Pitita Ridruejo, en cuerpo y alma

Luto en las dos formas. En el vestido de Pitita Ridruejo y también en su alma. He leído este fin de semana todo lo que de ella se ha escrito y contado con motivo de la muerte de su esposo, el que fuera embajador en Manila. El diplomático Stilianopoulos, que fue también, como ella, mi buen amigo. Era un señor de gran estilo personal, elegante en la forma y en el trato. Tanto era su talento que no le importó ser, quizá, únicamente el marido de una dama de tan inmensa personalidad como fue y todavía es Pitita Ridruejo, a la que hace tiempo, tanto tiempo, que no veo. Ahora, la muerte del hombre con el que ella vivió, sintió y sufrió hasta el fin de sus días, actualiza la figura de esta mujer, alta, elegante, rica, millonaria, sí, castellana antigua que nació en Soria hace ochenta y seis años, creo, y que ahora acabo de ver encorvada, quebrada su figura fuerte, siempre con lo mejor. Mujer además de enorme vida espiritual, no solo aquella que a veces aparecía en una crónica de las inolvidables últimas de Paco Umbral. Ella siempre, por cualquier motivo, como uno de los personajes de todo un tiempo, de tantas crónicas, en tantos lugares, por todos sitios.

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He leído otra vez su biografía, parte de ella, no toda, pero sí suficiente para que el que no la conociera haya entendido de la vida de esta mujer erguida, altísima, con su cabello siempre suelto, adornando su rostro delgado, de ojos inmensos, con la joya siempre abierta de su personalidad, de su fuerza.

Pitita era, fue, y es una dama que llena con su vida y también con su presencia, su esencia, y su silencio. Gran parte de medio siglo de la historia, y también de la historia de España, Pitita, a la que conocí y dónde la conocí, y cómo la conocí, y donde gracias a ella, y así debo reconocerlo, viví momentos históricos de manera apasionante.

Pitita me presentó a un gurú, con acento en la segunda “u”, fascinante. Del corte de los grandes brahmanes de la India, un santo envuelto en una larga túnica de seda blanca cuyo nombre no recuerdo. Odio buscar lo que he vivido, quiero hacer el ejercicio de contar así, a golpes de sangre, lo que recuerdo. Lo inolvidable. Y aquella visita en Madrid del gran sabio de larga barba y pelo blanco fue extraordinaria. Pitita rozaba siempre lo espiritual, era una maestra de las cuestiones del alma. Hablaba y contaba, por ejemplo, de las apariciones de la Virgen María como si fuera un acto de fe. Lo demostraba incluso. Parecía mentira que una mujer, una dama de su estilo habitual capaz de resplandecer en las reuniones y los saraos de la actualidad más brillante, tuviera sin embargo un  espíritu tan de novicia. Por fuera una condesa de serie de televisión, por dentro, una monja de clausura. Creía y demostraba lo que creía. Siempre pudo su alma sobre su cuerpo. Así, como les digo. Por eso conocí en su casa de Serrano al gurú, por eso fue noticia para mí siempre que a Pitita se le había aparecido lo invisible.

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Lo que ella vivía también como la que más fe tuviera en el mundo. Acudía a las grandes apariciones, la soriana fuerte, allí donde hubieran sido, con el alma abierta de par en par. Escribió su libro sobre “aquello que había visto y vivido”. Vivió además mucho y muy intensamente. No había reunión de importancia ni fiesta de guardar sin Pitita. Era absolutamente necesario. Prestaba al lugar y a la gente, su figura noble, su ilusión de niña. Era muy buena tertuliana, llenaba una cita -a mí, a nosotros, a mi esposa y a mí, nos llevó invitados a Filipinas, donde además teníamos muy buenos amigos como la familia Elizalde, cuando era presidente Marcos que ahora ha sido enterrado después de muchos años en el cementerio de los héroes.

Para ¡HOLA! entrevisté a la presidenta Imelda Marcos, aún viva, de la que escribimos mucho. En ABC hicimos posible una entrevista muy difícil con su marido, el Presidente Ferdinand. Estábamos a pie del escenario junto a ella y su esposo el embajador cuando en Manila aquella noche inolvidable, saltó un terrorista a la escena, iluminada como si fuera para Hollywood, y acuchilló en las manos a la presidenta a la que llamaban “la mariposa de hierro”. A la mañana siguiente teníamos una cita en el palacio de Malacañán con ella, para ABC. No fue posible. El atentado que estuvo a punto de costarle la vida a la presidenta rompió el protocolo. Pero supimos esperar. Ella quería ser entrevistada para España. Y fue portada del periódico español, meses después, luego de entrevistarla en una de sus visitas a Londres en la embajada de su país en la capital inglesa. Recuerdo que nos salpicó la sangre del atentado en el abanico de plumas de faisán que  habían regalado a mi mujer a la entrada del teatro.

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A Pitita Ridruejo le debo esa historia fabulosa. Y muchas cosas más, y muchas veces más también. La entrevisté en aquella casita preciosa, como una ermita, que tenía en el Escorial “donde se le aparecía la Señora”, según decían. Y ella cuando se lo preguntaban sonreía como si estuviera en éxtasis. Sabía mucho y callaba más. Llevaba cincuenta y nueve años casada, lo que ya de por sí es un récord en el tiempo que vivimos. De todas maneras, con la muerte del embajador, hace unos días, después de una larga y cruel enfermedad en la Clínica de la Luz de Madrid, Pitita ha dicho que se ha ido “parte de su vida, más que su propia vida incluso, el hombre al que más amó”. Pobre Pitita Ridruejo, que me abrió tantas puertas, que me permitió hacer grandes entrevistas, que me ayudó tanto, siempre. En la televisión con su presencia, en la radio con su sabiduría, en el periódico, en ¡HOLA!, manejando la llave de oro de sus  conocimientos, de su inmensa personalidad, siempre.

Esta no es mi Pitita que me la han cambiado, puedo decir, enlutando mi memoria. Agostada, quebrada la alta encina que era, la Pitita, aquella gran señora a la que entrevisté en sus casas, la de Marbella, la de Madrid… aquellas fotos en Soria, en su palacio familiar…

Adiós, Pitita Ridruejo, tus hijos dicen que has perdido con la pérdida de Mike más que su vida la tuya misma. Yo también enluto hoy en este blog, que quizá has leído más de una vez, las esquinas de mis recuerdos como en las cartas antiguas. Rosas azules, para ti, como aquella vez que regalamos el mejor ramo de Florida a Elizabeth Taylor, el día que la entrevistamos para ¡HOLA!, cuando hacia La Loba para el teatro. Pero hoy son las rosas de la palabra. Las espinas son las tuyas. Las que te quedan, en tus manos largas, pocas veces enjoyadas, te dejo este padrenuestro de mi propiedad personal. Creo que una vez me regalaste un rosario de cristal. Sé que Mike, el embajador querido, habrá encontrado, estoy seguro, lo que tú tantas veces habías buscado para él. Y para ti. Y para todos los que te hemos  conocido, frecuentado y querido.

  • Estimado Tico!
    Que bonito homenaje a esta gran dama y a su marido!
    Que bien escrito y que interesante.
    Te conocí en persona el pasado miércoles cuando venias en el AVE de Sevilla hacia Madrid y fue un viaje que no olvidare de tanto que disfrute de todo lo que me contaste!
    Eres un gran señor y un periodista de raza! Que suerte tuve de conocerte!
    Un abrazo y cuídate mucho!
    Con gran admiración,
    Verónica Gili Florensa

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