Del cielo caen bolas de fuego

Y no es por asustar a ustedes, Dios me valga, y menos en tiempo de Navidad como es en el que estamos.

Pero es que está ocurriendo, y nosotros como si nada, sin dejar de seguir respirando. Vamos a ver. De un hermoso pueblo de la alpujarra granadina, me llaman para decirme, ciertamente alarmados, “pero vamos a ver señor Medina, ¿cómo es que no se ha enterado el mundo entero de que están desplomándose del cielo, del nuestro, enormes bolas de fuego?

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No tardo en identificarme, como que en verdad soy Medina el de la tele, como en los viejos tiempos, pero que no soy el “hombre del tiempo”.

Ni lo fui tampoco, cuando Mariano Medina era uno de los personajes más populares de España por eso.

Sin embargo me entero, pregunto a viejos amigos que están interesados, o estuvieron, por lo meteorológico y, al final, llego a asegurar que, en efecto, este último fin de semana estaban desplomándose del cielo, y sobre todo en el sur de España, en la Andalucía de mi alma, como bolas encendidas que llenaron sobre todo de susto, sí, de miedo, a numerosos habitantes de sobre todo nuestra Andalucía, más aún en la geografía de Granada, mi Granada.

Sí, se trata de un diluvio, o como diluvio de grandes, digamos volúmenes, de “cosas” encendidas, que luego se dispersaban, desaparecían al chocar con la tierra misma. Un misterio que primero fue un asombro, como un susto general.

Cierto. Han caído, también es casualidad, justo cuando en una de las teles de la tarde se ofrecía a los espectadores una peli, en la que se contaba de ese raro fenómeno, enormes y encendidas “piedras”, que sembraban el pánico por doquier, tanto es así, que la cinta pertenecía al uso de las  denominadas películas catastróficas.

Se ha dicho, advirtiendo que no hay que asustarse, que puede tratarse simplemente de una lluvia de los escombros que nosotros mismos generamos, lanzando al espacio motores, aparatos, máquinas creadas en nuestros talleres terráqueos, y que después se pierden en el espacio, que no hay más que mirar hacia arriba -sobre todo de noche- para comprobar lo enorme que es, y en el que no somos más que una humilde estrellita, un punto de luz tan solo. Nada a fin de cuentas, no nos vayamos a creer que somos alguien.

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De todas formas, a veces caen cosas de lo alto que no esperamos. Yo tengo un amigo que se dedica -es una persona normal a la primera vista- a coleccionar meteoritos. Tiene no sé cuántos, y hasta en momento de apuro económico, que sé que los tiene con frecuencia dado que no es rico de familia y lo suyo tiene sus querencias, los pone en subasta, los vende. Son raras piedras de muy distintos tamaños y de raros contenidos, digo, porque no todos pertenecen a la misma materia, por los que dan a veces cantidades nada despreciables. Por lo menos para una semana a base de bocadillos de calamares.

Incluso hay, por haber, museos sobre el tema. Cuentan los expertos que es fácil comprobarlo, porque en algunos de ellos ha aparecido un made in generalmente ruso o americano del norte, que son, por lo general, los que más maquinas envían al espacio en silencio, para hacer no sé qué cosas, trozos de su ambición que, al final, nos pueden caer un día encima de la cabeza, porque están ahí encima, flotando en la estratosfera. Estudiosos del cementerio espacial, que son muchos, aseguran que hay millones de cosas, nuestras, que nos amenazan -no es por asustarles, ni obligarles a caminar por ahí con un casco de la última guerra mundial, de los que se encuentran aún en los mercadillos de nuestras ciudades en venta, como si fueran camisetas de Star Wars, que ya saben ha vuelto y están de máxima actualidad.

O no. Quiero decirles que igual Dios sabe de dónde vienen, ni de qué galaxia cercana, o de qué mundo lejano, o si es que ha roto un mundo en el choque contra el otro y estamos recibiendo aquí abajo la lluvia de sus pedazos.

Hace algunos años, en la guerra de Irak, en un campamento español, el de Daiwiniya, con las tropas nuestras celebrando la nochebuena antes de la misa del gallo, servidor vestido de corresponsal de guerra y cerca, eso siempre, del padre Ángel, que siempre es noticia por su enorme solidaridad, vi como caía, corría, en el cielo, mientras sonaban los villancicos de la tropa, un largo, espléndido rayo de luz.

Al teniente coronel que nos acompañaba, que luego murió en acto de servicio muy cerca, en la explosión –creo- de un tanque cercano, le pregunté. Eso sí, arrimando el ascua a la celebración. “Igual es, jefe, la estrella de Belén que indica el camino a los Reyes Magos, estamos muy cerca de su geografía, fue aquí al lado como quien dice…”

Sonrió tristemente.

“No crea, es un misil, no se sabe de quién, que va buscando su objetivo…”

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Medité unos largos minutos sobre el particular, y volví a mirar al cielo. Me pregunté, mientras caminábamos sobre sacos terreros, “¿pero cómo vamos a creer que somos los únicos, en este universo, con lo que hay sobre nuestras cabezas?

Así que entré en la misa y besé los pies del Niño, como si estuviera en casa. El villancico de siempre.

“La virgen está lavando…

…Y tendiendo en el romero”

Ya saben, me volvió a la realidad de la tradición familiar. Mejor es mirar al suelo que al cielo, digo en el sentido puramente geográfico. Aunque si de verdad miramos nuestros pies, también nos puede caer encima un bola de fuego. Aunque bolas de fuego caen desgraciadamente todos los días: Alepo, Estambul, Palmira, El Cairo, sobre la iglesia cristiana copta, África misma, aquí cerca… y sobre todo, bolas de fuego que arden a nuestro alrededor: la insolidaridad, la lejanía, la desidia… Pero, en fin, no quiero ponerme triste, si acaso avisarles que a veces caen verdades, crecen historias a nuestro alrededor que no debemos dejar de saber, porque dejan de ser un misterio para convertirse en una realidad diaria.

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