Bigote Arrocet, además de María Teresa Campos

Por agradecimiento, porque mi edad me lo permite, y porque además me dio de comer, es un decir, hace muchos años cuando fue noticia por sí mismo, por él solo, en España, le debía a Edmundo Arrocet Von Lohse, hijo de padre español y de madre de doble sangre, la nuestra y la alemana, de sesenta y siete años, esta página de blog. Porque de pronto ayer, en esos largos memorias que la tele uno, y la dos, hacen de la historia de la quinta pared, le vi aparecer llamando a su teléfono imaginario, en aquel programa inolvidable de Chicho, en el que junto a María Gómez Campos, a la que admiro muchísimo en su lucha por la vida sin perder la sonrisa.

Permítanme un respiro. Quiero decir y digo, que de pronto va y me aparece en la tele de la memoria aquel hombre que tanto nos hacía reír ya en tiempos difíciles, hace ya tantos años. Hacía como que llamaba por teléfono, y decía…

-Ritín, pitirrín…

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Y hablaba con alguien, y lo hacía además muy bien, con acento mexicano, casi casi de Cantinflas. Lo hacía así de bien porque se veía que además del guion estaba su propio talento, su sentido de la improvisación, su espontaneidad, su alegría. O sea, en principio y en todo nos alegró un largo tiempo, mucho. En los concursos en lo que presentaba, en sus actuaciones, en aquellas inolvidables películas con Chiquito de la Calzada, del que se poco pero del que me habla con nostalgia todo el mundo. Bigote Arrocet hizo y creó a su lado un personaje inolvidable. Se ha dicho que tampoco lo suyo en el cine fue para ser candidato al Oscar, es cierto y él lo sabe. Pero no todo el mundo se lleva un Globo de Oro ni un Cesar de Plata, llevan bastante con alegrarle el cuerpo a la gente.

Además, se ha contado con frecuencia de él, que si el tiempo que vivió en Chile cerca de la dictadura de Pinochet, que por cierto me echo con cajas destempladas de Santiago, la dina me llevó hasta el aeropuerto cuando supieron que yo había entrevistado a Salvador Allende, y que fui amigo, etc… aparecen lo que se llaman las sombras de Bigote Arrocet. Dicen, que dicen que dicen. Hay fotos incluso que demuestran que estuvo en el Palacio de la Moneda, con Pinochet. Pero también puede ser eso que se llama el retrato de la supervivencia. El hecho es, que le tocó vivir unos años de aquella época en los que reivindicó su condición de argentino, puesto que había nacido de verdad en Buenos Aires años atrás.

Fue cantante, y no muy malo, y se gano una enorme popularidad en Chile, incluso en el terreno de los negocios, donde es verdaderamente un águila imperial. Tiene olfato empresarial, no ha perdido su resplandor de actor ni el empaque de un buen cantor de rancheras. El tango lo ejecuta, en el buen sentido de la palabra, con dignidad, y sin llegar a ser Sinatra lo borda cuando quiere, cosa que no es fácil teniendo en cuenta que Frank es único aunque imitable.4

Por lo demás, se casó con una bella dama odontóloga que se murió hace muy poco, y tiene tres hijos, ya mayores, espléndidamente colocados y distribuidos por el mundo.

Lo importante de Edmundo es que es más que un superviviente, es lo que se llama un hombre de su tiempo, aunque haya tenido a lo largo y ancho de su vida, muy vivida, con largos momentos de necesidad de niño y de más mayor, como ha confesado alguna vez, aunque haya tenido más de siete vidas, es lo que le hace ser en el fondo un verdadero luchador.

Dicen que hubo un tiempo en que fue vegetariano, habiendo nacido en una tierra tan rica en carne como es el cono sur, tanto Argentina como Chile, pero luego, ha comido carne, como no hay más que ver en su biografía, sin llegar a ser caníbal por supuesto.

Hasta que en su vida aparece María Teresa Campos, que es la reina de la tele española y uno de los personajes más queridos y populares de nuestro tiempo. Con ella vive y convive y sobrevive a los tsunamis que se les cercan. A veces se dice que se casaran, pero ya, porque los dos están libres de hacer lo que quieran y cuando quieran y como quieran, que para eso son lo que son. Yo hoy brindo con aquel vino de Chile, buenísimo, llamado Castillo del Diablo o algo así, y que era de las viejas viñas de Los Torres. Esa uva que llevaba el conquistador español en su caballo el primer día de su llegada a ese Chile, inmenso, precioso, único, en el que no me hubiera importado quedarme para siempre, habiéndolo vivido para contarlo, en la paz y en la guerra, de norte a sur a través de los más de seis mil kilómetros de su “loca geografía”.

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En fin, hace poco, muy poco, le pregunté en el canal mismo antes de salir a escena a María Teresa Campos, en su formidable programa Qué Tiempo tan Feliz, si estaba contenta, si se sentía alegre, y se lo pregunté fuera de cámara donde se preguntan y se responden de verdad las cosas verdaderas.

Y ella me respondió: “Ahora me siento muy feliz, estoy muy contenta con la vida que llevo y el hombre al que quiero”.

Ya estaba Edmundo en la vida de María Teresa. Es natural que como en todos los grandes amores, las pasiones, las historias de cariño, haya luces y haya sombras. Y más a esa altura donde todo se ve no con un telescopio, sino con un microscopio. Se trata de dos gigantes, en todos los aspectos. Los dos son del sur, no hay más que mirar al mapa. La Campos es de la tierra de Picasso y Edmundo de la geografía de Neruda. Una es del sur y otro del sur del sur.

“Es la historia de un amor…” como dice el bolero, que por cierto, los dos saben cantar incluso a dúo.

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