Vicky Martín Berrocal y ese amor que nunca llega

Lo he leído en algún sitio que tratan las cuestiones del corazón. Siempre las cosas del corazón. Y de su propia palabra. Que dice Vicky que sigue su corazón con las puertas abiertas, y que siempre necesita de un hombre en su vida.

Más o menos por no copiarlo fielmente. Pero miren, por dentro, después de leer su confesión, siempre fue una mujer directa y sincera, incluso cuando su amor estuvo ocupado por el torero tan buena gente y tan valiente en el ruedo y en la vida que es Manuel Díaz, “El Cordobés”, la veo pasar como en una pasarela, levantando la atención del respetable que viaja por el pasillo central del ave que viene o va de Sevilla a Madrid o viceversa, que ahora no lo tengo claro. Pero lo cierto es que ahí va, impresionante, impresionando, guapísima, que es más que guapa, vestida con ropa suya, quiero decir de su firma, en la que a veces compra mi gente femenina, y sonriente como una gran triunfadora, porque lo es sin género de dudas, que encima esté en la edad más brillante de la mujer, como siempre digo, y que es alrededor, ni digo más ni digo menos, tampoco voy a dar el dato, de los cuarenta años.

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Yo conocí, a su padre, aquel mítico, sí, mítico, legendario, hombre del sur  con el que tuve algún trato cuando mi cuerpo, y también mi alma, andaba por las tierras de la Huelva del océano. Me gustaba mucho saber que los autobuses eficaces, limpios y rápidos eran suyos, y además que hasta muchos de los toros bravos que pastaban en sus campos eran también de su hierro. Por eso, siempre supe de Vicky, el trapío, con acento en la “i”, el poderío, también con acento en la “i”, en la misma persona desde que era una niña.

Con aquellos hermosos ojos, creo que de color uva, y sobre todo, y además, el sentido empresarial, de casta le viene al galgo, en este caso a la galga, que siempre le acompañó, que todo se hereda en el mundo, ya lo saben. Incluso un día vi en la lejana Hong Kong, de eso no hace mucho, un escaparate en el fabuloso hotel Península, uno de los mejores del mundo, de donde me traje un cenicero que parecía de la dinastía Ming, aunque era una copia, aquella tienda preciosa, resultona, que llevaba el nombre el rostro y la sonrisa de la Berrocal, la Vicky, nuestra criatura, protagonista del post de hoy, día veintiséis de octubre del 2016, como saben.

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Es valiente, sureña de las de verdad y aunque después del divorcio del torero don Manuel alguna aventura amorosa tuvo, que sin embargo no la llevó hasta el altar, lo cierto es que ahora en este momento cruce de su vida entre el verano o la primavera, doña Vicky, en el otoño hermoso, que para muchos es la estación más guapa del año, dice que no tiene novio, me ha parecido leer, aunque parezca mentira.

Permítanme este suspiro de seguidor de su paso y de su estirpe. ¡Ay quién tuviera sesenta años menos, como poco, y anduviera sin compañera, como la mía con la que llevo va para sesenta años casado, felizmente casado, mejor dicho!  Porque vamos a ver, ¿es que no hay quien le tire los tejos a esta mujer, que se duele en alta voz de su soledad obligada?

Ya ha sido madre, lo cual es una  gloria bendita, y además llevarla al lado es un triunfo, aunque solo sea para acompañarla por el largo camino que hay desde el vagón de la clase preferente del AVE, hasta la escalera subida de la estación de Santa Justa en Sevilla, donde siempre que saben que viene, hay una turba de fotógrafos, como si de la Pantoja se tratara.

En fin, que aunque en su breve pero brillante retrato al minuto de la Wiki esa de la red se asegura que es “presentadora de televisión y con garbo, empresarial, modelo, etc, etc…”, lo que la hace más atractiva si cabe, decirles quiero, porque mi labor también es informativa, que Vicky tiene su página, sus dos libros publicados, esa como guía para triunfar en este mundo que vivimos, la nostalgia de aquel servicio de la sepulvedana,  actriz con brillo, y muchas más cosas que no me caben en esta página de hoy que me faltaría sitio para rellenar del todo.

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Un día de estos me decidiré, estoy seguro, aunque ando escaso de valor desde hace algún tiempo, y me pondré en pie a su paso por donde ella pase con su raro resplandor sevillano. Y entonces, ya poder vivir tranquilo, porque aunque no le pueda declarar mi admiración, sí que podré presumir ante la cara de mis viejos amigos, que “la he conocido en persona”.

Les tendré informados, porque todas las semanas bajo y subo a Sevilla. De un tiempo a esta parte con el sufrido deseo de verla, aunque sea de paso, por esa pasarela, insisto, de mi vagón del AVE que me lleva hasta Andalucía, de donde soy y donde voy, sin duda, aunque el Papa acaba de hacer saber, que aunque seamos ceniza, por expreso deseo nuestro ni al mar, ni al surco, se pueden echar nuestros restos. Tendré que ver lo que hago. Debo cambiar con urgencia mi  testamento.

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