La llamada del desierto

Les cuento. Anoche en mi tele del trabajo detuve el Internet por un rato cuando encontré una película titulada La Reina del Desierto, pero mira por dónde, de pasada leí que la protagonizaba esa chica de los ojos dorados que se llama Nicole Kidman, y que como ustedes ya habrán podido comprobar, dada mi insistencia en el personaje, me gusta mucho, a rabiar, le pase lo que le pase tanto en la vida real como en el cine.

-Tengo que verla- y añadí para comprometerme, que además se trata del desierto.

Pero es que por si fuera poco, en los títulos de crédito aparecía el alemán Werner Herzog, que me priva. Así que tenía, por los datos, película para la larga tarde con lluvia de ayer.

tico1

Me puse manos a la obra, le di al botón y vi La Llamada Del Desierto. Bellísima la protagonista y más encima de un camello blanco. Les quiero decir de paso que conozco casi todo lo que se sepa de los camellos,; he montado en camello, y hasta, si me apuran, conozco de la ferocidad de un camello en celo. También he comido pinchitos morunos -con la legión española en África- de carne de camello y a ser posible con especias, muchas especias.

Está linda de caerse esta dama australiana, a la que se le nota lo que le gusta ya de por sí las grandes extensiones, desprovistas de todo, sin una sombra a lo lejos.

Pero sobre todo es que ella va siempre a lomos de un camello, cosa que no es fácil porque hay que saber montar en ellos. Es distinto del dromedario porque según las jorobas que tiene, ya sea una o dos, es diferente. Ella con su turbante, su velo blanco a la cara, no para ocultarse sino para defenderse de la arena, implacable, tan bella como dura, y en la compañía de un grupo escaso de leales beduinos que la acompañan en lo que significa su huida constante, el silencio del desierto. Que es único, sin duda. Si hagas negras, que en aquellos años de la película solo la llevaban los tanquistas alemanes, a veces un oasis pobre, pero con unas palmeras típicas y un pozo con agua dulce, o casi dulce, en la que primero bebían los camellos, que son los que más aguantan sin beber del mundo entero. Para terminar, después en la misma pileta se bañaba ella, no desnuda, no, que habría sido total, sino que lo hacía envuelta en una sabana, eso sí, transparente.

tico2

A lo que voy. Que volví a sentir la fascinante llamada del desierto de nuevo. Hacía tiempo que no la sentía, lo malo es que ya no puedo acudir a la insoportable tentación. Porque conozco casi todos los desiertos del mundo. Por ejemplo, el nuestro hasta hace poco, el del Sáhara cuando Villa Cisneros tenía un cementerio frente a la gran fosa marina del atlántico donde pescaban la merluza nuestros navegantes. Y donde estaba aquel cementerio que todos los días cambiaba de sitio las tumbas, por culpa de la duna movida por el viento oceánico. Y donde había tantos nombres japoneses, por la sencilla razón de que allí, en el mar, en la mar, pescaban los de Oriente venidos desde tan lejos. No me gusta llamarles los nipones, y donde allí estaban sus grandes barcos que eran fabricas ancladas inmensas, en el oleaje, donde además allí mismo hacían las distribuciones, desde la ballena hasta la langosta, dejando tan solo el sitio.

El del Sáhara formidable, el gran desierto con su inmenso calor seco del día y el frío intenso de la noche, eso sí, la más estrellada y alunada, aunque hubiera media luna del mundo. Y también conozco los largos tés, con los beduinos, los hombres azules, los Tuareg, con los que tomé té hirviendo con yerbabuena, y queso de leche de camella, y de los que tanto aprendí, hablando y callando. Los hombres azules que me regalaron ese largo trozo de turbante que sólo una vez me coloqué arquitectónicamente en lo alto de mi cabeza nazarí, y solo para una fotografía, que por ahí anda.

tico3

Pero es que también conozco el desierto de Irán, y el de Irak,  y el de la torre de Babel, y el desierto de Almería, que es el nuestro y donde se rodaron tantas películas, por ejemplo aquella película de Lawrence de Arabia, en la que hice de muerto, papel por el que pagaban menos que de asaltante al tren por ejemplo, pero al que había más candidatos, al fin y al cabo se trataba de unas horas bajo una manta insoportable, pero sin hacer otra cosa que simular que eras una baja después del combate.

El desierto de Almería, también el de Tabernas, donde se rodaron películas francesas muy buenas y muchas, como la de Tolbruk, o del oeste, con  largas cabalgadas y donde conocí a grandes del cine de todos los tiempos, por dar un nombre tan solo, el de Clint Eastwood o el de BB, o el de Claudia Cardinale, o el de Anthony Quinn, antes de escribir sus memorias para ¡HOLA!.

El desierto, sus sabores, sus olores, sus colores, sus calores, claro, sus dolores, es un mundo aparte. Tiene la leyenda, el aguante, la capacidad de sufrimiento, mucho, el silencio, el sonido de la nada, el viento a veces que te aplasta, que te ciega, la huella de los habitantes que lo pueblan, la ruta del escorpión, la pisada de la última hiena…

Conozco también el desierto hasta Tombuctu, una de las maravillas de la humanidad, la arquitectura catedralicia del barro seco, la umbría de los zocos de las gentes del desierto, aquí mismo tengo conmigo las tres pulseras de plata labrada de los azules, joyas de la corona de la arena. Y he vuelto del desierto de Atacama, al sur del sur, en el Chile, de la loca geografía al pie de los Andes, donde nunca llueve y si llueve, de pronto, se escucha “como emergen las flores más hermosas del planeta de la tierra seca”…

tico4

No he podido acudir nunca a la visita del desierto de Mongolia, de los halcones, y los últimos cetreros, no, pero me he leído todo lo que de ello hay, libros, grabados, pequeñas laminas de cristal trabajado… trozos de meteorito quizá, qué sabe nadie, mentiras, verdades, aquel hueso de ballena en el otro desierto inmenso de Fuerteventura, tan grande como una ballena entera, junto a la que levantamos nuestra casa en Corralejo, al norte de la isla, frente a Lobos…

Los desiertos, claro. Con su carga de historias, a veces una cruz encima de una piedra, la fuente seca que buscábamos, la ceremonia de la túnica azul, cuanto más azul más buena defensora de la implacabilidad del sol, la primera vez que uso esta palabra…

El desierto “antes fue el fondo de un océano, y la prueba está en que en ocasiones se encuentran corales que solo hay en el fondo de los mares de Australia…”.

Los poetas del desierto, formidables, turcos, árabes, armenios, el desierto del hielo, la inmensidad de la nieve de Siberia, desde el tren más hermoso de la tierra el que más tarda, con el samovar de té hirviendo dentro y el humo de los últimos marguiles…

A veces una foto, un vídeo ya sepia, aquella tabla escrita en árabe de la ruta de las caravanas de la seda que aún conservo, el esqueleto del dromedario que tenía en su jardín de cactus el genio César Manrique en su casa única de Lanzarote donde el desierto volcánico es negro, la bella escultural de lo natural. Cuando el desierto llega a la orilla de la playa, las tortugas desovando… ¡cómo me gustaría reunirlo todo en un sitio! Ordenado todo, todo junto, lo de la arena,  lo de la palmera suelta, “debajo hay agua seguro”, la fiebre del desierto, los labios secos porque quieres, cuando la cantimplora aboyada es una joya de la corona…

Incluso sin encontrarte a Lawrence, la sabiduría del desierto, lo que te enseña, lo que se calla, lo que te cuenta, el agua en el cuero de la piel de la cabra, del pozo del oasis…

Las mujeres del desierto, de rostros tan bellos, aunque su destino sea comprar y vender sal, de por vida. Ojos con estrellas dentro de tanto mirar al cielo más cercano de la tierra. La chumbera milagrosa, carne verde, el desierto mexicano que yo he caminado, con un cuadrado de henequén, la planta verde que todo lo sana…

tico5

No tengo más tiempo. El orgullo con el que Alberto Vázquez Figueroa te dice “soy hijo del desierto”…

O Kitin, que es su embajador en la tierra firme, en la mar rabiosa. Su uniforme es azul, tan distinto del azul de la Kontiki… la música de los laudes, de los ciegos que con sus ojos blancos, la ceguera de la arena del desierto, ven pasar las caravanas de siempre, y los aviones arriba, y las rocas con inscripciones en la mitad de la nada, con paisajes de caza y de pesca…

Siempre estará ahí el desierto, el del hielo, del norte del norte, el dorado desierto, del sur del sur, el desierto de la carne de la Patagonia donde aún habita Martín Fierro en su espíritu gaucho…

Hoy es un día grande para mí, sin duda. He vuelto sin moverme al desierto, hoy de plástico, del sur de mi tierra, donde florece la flor del tomate, del invernadero la rica berenjena, nacida del milagro del hombre, de su constancia…

Me van a contar a mí que la luna es un desierto. Yo siempre estoy de vuelta de la arena lunar.  Como hoy, como esta mañana de otoño español. Es verdad, yo también soy ese extraño girasol seco, nacido del milagro de la supervivencia. Mi agua es mi sangre- soy un cardo del desierto de mi propia memoria. Siempre, siempre, falto de tantas cosas, estoy, así, en la mitad de mi propio desierto.

Gracias por traérmelo Nicole, la ultima reina del desierto.

Deja un comentario

Tu correo electrónico no será publicado.

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer