Maribel Verdú, mucho más que un cuerpo

A veces los hay que me preguntan incluso por calle “oiga, usted señor Medina”… Que a veces también me dicen señor Tico, dada mi edad. “¿Por qué habla y escribe tan bien de todo el mundo?”

A lo que yo respondo, y hoy aprovecho para hacerlo así mismo en nuestro blog, que sé que se lee en todo el mundo:

“Pues para hablar mal de los demás, ya están otros muchos.”

Y es por eso, que hoy titulo esta página nuestra de hoy con dos actualidades, quizá tres, que atañen a una misma, bella, persona… porque Maribel Verdú, nuestra estupenda actriz, en una edad tan hermosa como es la suya, cuarenta y siete, creo, es triple actualidad. A saber, mis blogueras y blogueros, como se viene diciendo ahora dando sitio a todo el mundo.

Maribel-2gtres

Primera: porque María Isabel Verdú, madrileña total, aunque nacida en la calle Cartagena de la capitalidad del reino,  acaba de regresar de una película con Gerardo Olivares de director, ese genio cordobés que, después de hacer para la tele aquella inolvidable Ruta de la Seda y otras más, como la del niño lobo, etc, acaba de rodar en tan  lejos de todo, una película oceánica en la que se cuenta la historia, apasionante, de El faro del Cabo de las Orcas, o algo así, y que según me cuentan ha tenido tan lejos, no hay más que asomarse al mapa, que un día hace ya muchos años, yo, pase cerca de aquel lugar del Fin del mundo, el de las tormentas, a bordo de un barco de vela capitaneado por uno de los tripulantes de aquel Calypso, que en su día fue el señor de los mares del mundo, etc, etc..

En fin, lo que digo a veces, que me enrollo más que  la sandalia de un romano en una procesión de Semana Santa, como dice el dicho, que Maribel Verdú ha sido su protagonista, que lo ha hecho, gloria bendita, que igual que tiene dos Goyas ya, y merecidos, puede ir a por el tercero, una vez que se estrene esta historia que merece ser de lo mejor.

Y además, segunda: Porque hace no sé cuántos años que se casó, y se mantiene casada, que es de por sí otra noticia dentro del mundo en que se mueve, y que acaba de hacer público esto:

– Sigo enamorada como el primer día, aquel que nos casamos hace tantos años.

Buena nueva. Sobre todo porque contra viento y marea, la Verdú, que empezó tan joven en esto, hace ya más de treinta años, y tiene cuarenta y siete, que no demuestra, y si lo demuestra es porque su belleza no es solo la de aquella dama espléndida, que a veces se resfriaba tanto, pero que hace eso que se llamaba papeles de “desinhibida”, o sea según le pedía el guion. Y ella lo hacía con una sencillez, con una desenvoltura excepcional, por necesidades de la historia que tenía que interpretar. El otro día, ahora, en su fascinante madurez, esa edad en la que siempre digo que más me gusta la mujer de talento de nuestro tiempo, ya le apetece menos lo de airear sus más íntimos encantos, porque no tiene gana y además puede permitirse ese lujo.

Además, aunque no tiene hijos, cuando le preguntan que por qué responde sonriente y segura de sí misma:

– No me lo he planteado.

Es una pregunta lógica que tiene una respuesta personal.

Se casó de blanco y bien que lo recuerdo. Fue noticia, su esposo, Larrañaga, de enorme tradición teatral, es hijo de Carlos y de María Luisa Merlo, es productor, y siempre, siempre, han dado la imagen exterior, y por lo tanto interior, en este planeta de vendavales, y chismes, de  formar una sólida pareja que, más que nada, más que aguantarse, se quieren.

Maribel Verdú

Ha hecho Maribel no sé cuántas películas, muchísimas, y ya es dueña por merecimiento, de dos cabezones, como llaman cariñosamente a esos Goya, que son nuestros Oscar nacionales. Tiene también más galardones internacionales, y no pierdo la esperanza de que algún día, no solo se acerque a un Oscar de interpretación, que lo sabe hacer, le echen lo que le echen, sino que suba al escenario de Los Ángeles, donde ya ha subido más de una vez alguna de nuestras estrellas de cine. No pierdo la esperanza. Es culta de la sangre y de los libros, se cuida, y en la última en blanco y negro de nuestra Blancanieves está que da gloria verla. Ha hecho series de televisión, con flequillo, sin flequillo, a melena suelta, ay, tan suelta a veces, y acepta el que en su día para definirla, se escribiera, se titulara: Maribel tiene un cuerpo de infarto.

Y sonríe, porque sabe que todo pasa en este mundo en el que todo es tan efímero y mantiene su sonrisa devoradora, un tanto caníbal, de la que más de uno gustaría de ser su desayuno.

Algún día a lo largo de mis muchos años es seguro que le he besado la mano, como un viejo señor decadente que, es lo que soy, en la forma y en el fondo, o en las dos mejillas, a la manera profesional, esto es muá muá, pero no pierdo la esperanza de hacerlo, aunque sea con la sola reverencia, el día que estrene su El faro del Cabo de las Orcas,  por dos razones que les hago saber.

Una, porque forma parte de mis sueños aun no conseguidos, y otra porque soy uno de los que más saben de las ballenas, como ya les he  confesado en numerosas ocasiones, y por lo tanto, soy uno de los pocos que ha visto como las orcas esperan a la salida de la laguna del ojo del indio, en Cabo San Lucas, México, como esperan a que las grandes ballenas den a luz a sus cachalotes, y allí mismo las orcas los persiguen, que hasta devoran incluso las placentas larguísimas de su parto…

Lamento darles esta noticia al final, pero miren por donde Maribel Verdú, la nuestrísima, es capaz de hacer el milagro de que no les corresponda el apellido de asesinas. Lo que me causaría una enorme alegría… ¡Porque son tan bellas! ¡Ay, aquella Maribel Verdú, con acento en la U, de la película de Trueba, El Siglo de las Luces! Donde ella fue la luz que más lució hace ya tantos años… pero hay cosas, Maribel, de mis recuerdos, que no es posible olvidar… querida niña de antes, abuela ahora, aunque no hayas tenido hijos, desde que cumpliste cuarenta hermosos años…

  • Que bonito lo que le escribes, querido tico. De buena manera se ve, que realmente amas a esta gran mujer. Yo, cordobesa, tuve la enorme suerte de verla en una soberbia actuación en el Gran Teatro de Córdoba, ¡¡¡y por tres días seguidos!!!. No podía quitar mi vista de ella. Para mí era impensable que ella estuviese en mi ciudad, y yo en la feria, porque era mayo. El mayo cordobés no pudo evitar que yo, en mi adolescencia, dejara la flamante feria a un lado para irme en mi motillo a pleno centro de la capital a ver esa maravillosa obra de teatro: Las amistades peligrosas. Un saludo compañero.

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