Se ha quebrado la voz de “Moncho”, el rey del bolero

A todos nos han cantao

En una noche de juerga

Boleros que nos han matao

Se debe escribir como se dice, que si no pierde el compás, con acento en la A, o sea, cantao y matao, y si no hagan ustedes la prueba, mis leales.

Porque, así es como debe ser. Y más hoy que ayer vi a Moncho que intentó cantar en la tele y pude comprobar que avisó de que seguía vivo, gracias a Dios, pero que no podía cantar más. De tanto cantar bien, se nos quebró la voz de tanto usarla.

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Y más que usarla, sentirla. Que son dos cosas bien distintas. Porque Ramón Calabuch Batista, de setenta y seis años de edad, ya sin aquel pelo de plata, que siempre le acompañó, gitanísimo, por los cuatro costados, de la familia de los grandes calés, con acento en la E, de Cataluña, familia de Antonio, el marido de Lola Flores, y de toda una rama de los mejores gitanos artistas y artesanos del norte donde, entre otras cosas, se inventó la rumba gitana, que ahora incluso quieren que sea himno de los más humildes, este Moncho, va, mira a la cámara, y comunica a sus devotos entre los que me encuentro…

– Por ahora al disco, que los tengo y muchos.

Y muy buenos. Se ha dicho de él, y con razón, que ha sido el mejor de los mejores en los suyos, por su voz, tierna, personal, profunda, que cuando canta te rompe el alma, y el cuerpo mismo; se ha dicho de él, insisto, que ha sido el mejor, es, entre los mejores. Más de treinta discos, más de trescientos temas, y sobre todo, siempre el alma del corazón a la boca, impecablemente vestido, que le ponía chaqué a lo que cantaba.

Yo tuve el honor, también el amor, de presentarlo, hace ya muchísimos años, con mi compañero Yale, en los martes del Meliá, en la noche madrileña de hace cuarenta años, cuando todos empezábamos. Salía Moncho y se paraba el reloj del mundo. Llenábamos hasta lo alto, en aquel sótano madrileño de la noche nuestra, al que acudían los más grandes de todo, o de casi todo, y contaban sus cosas. Preguntábamos a fondo, aunque estaba, creo, la censura, camuflada en alguna esquina del local, en la penumbra de las grandes cosas. Íbamos de smoking, que hay fotos por ahí sueltas que lo atestiguan, desde Rabal, Luis Miguel, aquel Alain Delon, por dar algunos nombres, y siempre al final, para cerrar la noche, aparecía Moncho, el rey del bolero.

Y cantaba en directo con una breve orquesta, no sé si guitarra piano y batería.

“Adoroooooooooooo”…

Decía, sentía, el gitano, que no tenía que decir, que era gitano, sangre de cobre y bronce, único en su género. Nacido en el barrio de Gracia de Barcelona, lo cual es una marca especial, un día por aquel entonces Lucho Gatica; del que creo que tendré que hablar bien pronto, aquel de “reloj no marques la horas”…

¿Recuerdan? Y me perdonan ustedes –vosotros-porque tire del hilo, a veces de seda, a veces de hierro, de la nostalgia más dura, más pura.

Bueno, pues Gatica, un día que vino por Madrid, era, es chileno, y buenísimo en lo suyo, el bolero sobre todo, me confesó:

– Oye, que aquí está ese Moncho, que es azúcar.

Cierto, voz de azúcar y sal al mismo tiempo, divino y humano Moncho, mi viejo amigo, que ayudó tanto a Tamara, que era medio gitanita, porque su abuelo fue Rafael Farina…

– Vino amargo, dame vino amargo…

Tamara y Moncho

Ya hizo Moncho su libro, en su momento, ya cantó por todo el mundo, incluso en el Tropicana aquel que yo conocí en la habana, y en Cuba, bolerisimo lugar, donde quizá nació el bolero, se quedo un tiempo, cantando y aprendiendo, aunque el bolero no necesita otro colegio que el del amor y el dolor, al mismo tiempo.

También le gustaba mucho a La Vargas, ya saben, aquella que envuelta en un poncho con su voz de pulque cantaba, desde el fondo de su entraña desgarrada y desgarradora.

Y en Cuba, se hizo amigo, compañero, de aquel que lo fue mío, cómo pasa el tiempo, que se llamó Pacho Alonso, y que cantaba aquel himno que lo fue mío, también, que me digan feo…

Mañana a bolero está en la que cuento en mi blog y abro de par en par el libro de mi memoria. Acabo de escuchar de nuevo a Moncho,  el de las cuerdas bucales, vocales, rotas, pero el alma más entera, la cueva del alma más profunda que nunca. Y he puesto aquello que un día Armando Manzanero, nada más y nada menos escribió, compuso para él Llévatela, se llama la historia. Naranja y limón al mismo tiempo. Dios te bendiga, maestro Moncho, que la Guillot, Olga, me dijo ya en su exilio de Miami.

– Te digo, Medina, que pocos como él, por no decir que ninguno. Dale un beso de mi parte, en cuantito que lo veas.

Dicho y hecho, maestro Moncho, mi compañero de las noches de Madrid, cuando aún había noches para mí. Tú eras la superluna de aquellos días, inolvidables.

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