La quinta es la primera

Me refiero a la Quinta Avenida, la flecha que atraviesa el corazón de la Gran Manzana de Nueva York, sin género de duda la capital del mundo en tantas cosas.

Me explico. ¿A qué se debe de pronto, que sin venir a cuento, aunque siempre es noticia, escriba servidor de ustedes que solo se mueve a impulsos del viejo reloj de mi corazón, de esta calle mágica, excepcional y única de la llamada ciudad delos rascacielos?

Les explicaré rápido el por qué, con acento en la e, porque…

Hace unos días en mi microprograma El Puñaíto, al final de los viernes de Carlos Herrera en la Cope, que espero estén escuchando ustedes dada mi fidelidad que debe ser correspondida con ustedes todos, los de este blog, contaba que en la calle donde nadie vuelve la cabeza al paso de nadie, porque es el camino de acero de la sorpresa, el otro día ocurrió algo así como esto que les cuento.

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Al paso de Mariló Montero, en Nueva York, donde por lo menos hasta ayer se encontraba, la gente volvió la cabeza. Algo espectacular e infrecuente, desde que un día hace muchos años Nati Abascal, que había ido a trabajar de guerrillera en una película de Woody Allen, no ocurría nada igual. Solo cuando Mariló, espectacular siempre, aunque vaya de trapillo, paso por allí no sé si camino de Tiffany’s, ya saben, Desayuno con diamantes, ¿recuerdan? Bueno, pues eso ocurrió. Caminaba bajo el palio de su propia belleza. Vale. Bueno, pues eso ocurrió cuando pasó con su hija Rocío, bellísima y una de las mejores modelos del mundo mundanal, sucedió lo fascinante. Porque si con la madre habían vuelto la cabeza, con las dos juntas se paró la circulación, que hasta un guardia de tráfico, que estaba manejando ese río de coches amarillos y limusinas alquiladas, en una sola dirección como es habitual, no tuvo más remedio que ordenar el tráfico en la acera de la calle.

Que no es muy ancha dicho sea de paso. No ocurría desde hace tiempo, aunque la Kardashian esa vaya donde vaya envuelta en un abrigo de visón blanco, de verdad, pero con unas zapatillas de jugar el tenis, que por dentro igual iba más o menos como su madre la trajo al mundo.

Así, que como después de decirlo en la radio para toda España, ella lo supo, me envió un precioso telegrama largo, de agradecimiento y grabado además para que no lo olvidara. Cosa que cuento para agradecerlo de corazón entre otras razones por que nadie lo hace, es más, espera uno más de los abogados que de los protagonistas. Y al final: “Tu Mariló Montero”.

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Gracias niña navarra, madre de esa niña sevillana, que “no se puede aguantá”, con acento en la a, como dicen sobre todo las buenas gentes de Sevilla.

Y me viene así a la memoria, siempre abierta de par en par,  tantas veces   como he atravesado esa larga calle que nace en el Central Park, donde a veces me he hospedado, la mayoría, a cuenta de nuestra revista desde la noche de los tiempos, alguna otra vez he ido acompañando a personajes singulares, por ejemplo, cuando Julio Iglesias iba a cantar en NY y quería que todo el mundo lo supiera. Así que conozco bien esa calle, que se asegura que es sin género de dudas, la más popular del mundo entero.

Por ejemplo, salía del Saint Pierre y lo primero, saludar al vagabundo de la esquina, que debía ser riquísimo, y que siempre, eso sí, vestido de vagabundo, que siempre, siempre, estaba allí. Hace poco, acaba de hacer una película llamada El Invisible, o algo así, Richard Gere, ahora siempre en Madrid, dado que su nuevo amor es una madrileña preciosa y uno está donde su corazón lo exige.

El  vagabundo es uno de los protagonistas de mi relato de hoy. Verán, porque casi siempre le daba, estuviera la moneda dólar al precio que estuviera y sin mirar a las cotizaciones de bolsa, dos monedas de veinticinco centavos cada una. Tampoco era mucho, pero él, que conocía mi calidad de hispano, me lo agradecía con una mirada pero sin quitarse el sombrero. Un día me entretuve un momento viendo a los cocheros de carroza de caballo, casi todos griegos,  por lo general como sentados en el pescante esperaban a los clientes de los grandes hoteles que daban al Central Park  donde un día yo vi correr muy de mañana a Ingrid Bergman, solitaria, sudorosa, camuflada, con el cabello rubio recogido bajo un gorro de  lana portuaria. Tenía resplandor, era ella. Bueno, pues el vagabundo arrancó delante de mí, y le vi como además llevaba en una mano uno de esos paquetes de papel, que ocultan generalmente una botella de alcohol. No se permite que se le vea desnuda, en su verdad máxima.

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Aquel hombre que vagaba, iba delante de mí. En la esquina de la gran calle,  al lado de la catedral de san Patricio, católica, claro, había otro compañero de oficio, arropado en el vapor que sale del fondo de la manzana. De la Gran Manzana. Y le vi con estos ojos gordos, que se ha de comer la tierra aunque no le voy a dar esa oportunidad porque he pedido que me hagan ceniza, como aquel primer vagabundo, al que beneficié discretamente con mis dos monedas de dólar, de veinticinco, sacaba una de sus bolsillos ramplones, y la entregaba al compañero, de la otra esquina- igual era un hijo suyo que había heredado parte del negocio. Rápido, asombrado, apunté en mi cuadernillo negro que siempre me acompaña: “Ciudad solidaria”. Cierto. En cualquier caso una buena historia para contar y no solo Tiffany’s, que allí estaba aquel día con una esmeralda de Muzo de Colombia, montada en un cristal de roca. Una tentación, además, por lo cual aparte del blindado, había dos guardias tipo Kiko Matamoros,  vestidos con una cazadora de cuero, y una porra, como un bate de baseball.

Y luego, pues todo lo demás, el Empire, cuando era el más alto edificio del mundo y al que subí con Cirilo Rodríguez,  aquel gran periodista, corresponsal de Radio Nacional, castellano viejo que me enseñó tantos otros secretos de esa enorme ciudad en la que al acabar allí arriba del todo, cerca de la gran estación, resulta que te duele el cuello de tanto mirar hacia arriba, yo a lo mío, y me venía a la memoria aquella sorpresa, del poetazo Miguel Hernández, cuando por primera vez, bajo desde Orihuela, aquel patio con la higuera, hasta Madrid, con sus alpargatas de cáñamo y su olor a cabrero, perito en lunas eso sí, y exclamó en uno de sus versos más veces comentado.

– ¡Rascacielos¡ ¡rascaleches¡

Y se volvió a su tierra de origen, a seguir escribiendo en medio de su piara.

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Y todo lo demás, en la gran catedral, aquel día que vi la Quinta, desde una carroza, cuando se celebraba el día de la Hispanidad y yo hacía para la tele 300 millones, que es una forma de ver distinta la calle más importante del mundo, en carroza, y a media altura, y las tiendas fabulosas, y aquella casa conforme se sube a la izquierda según se va, con la biblioteca más grande del mundo, quizá, donde a mí me gustaba tanto subir a la planta de los mapas para ver cómo estudiaban aquella asignatura que a mí me fascinaba y que era el gran salón de los mapas del tesoro, luego a veces comprobé que eran los mismos aventureros a los que solo le faltaba un parque en el ojo, en el Archivo de indias de Sevilla… o aquella placeta del Rockefeller Center donde se esquiaba incluso en el verano, o, eso sí, que no me faltara el  pepito de salchicha de los turcos del carrito, que te lo alegraban con una pincelada de mostaza o de tomate o  no sé de qué, pero era una delicia, o el mantero nigeriano que te abría el abrigo, en dos puertas, como un exhibicionista y que ofrecía el doble escaparate de relojes, el que desearas, eso sí, falso por lo general y ese otro bolsillo como escondido, bajo la gorra, donde “estaba lo auténtico” pero que era más falso todavía…

Pero ya  no tengo más sitio para contar. Si acaso decirles que no me importaría volver mañana mismo, que sería una buena señal. No para esa calle única, en el mundo, sino para mí, por lo menos, porque es una calle larga, muy larga, donde hay que hacer muchas estaciones, parar muchas veces, y donde todo el mundo quiere estar, cruzar, sentir, por lo menos una vez en su vida.

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