Alexandra Cousteau, la sirena varada

Así titulé yo aquella primera entrevista con ella, hace no sé cuantos años, en la casa de un viejo amigo asturiano. Al pié de su preciosa torre, en aquel barrio de Oviedo donde vivía. Recogí el título de la entrevista que publique en ¡HOLA!, sin duda, de un libro de aquel autor asturiano del exilio, que contaba una historia del mar formidable. Debo decir con urgencia, inmediatamente, que el día que la conocí, hace ya muchos años, Alexandra, preciosa, de ojos claros de mar, naturalmente rubia, volvía de montar a caballo, que junto a la mar, es una de las pasiones de su vida.

Lógico, era y es nieta de aquel mítico, legendario, excepcional, universal Jacques Cousteau, el magnífico y oceánico, al que yo conocí y entrevisté a bordo de su Calypso, en las aguas del Mar de Cortés, donde yo había ido, allá lejos, en México, a contar el lugar de apareamiento de las ballenas, justo en la Laguna del Ojo del Indio, cerca de Cabo San Lucas. Donde se encontraban las ballenas para amarse, venidas de todos los océanos, y para parir, incluso aunque sabían que las orcas, lamento decirlo dado que este es un gran momento de las orcas por la película de mi amigo Olivares, esperaban a la salida del gran lago para devorar a los cachorros de ballena, que podían escapar mientras por otro lado se hacían con los cordones umbilicales y las placentas de los paritorios. Una historia terrible la lucha de los seres vivos a lo largo de los millones de años, y bien que recuerdo lo que el aventurero impar Cousteau me confesó a bordo de su barco que he leído que hace poco ha vuelto a navegar.

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“Es curioso que sigamos llamándole a este planeta nuestro, la tierra, cuando debíamos llamarle la mar, porque no hay más que mirar el mapa de los hemisferios. Tres partes de agua y una sola de tierra, sin embargo…”

Eso fue lo primero que le dije a Alexandra, tan linda, hace tantos años cuando la conocí. Su abuelo había muerto y su padre, que también fue hombre de mar, creo que aun estaba vivo. Sin embargo, Alexandra, lógicamente y aunque había nacido no a bordo de otra nave que la de su madre, aunque sí fue en California, de larga tradición marinera, ya estaba entonces tan cerca de la mar que la llevaba dentro, y la mar era su vida, y lo que según veo y compruebo ahora mismo su destino.

“Adoro el océano, porque es mi pasado, mi presente, y mi futuro”

Y me lo dijo entonces, que no hay más que leer la hemeroteca de ¡HOLA!, actualizada y tan rica, tanto tiempo, contando el mundo en el que vivimos.

Y era verdad. Es cierto. Yo, que tengo una clara vocación marinera aunque haya nacido en tierra firme, y que he pedido que a ser posible, me amarren, no se puede decir me entierren, porque es tierra lo que quiere pedir, en mi Mediterráneo más cercano, aunque sea más oceánico, las cosas como son. Lo cierto es que siempre sentí por esta familia, los Cousteau, una devoción, como un amor especial. Tanto es así que estuve a punto de navegar en el Calypso, aunque estar estuve para doblar el Cabo de Hornos desde Usuhaia, al fin del fin del mundo, y también que conocí a algunos de los marineros que con el Gran Capitán de la mar Cousteau navegaron por el mundo desentrañando sus misterios, que son tantos. Tanto es así que advierto que el día que al mar se le hinchen las barbas de tanto como estamos por matarlo, nos las vamos a ver canutas para sobrevivir, y si no, consulten ustedes cualquier mapa mundial, aquel mismo que teníamos en la escuela junto a la pizarra.

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Alexandra reaparece estos días con su aire de sirena, en tierra todavía, como no, bella, transparente, aventurera pura, y a veces dura, que igual escala una montaña alta con su piolet, que se sumerge haciendo buceo para narrara la historia última de los últimos corales de la gran barrera, que cada día son menos. Yo, que siempre estoy escribiendo ese libro que no termino nunca, que podría llamarse “Al Pairo”, por ejemplo, he pensado que le pediría a Alexandra, siquiera para recordar tiempos mejores como aquel día de la merluza de Cudillero, y la sidra del manzanal, o cuando soñábamos con el Museo de Anclas de Salinas, en Asturias, que ya es una hermosa realidad y que nació de una idea de la Cofradía del mar a la que entonces pertenecía.

Mientras esto escribo se mueve el barco tatuado de mi brazo derecho, ceremonia antigua que ya he contado tantas veces, y las cosas del mar que me rodean, que son muchas, muestran su alegría. Al fin y al cabo, escribo de una criatura también mítica que en lugar de sangre, o además de la sangre, lleva un río submarino en sus venas -Alexandra, que no hace mucho apadrinó una serie del National Geografic Magazine, y capítulos sobre el mar que se hicieron desde Barcelona- lleva la mar. Y con esto termino, aparte de mi aire constante de náufrago, ya que soy presidente de la Cofradía de Náufragos de la mar de Asturias, uno de los pocos cargos honoríficos de los que no he dimitido, espero verla cuanto antes, que será buena seña, porque de esta manera habré dado las gracias a aquel día del gran océano, día de Santiago por más señas, el día de la más alta de las mareas, en las que casi me ahogo en compañía de mis dos hijos mayores, uno de ellos hoy subdirector de ¡HOLA!, Tico Chao se firma, lo que me hace decir en justicia que soy hijo de la mar también, puesto que me volvió a dar la vida, hace ya tanto tiempo, si bien no para olvidarlo. Por eso el apellido Cousteau y aquel día fugaz en Asturias, con una nieta del señor de los Océanos, como fue su abuelo, sea para mi hoy que se actualiza su historia en una fecha hermosa y recordada.

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