Todos los días son el día del niño

O sea, el futuro. Pero es además más cosas, muchas más. Desde que me tienen ustedes aquí dándoles la lata, aunque las cifras son buenas, según la generosidad de ustedes que es muchísima, todos los años, todos, cuando llega el Día Mundial del Niño según la ONU, escribo sobre el niño. Aparte de que doy más páginas de nacimientos que de adioses. Me gusta más, mucho más, el “hola”, que el “hasta siempre”.

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Porque, además, cada año los niños necesitan más que nosotros. Me espantan las cifras de ayer mismo, de estos días los especiales de la tele en los que aparecen siempre esos niños cubiertos de moscas de África. Hoy, por ejemplo, esos niños que se extraen milagrosamente de entre los escombros de Alepo, del Yemen, de donde estalla una bomba criminal. Es terrible… los números estremecen, las fotos hielan. Sobre todo, al menos a mí, porque no sé qué hacer para ayudar de alguna forma a esta tragedia increíble, de las que todos, por callarlo o por decirlo, sin hacer nada somos responsables. ¿De qué forma puedo decir algo, contar algo, hacer algo, que pueda ayudar a que todo esto no vuelva a suceder? Si callo, es que soy un cobarde, si grito, es que soy un sensacionalista. Mientras nos lo cuentan, a veces estamos almorzando, desayunamos con ese golpe de sangre increíble que no debe ocurrir. ¿De qué forma, de qué manera tomamos parte en ese genocidio? Callando la boca o multiplicando la historia, incluso hay quien dice, opina, en tanto se van sucediendo las imágenes pavorosas, de esta forma:

– No deberían dar estas noticias, y menos con toda su crudeza, mientras  cenamos…

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Los niños que salen vivos de los terremotos venden audiencia. Se ven más, aunque luego no se haga nada a cambio. Los niños que son asaltados por pederastas ya no vuelven a ser normales, como los demás aparentemente lo son. Han sido marcados, tatuados ya de por vida, hasta el último fin de sus días. Lo recordarán siempre, amargamente, y muchas veces casi siempre en silencio. No sabe uno qué hacer ni qué decir, aseguran que a veces hay un niño que se juega la vida por un perro, mientras que son más las ocasiones en las que un perro se lanza a través de una puerta en llamas para arrancar de un incendio a su amigo de toda la vida. Estamos ya con la armadura puesta desde que nos levantamos para lo que nos den, nos hemos acostumbrado a la desgracia de los demás. ¿Qué ha sido, por ejemplo, de aquel niño que extrajeron de las ruinas de Siria y luego sentaron en una silla, ensangrentado, cubierto de polvo, atónito, y después desapareció de la actualidad? A veces recordamos lo que teníamos que haber hecho, más que comprobar que ha existido.

Miles de niños, millones de niños, según cifras de hoy mismo, están dentro del umbral de los que nada tienen. Cada día aparecen criaturas recién nacidas, desnudas, en los cubos de la basura no de fuera, sino incluso de esta España nuestra de cada día, de cada hora que pierde el tiempo en tantas cosas. No basta con sentirlo, con llorarlo incluso, o como yo, que lo comento no sé en el fondo con qué afán, que me mueve a esto. Vale, un niño es el futuro, ¿pero qué futuro le vamos a dar, a partir de hoy mismo? Ayudándole sí, al nuestro, al más cercano, ¿pero de qué manera? ¿cómo prevenirlo para el tiempo que le espera?

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Como casi todo el mundo sabe, porque me he encargado de contarlo a las cuatro esquinas de la actualidad, acabo de tener mi quinta nieta. Macarena, se llama, ¡qué alegría tenerla en brazos, como un cachito de vida que está empezando a ver lo que le rodea! Vale, sí, pero hay muchos niños que nacen sin esto, que es lo fundamental, la baba de un viejo anciano, el pecho de una madre, María, que se siente feliz y a la par preocupada por su niña que acaba de venir al mundo…

Pero es que lejos, entre basuras, entre bombas, entre ruinas, entre la feroz carnicería de la humanidad entera, hay millones, sí, millones de niños que no sólo nacen sin nada, sin nadie, sino que además sólo el respirar les cuesta tanto. ¿Qué se puede hacer que sea algo más que marcar un número de teléfono, o enviar diez euros al año para tener lejos, en la India, o Dios sabe dónde, que lo sabe, un padrinazgo discutible, del que además presumes con una foto en tu Whatsapp, tan lleno por otro lado de cosas que nada valen?

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No sé qué decir, no sé qué hacer, si acaso hoy por hoy, entre tantas otras cosas, lo de estos niños acechados por tanta muerte desde que vienen a la vida, decir lo que ya digo, avergonzado, escondido, que ayer fue el Día del Niño, el día universal, y que menos mal que en un hotel de cinco estrellas se reunieron unos poderosos para tratar de saber qué hacer con los que hacen la guerra, sobre todo por una razón de poder o de dinero.

No me atrevo a decir ni siquiera eso que a veces escribo, hoy con mi propia vieja sangre que ni para donarla sirve, qué debemos meditar, qué debemos, por lo menos, además de llorar, como sea, de la forma que sea, qué debemos hacer. No sé qué. Yo por hoy no me quedo satisfecho. Sería un canalla. Pero abro esta vieja herida, nunca cicatrizada del todo, y soy cronista del dolor, del infinito dolor que me habita, por lo que no he podido hacer por los niños del mundo que nos necesitan. Pero sé que hoy si es que la veo, si es que me dejan verla, podre mirar al fondo de los ojos de mi nieta recién nacida. Y de alguna manera pensaré que algo he hecho, por lo menos, por decir que ayer fue el Día del Niño, pero que también lo es hoy, y lo tiene que ser mañana y que de su futuro, pero más de su presente incierto, nosotros somos los responsables.

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