En defensa de Álvaro de Marichalar, el centauro del mar

La verdad es que iba a titular un poco más largo, o sea así,

“En defensa de un caballero español llamado Álvaro de Marichalar”.

La verdad es que era demasiado largo, pero quiero que lo sepan. A veces mi cuerpo herido, tantas cicatrices que con el tiempo se abren, después de tantas guerras con los demás, y conmigo mismo, que son las peores, lo cierto es que a veces, salgo en defensa abierta de los demás sobre todo cuando veo, cuando compruebo, que debemos saber bien algo de lo que nadie sabe, por falta de interés, o de lo que es lo peor, por estar en la corriente con los demás, que opinan sin saber muy bien del todo lo que opinan.

alvaro-marichalar

Por eso, hoy, aquí, salgo abiertamente en defensa de este personaje de la actualidad, más repudiado, o ninguneado como dicen en México, como admirado, o por lo menos entendido, en lo que es su habitual forma de  ser y de estar. Porque Álvaro de Marichalar y Saénz de Tejada, hijo del Conde de Ripalda, nacido en Pamplona, que ya es un dato, y bueno, caballero de Alta Soria, buena gente, guapo mozo, aunque yo no sea un experto en la materia, Quijote de esta generación suya, español hasta el tuétano, hermano de Marichalar, el otro, que fue duque de Lugo, igual sigue siéndolo, que no entiendo de protocolos mucho, cuñado de la Infanta doña Elena a la que quiero y respeto mucho, etc, etc…

Resulta que ahora no sé por qué de una conversación, que unos dicen que sí y otros dicen que no, como la parrala, y que mantuvo en un coche compartido hace poco, se ha convertido de la noche a la mañana de nuevo en personaje para la discusión, o la denostación, que a veces en España es lo mismo. No es Álvaro de Marichalar, en cuya filiación consta, aventurero, empresario, etc, por no hacer más largo lo que ustedes saben, uno de esos españoles, que los hay y que son fieles al lema, de “que hablen de uno aunque sea bien”, porque mal ya lo hacen otros, pues no, aunque no le importe, también es verdad, el que de él se ocupen. Álvaro es un grande de España, aunque no tenga el título nobiliario, y lo puedo decir porque he podido comprobarlo. Su currículo, avisa también que es navegante, y de los buenos, añado yo, porque hablo sobre seguro. En su día, aquel  otoño de hace tanto años, como pueden comprobar en la colección de ¡HOLA!, y apadrinado por ¡HOLA! también, le acompañé en un viaje impresionante inolvidable, y único. Fue cuando hizo el recorrido en MOTO NÁUTICA, y lo pongo en mayúsculas porque fue una empresa mayúscula, sin duda, desde el sur de España hasta las canarias, sí señor, a bordo de aquel caballo mecánico durante varios días, en aquel corcel, que se llamó Numancia, y que llevaba además, ni más ni menos que un escudo con la corona de España, que le había bordado su madre, aquella elegante señora de tanto estilo, que fue la Condesa de Ripalda. Un viaje impresionante, horas y horas encima de aquel delfín al que nosotros seguíamos en un barco fuerte y a motor, como es natural.

Vientos tempestades, olas altísimas, montañas de espuma, día y noche, día y noche, en aquella moto náutica de la que yo me traje hasta Canarias la impresión de que había conocido a eso, a un fuera de serie, a una persona, que era más que un capitán de la aventura, y he conocido a muchos, y los mejores, y sobre todo, a alguien que es capaz de arriesgar su vida, en solitario, la privada y la pública aun sabiendo que va a comprometer su apellido y su familia. Pero lo hace. Y cumple lo que promete. No quiero hacer más largo este retrato urgente, sobre todo, y ante todo, porque no cultivamos la amistad constante y porque cada uno, continua en la aventura de lo cotidiano, con sus arribadas y sus naufragios. Yo me traje de aquella navegación, inolvidable, para mí que tanto me gusta la mar, aunque sea un terráqueo, y decirles, quiero, que también aparte de un puñado de fotografías que están en la hemeroteca formidable de ¡HOLA!, donde está la historia de España de los últimos más de cincuenta años, aquella gorra azul con un escudo de España, de marinero de verdad, que a veces en muy escasas ocasiones eso sí, me coloco en esta cabeza mía llena de cicatrices y de heridas mal curadas. Solo cuando estoy en alta mar, desde hace tiempo, poco vivida.

Así, que aquí queda mi palabra escrita para que no se la lleve el viento, de este Álvaro de Marichalar, último ejemplo de una serie, por ahora, ya extinta. Como cronista, que he dicho durante muchos años de la aventura de los excepcionales, aquí esta, con mi firma y mi retrato, las líneas de un contador de las historias de los demás, como yo soy. Solidario, solitario, y además, porque hace poco ha sido capaz de decir, después de haber estado  matrimoniado con esa belleza de mujer, que fue, y es, Ekaterina, con la que estuvo casado, bellísima, y con la que vivió en Moscú durante años. Me agrada mucho saber que Álvaro ha dicho días atrás: “La quiero mucho, aún sigo enamorado de ella”.

Lo dicho, condición y figura…

Y no añado lo demás, del refrán, porque aunque ha sido el día de los difuntos este martes, la palabra no me gusta. Aunque sea el final de la aventura de cada uno.

Deja un comentario

Tu correo electrónico no será publicado.

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer