La cocina está de luto, se nos murió la Santonja

Y sé muy bien lo que digo con lo que titulo hoy. Porque se murió Elena Santonja, pero lo cierto es que a todos se nos murió, mi amiga Elena. Hace unos meses, coincidimos en un almuerzo en un buen hotel de Madrid, y tuve la suerte de que en la larga mesa, me tocó frente a Elena. Hablamos mucho, y sobre tocó recordar aquellos tiempos del cuple, hace unos años, en los que ella inventó, sí, inventó, la cocina en la televisión, y en la sobremesa.

Su programa, que fue sin duda uno de los más populares de España, se llamó ¿recuerdan? Con las manos en la masa y fue un éxito total, recordaba las comidas de toda la vida y o hacia en la compañía de los famosos de la época, que se ponían aquel babero que llevaba su nombre, el nombre del espacio, media hora inolvidable, y hacían las recetas que más recordaban, de sus buenos tiempos de la cocina de la madre.

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Por ejemplo, aquel pisto manchego con Pedro Almodóvar, o aquel cocido, creo con Sabina, o aquel otro… en fin una delicia, pero sobre todo, un recuerdo al sabor, que siempre he dicho es una forma del amor. Y aquel día, aquel mediodía en el que hablamos, con la mesa por medio, brindamos al final, con aquella copa de vino en la mano.

– A ver si nos vemos pronto, Tico Medina.

– Por mí mañana mismo, Elena Santonja, maestra.

Y al brindis se unió Jaime de Armiñán, ese genio del cine, madrileño como su esposa que le dio tres hijos, tan artistas como sus padres. Salimos juntos, Elena y servidor recordando la receta de la pipirrana granadina, tan fácil pero tan difícil si no se tiene la mano sabia para hacerla. Y al mismo tiempo, aquella música deliciosa de la que era autora la hermana de Elena, aquella canción delicada y emotiva hoy de Vainica Doble.

Los de mi tiempo, las de mi tiempo, seguro que la recuerdan.

Pensaba yo que igual nos podíamos ver este año en el almuerzo que organiza habitualmente el Ayuntamiento de Granada en ese encuentro del Turismo Mundial en el invierno, como siempre. Y creía que volvería a verla.

Pero no. Se nos fue Elena Santonja, aquella que enseñó a cocinar, con amor, con sencillez, con humildad, con eficacia, mucho antes de que la cocina fuera como es, ni más ni menos, que un suceso a escala televisiva, esto es, tanto tanto, que hasta los niños de ahora lo que quieren ser es cuando sean mayores, en lugar de pilotos o supermanes, en el tiempo de los héroes de Águila Roja o Juego de Tronos, ni más ni menos que maestros cocineros.

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Se ha ido, a los ochenta y cuatro años, y no se me va de la memoria su sonrisa, tan de niña. Era sabia y artista a la vez, y sobre todo conocía todos, pero todos los secretos de la cocina, el arte y la ciencia de nuestro tiempo. Pertenecía a una familia de artistas, los Rosales, tan buenos pintores, y escribió dos libros, sobe las recetas de toda la vida que recomiendo que busquen y mantengan en su biblioteca gastronómica que ahora se lleva tanto.

Sabía mucho, y sobre todo, lo ofrecía que era gloria bendita. Total, una mesa, los divinos ingredientes y ese toque humano de lo fácil, lo natural, lo de toda la vida. Una hermosura. Su segundo apellido era Esquivias, y sería bueno, desde aquí lo propongo a ver si sale, el que se instituya un premio de cocina, en nuestra televisión que tanto está apostando por el tema de los sabores, de todas clases y tipos, donde además hay que ser alquimistas y pintores, que lleve el nombre de Elena Santonja.

La cocina es un arte y es una ciencia, y también es una memoria. Elena, que además era muy valiente opinando, aseguro en más de una ocasión, y ya en la modernidad, que no había ido a comer al genial Bulli, ni había visto al mítico Arguiñano en sus primeros programas de la televisión, con el gorro blanco, de almidón, que ella no necesitó nunca, si acaso el mandil aquel, que llegó a convertirse en un tesoro para tener en casa a la hora de hacer el plato nuestro de cada día.

Adiós Elena, dama del paladar, mi ya desaparecida amiga, pero ojo, que sigue su magisterio, su sencillez, su manera de convertir en imagen aquello que formaba parte de nuestra vida. Sin trucos, sin  disimulo, como debe ser un plato, de ayer, de hoy y de mañana. Lo que se hereda, y lo que se transmite.

Gracias por todo, Elena, y me pongo hoy aquellas músicas de encaje y melancolía, que eran las músicas de Vainica Doble, donde sé que a veces, tu también cantabas. Te recordaremos siempre, siempre.

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