. Que, sin duda, es una forma de ángel. Un beso Lucía Bosé, que acabas de cumplir ochenta y seis años el sábado pasado, pero que mantienes la ilusión, y la fantasía de una niña.

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