Zsa Zsa Gabor, cuando te decía ‘quegidoooo’

Porque a mí me lo dijo y no todo el mundo puede decir lo mismo. Me explico. Si ustedes repasan nuestro ¡HOLA!, desde hace no sé cuántos años podrán comprobar, que servidor de ustedes más por viejo que por sabio, ha entrevistado en distintas ocasiones a Zsa Zsa Gabor, que se nos acaba de ir antes de llegar a los cien, que los cumplía el febrero próximo. Pertenecía la anciana dama que se nos acaba de marchar a esa galería color sepia que se ha dado en llamar “las legendarias”.

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La última vez que la vi aun no estaba sentada en la silla de ruedas, pero poco le había de faltar, igual cuando soplaba las setenta velas de su tarta de ceremonia. Creo que ya estaba casada con aquel elegante caballero alemán que llevaba chaleco, que fue su noveno marido, porque Zsa Zsa Gabor se casó nueve veces, entre ellos el Hilton -el de los hoteles- y George Sanders –un grande de Hollywood-, aunque algunos de sus matrimonios al final fueron anulados, aparte de otros cercanos amores que iluminaron el noticiero rosa de su vida. Por ejemplo, dicen que fue amor, si bien pasajero, de aquel al que yo tuve la suerte de entrevistar en Madrid y que se llamó Porfirio Rubirosa, feo pero buen conquistador, elegante y sin otro oficio que su estilo personal y su forma de manejar sus romances.

Zsa Zsa Gabor, de la que hablábamos hace unos días cuando no sabía el nombre del que tenía frente sí, tal vez porque no le hacía falta, decía…

– ¡Quegidoooooooo!

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Que traducido a lo normal quiere, o pretender decir, “querido”. Dos veces, como pocas me lo dijo y las dos veces, para ¡HOLA!, creo, y en Hollywood. Como actriz de cine, superviviente. Había nacido en Budapest y escribió su propia biografía, que se llamó Una vida no es suficiente. Que es verdad, según su propia existencia, porque vivió mucho y con fuerza, cuenta -se llamaba de verdad Gabor Sari- que sus padres fueron un ilustre militar austrohúngaro y  una dama de la alta sociedad del entonces imperio que se dedicaba a la joyería. Lo que sí es cierto es que tuvo varias hermanas, una de ellas Eva, que también fue gloria efímera en el cine y Miss Hungría. La verdad es que había sido muy bella y que aún continuaba con su resplandor cuando la conocí, y que sin embargo había tenido una vida de luces y sombras, porque había sido también además de agraciada muy desgraciada.

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A saber, era una residente habitual de los hospitales americanos del oeste. Por ejemplo, los últimos años de su vida los pasaba sentada en una silla de ruedas que ella misma conducía, si no la empujaba su esposo, como príncipe alemán de sus últimos días. Había tenido un accidente de coche que a poco le cuesta la vida. Era superviviente de un largo coma, se había cortado una pierna a la altura de la rodilla, por una mala operación quirúrgica, y la pobre dama rica había sobrevivido a todo, incluso aseguró haber visto la luz al final del túnel de los que regresan del más allá, que hay casos. Hizo treinta películas y muchos papeles casi inolvidables en la televisión, aunque nunca llegara a ser como su paisana Greta Garbo. Hablaba inglés, claro, pero con un fuerte acento, yo diría de heroína de película alemana, tipo Marlene Dietrich.

Tenía una mirada clara, mareante, y yo la recordaba de cuando hizo en aquella película inolvidable Moulin Rouge, de John Huston, por cierto, el papel de modelo del pintor Toulouse Lautrec, que interpretó el enorme actor José Ferrer, puertorriqueño al que tuve el honor de entrevistar hace tanto tiempo que luego haría aquel Cyrano de Bergerac, imposible de olvidar aunque se quiera.

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Se nos fue Zsa Zsa Gabor a los noventa y nueve, y ya quedan pocos de su época. Era ciertamente una leyenda, una superviviente. Vivía en una casa pequeña, últimamente en Bel Air, donde siempre le gustaba ser retratada junto a una piscina de aquellas de Esther Williams. Se va uno ya llenando de crepúsculos. Hizo una película en España, en el mundo del toro,  aunque tampoco fue lo mejor para ella, las cosas como son. Pero por donde pasó dejo un cierto aroma de cómo deben ser las leyendas: Casi inaccesibles, como lo es la Vía Láctea, lejana, pero está ahí.

Descanse en paz, una pena, porque le han faltado tan solo treinta días para su cumpleaños, habría merecido un homenaje mundial, aunque ya no hubiera podido soplar las velas de la tarta de las leyendas como pudo hacerlo  hace unos días Kirk Douglas al cumplir 100 años.

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