Marcello Mastroianni, aquel galán siempre enamorado

Lo cierto es que siempre hacía de enamorado. Siempre, o casi siempre, contando una historia de amor, o desamor, que es lo mismo, como  digo  con frecuencia. Pero la verdad es que la película terminara bien o mal, él siempre mantenía ese aire como triste de galán sin suerte, de enamorado sin final feliz, incomprendido.

Al menos eso me parecía a mí, y eso que le entrevisté un par de veces, quizá tres. Pero sobre todo, ahora que se celebra, o se recuerda, que se nos murió de cáncer – hace veinte años, un diecinueve de diciembre – es por lo que acudo a mi memoria, si es que no me traiciona; que a veces y cada vez con más frecuencia viene haciéndolo, por lo que cuento, en voz alta, escribiendo este blog, para que lo que es o fue mío, pueda compartirlo con los demás.

En este caso, con ustedes, mis leales, por pocos o muchos que sean… Eso sí, me consta que repartidos por el mundo. Así que, a lo que voy sin más protocolos.

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Hace ya muchos años – desde luego más de veinte ya – en el ocaso de sus dos vidas, la del cine y la propia, acudí a una cita con Marcello Mastroianni, el grandísimo actor italiano, a una cita un tanto mágica, por no decir maravillosa – al menos para mí – que se llamó Gabriela clavo y canela, que había escrito un brasileño al que yo adoraba por su manera de escribir y de ser, llamado Jorge Amado, al que por otro lado, servidor ya había entrevistado en uno de sus viajes a Madrid, y a quien hice saber que se le debía dar cuanto antes el premio Nobel de literatura, que se lo merecía sin duda.

No se lo dieron, la verdad sea dicha, y menos después de habérselo pedido yo, claro, si es que lo supieron… Pero lo cierto es que allí estaba ni más ni menos que en San Salvador de Bahía, uno de los lugares más bellos y más calientes también del mundo en que vivimos. Allí estaba nuestro Mastroianni, rodando la película, en compañía de una bella, a su manera, brasileira, llamada Sonia Braga, que fue una especie de Sofía Loren de ese amplio mundo llamado Brasil.

Cuando fui a verle, allí arriba, desde donde se dominaba una fascinante visión de la gran bahía, el actor estaba sumido en una fortísima depresión, mal que le habitaba con frecuencia, pues ya estaba muy mayor, y al que mucha gente no le daba importancia, sin entender que se trata ni más ni menos que del ‘cáncer del alma’.

Allí estaba en efecto, sentado en un gran sillón de mimbre, con una mantita leve sobre las piernas, a pesar del húmedo calor que nos envolvía. Estaba triste, como siempre, aunque parecía sonreír, pero no lo deseaba. Tenía un libro cerca, y se refugiaba debajo de un gran sombrero de ala muy ancha, de esos de hoja seca que no se arrugan nunca aunque se traigan en el fondo de una maleta llena. Yo tuve uno que había comprado en la Mérida mexicana, bajo los portales de aquella plaza con buganvillas, una de las más hermosas del mundo.

Lo echo mucho de menos, créanme.

Bajo aquel escondite estaba nuestro personaje universal, vestido de capitán de barco mercante, recalado en tierra; pero eso sí, con el mar enfrente, y el oceánico por más señas.

Me presenté, y aún sin reconocerme, hizo como que me recordaba. Era, es, la magia del ¡HOLA!, y desde luego de España, en la que había rodado más de una película, algunas fácilmente olvidables.

Empezábamos a cambiar esas palabras sueltas, de siempre, cuando se ha hecho ya la presentación de credenciales. Y, como siempre, aquella pregunta inicial, casi de siempre.

“¿Sigue usted enamorado de Claudia Cardinale?”

No era nada original, porque si tú no se lo preguntabas, él te respondería. Y yo, además había conocido y entrevistado a Claudia en más de una ocasión cuando hacía cine en Almería. Bien que lo recuerdo, era una criatura guapísima, encantadora, de las únicas.

Puso como siempre los ojos en blanco nuestro gran actor, aquel de la película con Anita Ekberg, cuando se bañaban en la Fontana de Trevi de Roma… Ahora acaba de morir Anita, ¿recuerdan? En una residencia de ancianos, de Roma, en el más crepuscular olvido…

Me miró despacio el eterno galán, y cuando se disponía a contestarme, miren por dónde, nos asaltan, sobre todo a él, un bravo y breve ejército de espléndidas criaturas, damitas brasileñas, dentro de extenuantes bikinis, morenas de verde Brasil, llenas de alegría. Las garottas, así llamadas, escapadas de la playa, que causan tantos enamoramientos furibundos entre los viejos, entre los que yo, todavía a punto, pero él, Marcello, formidable protagonista.

Se iluminaron, cómo no, los ojos de aquel que tanto amo, con acento en la “O”, sobre todo en el cine, y casi dio un salto desde su sillón filipino de guardarropa.

“¡Oh, niñas mías!”

Era el instinto eterno de aquel gran depredador que había sido y que había besado en la boca a Sofía Loren, por ejemplo. Cosa excepcional, como para ponérselo en las tarjetas de visita.

Agitaban sus papeles en el aire, como banderolas de barco, y querían que el capitán aquel del navío del amor les firmara. Se dio cuenta inmediatamente de que aún seguía vivo en el corazón de las damas del mundo, sobre todo creyó que en las más jóvenes. Pero ellas, cuando iba a firmar con su propia sangre incluso, le pidieron: “No, no es para mí, es para mi madre, que se va a poner loca de contenta cuando lo tenga. Es usted uno de sus preferidos del cine”.

Inmediatamente, como al que se le rompe algo fundamental dentro, Marcello se derrumbó. Lo comprobé perfectamente, enseguida. Uno es un buen detector de metales, sobre todo en asuntos del corazón. Aquel hombre se volvió a instalar en su estado de antes. Cayó en un profundo y triste silencio destructivo. Aquel día no pudo rodar, y mi entrevista con él no pasó del monosílabo. Hoy lo cuento en la distancia del tiempo transcurrido.

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No pude hacer lo que debí hacer, salvo reunir a la muchachada brasileña, y contarles quién era aquel al que se había acercado como si fuera a una ruina histórica y maravillosa, para decirles que aquel fue amado en el cine por las mujeres más sensacionales de toda una época. Que fue “il bello Marchello”, y que, para abreviar, había tenido un hijo con una de las mujeres más hermosas de una época, aún viva felizmente, Catherine Deneuve. Que su nombre era Marcello Vicenzo Domenico Mastroianni, y que había nacido en Bolonia, en el treinta y cuatro. Que había hecho una de las películas más emblemáticas de su tiempo, que se llamó La dolce vita; y aunque su vida no hubiera sido de por sí una vita maravillosa, hizo más de cien películas. Que era no sólo guapo, sino un buenísimo actor, de los mejores de su tiempo. No sólo un galán formidable, sino un genio de la interpretación sin duda, además de guapo según los cánones de la belleza masculina. Inteligente, sabio… que hizo por ejemplo, además de Rufufu, otras muchas que harían interminable nuestro retrato de nostalgia de hoy. Se casó con Floriana Clarabella, siendo aún joven, y se mantuvo fiel a su manera hasta el final, aunque siempre reconoció que la Cardinale no le había hecho ni caso, aunque siempre estuvo enamorado de ella.

Se nos fue con setenta y siete años, cuando aún hacía algún que otro papel melancólico, aún con su raya a un lado en el cabello. Dicen que al final se maquillaba él solo, cosa que, por cierto, me han dicho que hace nuestro Arturo Fernández, ya en la fila de oro de los octogenarios, aún con el brillo de los galanes eternos de otro tiempo.

Hoy es bueno recordar a Marcello, entre otras razones. Porque me obliga, de buen modo, a buscar entre los más de diez mil libros revueltos que aún me quedan después de haber regalado otros quince mil a la biblioteca de mi pueblo – que lleva mi nombre de pila – y a la del barrio de la Chana de Granada; porque a lo que iba, tengo que buscar aquel libro llamado Gabriela clavo y canela, que tanto me gustó en su día. A ver si lo encuentro.

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