El Premio Cervantes, merecido, para el maestro Eduardo Mendoza

Como estamos, la verdad sea dicha, tan escasos de buenas noticias -aunque con unos días de retraso las felicitaciones como los pésames, tienen octava- he querido repescar este nombre, que hoy no solo llena, sino que ilumina, nuestro blog sin duda alguna.

Porque el maestro, sí, el maestro, Eduardo Mendoza, catalán universal, acaba de merecer el premio de las letras españolas, Miguel de Cervantes. Ya era hora. Sé que es una de las personas más extraordinarias de las que hoy manejan las ideas y las cuentan, entre otras razones, porque sabe bien que el sentido del humor es, casi siempre, una forma del amor, que el ejerce con verdadera maestría, con auténtica mano de duende. Es el mejor en lo suyo, don Eduardo, con su aire de gentleman de paso, su sonrisa, mágica, y su extraordinaria personalidad, siendo, viviendo, y escribiendo.

Cuando se enteró de lo “del premio”, estaba en Londres. Tiene un apeadero, un piso casi de soltero, aparte de que es viudo y de una dama extraordinaria como Rosa Novell; allí ha sido donde le comunicaron la concesión de lo que es el Nobel de las letras españolas, sin duda.

Sonriente, como casi siempre, con su aire de galán de los tiempos de Maestroiani, don Eduardo dijo: “Don Miguel de Cervantes y con él, su Quijote y Sancho fueron las primeras lecturas, de mi vida…”edmendoza01

O sea, ya era hora. En escasas ocasiones, el premio ha sido más merecido y reconocido. Desde aquella novela, aquel libro de La ciudad de los prodigios, este inventor de Barcelona en todos sus sentidos, ha sido para mí más que un escritor de cabecera, me acompañaba en los viajes, y sobre todo, me infundía, siempre, ganas de vivir, de sobrevivir, de convivir.

Es un grande de las letras españolas, ha escrito mucho y bien, siempre, depositando en cada palabra en cada página, en cada historia, un pensamiento positivo, bello, sin metáforas, sin arreglos, sin añadir a la desnuda verdad otra cosa que la verdad misma. Reconozcamos de una vez que en su humildad y su sencillez, en este tiempo de barroquismo, el maestro Mendoza es diferente y, sobre todo, cercano, nuestro.

Ha conseguido, quizá sin proponérselo, muchos y muy buenos premios. Desde el Planeta, hasta este último, una larga serie de galardones formidables. Tiene, o va a tener, setenta y cuatro años y luce como un galán otoñal de un cine con final feliz. Es culto, paseante, y se le retrata mucho en los todavía románticos bancos de las pequeñas plazas de Barcelona, donde vive. Algún día alguien me dijo que “reinventó una nueva Barcelona, o que la contó de otra manera más brillante y verdadera”. Se ríe pero, sobre todo, sonríe, ante lo que ocurre a su alrededor. Investiga y sobre todo vive y cuenta. Ha viajado mucho para sobrevivir, como él mismo cuenta, por todo el mundo, y buena prueba de ello es que La Ciudad de los prodigios la escribió en Nueva York, cuando trabajaba como traductor de la ONU a cambio de unos dólares.

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Es un artista y artesano, como quien hace encaje de bolillo con lo que cuenta. Me encanta, que se haya llevado este premio, por lo general poco discutido, pero en esta ocasión, insisto, que da prestigio también al galardón. Cuando tenga que vestirse con el chaqué habitual y solemne, el día que recoja el premio en Alcalá de Henares de manos de los Reyes de España, no tendrá que hacer muchos ascos al uniforme de la celebración: le vendrá como anillo al dedo, porque es elegante, y agradecido. Estos días se ha convertido en un personaje famoso. Pero, más aún, es popular, vende lo que haga, ya sea un guion de cine, que los ha hecho, o una obra de teatro. Se parece a un Douglas Fairbanks de los mejores tiempos. Y escribe como el mejor alumno del manco de Lepanto. Cuando recibió la noticia del premio se le notó contento, y al saber a cuánto ascendía la cantidad en euros, aseguró, sonriente y feliz: “Es una pasta, sin duda…”

Y siguió paseando por el Hyde Park de Londres, donde a veces viaja, para esconderse de los selfies, y los autógrafos de la gente que le reconoce, porque le lee, por donde habite. Y además, porque escribe, insisto, desde el humor, por eso el Cervantes, que ya lo ha dicho textualmente el jurado al concedérselo: “Por ser la suya, una lengua literaria llena de sutileza y aroma”.

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