Kirk Douglas soplará 100 velas dentro de poco

O sea, que va a cumplir los primeros cien años, y puede llegar a mucho más si se lo propone. Ha sobrevivido a la muerte, qué fea palabra, ya varias veces, algunas haciendo cine y otras como aquella que se estrelló con un helicóptero, al que sobrevivió solo nuestra leyenda. Incluso alguna vez se ha publicado su necrológica, pero ha resucitado. Como ahora, a la puerta de su centenario, que va a celebrar en diciembre.

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Servidor de ustedes -que como saben y lo he dicho hasta el aburrimiento, prefiere dar la buena nueva de un cumpleaños antes de alguien que se ha ido, para “no volver”, o sea, un hola a un adiós- se complace en contarles, que conocí personalmente a este gran actor, leyenda viva sin duda, y que para ello me trasladé a Ocaña, para charlar con él, porque aquí estaba, con aquel buen actor italiano que besó a Sara Montiel en la boca o así, en sus mejores tiempos, y en el cine, que se llamó Raf Vallone y que hizo en el cine aquella cinta inolvidable, que se llamó, creo, la Siega, drama rural con Carmen Sevilla de protagonista y con Juan Antonio Bardem, que vivía en Madrid en una casa con escudo, como director.

Demasiados recuerdos. A veces me sorprende cómo tirando de una cereza del canastillo de la memoria, van saliendo unas con otras, las frutillas de mi memoria, gracias a Dios, muy aliviadas desde que me limpiaron el cerebro de hemorragias antiguas, fruto de las caídas, habidas de todo tipo a lo largo de una vida llena de gustos y de disgustos.

Vale, y a lo que voy. Fue a finales del setenta cuando apareció por España haciendo aquella película, no digna del Oscar precisamente, las cosas como son, y por necesidades de guion había que situar la acción en la plaza de toros de la antigua ciudad manchega y que, aquí entre nosotros, don Kirk estuvo, francamente, casi insoportable. Desde luego nada de adorable, pero es que dado el que su corazón estaba de siempre a la izquierda, solidario, decía, con los más pobres del mundo, quizá reminiscencia de cuando interpretó aquel inolvidable papel de Espartaco, el gladiador, sin duda para mí al menos, aunque ha hecho muchas, la película más importante y popular de toda su vida; su ya larga vida porque nació en Holanda, hijo de rusos, en diciembre de hace cien años.

La verdad es que este gran actor del hoyo en la barba, que es una de sus más atractivas señas de identidad, se llama -a ver si lo escribo correctamente- Danielovitch y es de raíz judía, familia con sangre rusa, que se instaló en Ámsterdam, y no para la compra y venta de diamantes, a la ribera de los canales y los tulipanes, no, sino que paso una dura, muy dura juventud, repartiendo incluso periódicos por las calles y las plazas de esa ciudad bellísima, en la que uno ha vivido cosas muy importantes, que no voy a trasladarles ahora, entre otra razón por falta de espacio, que en muchas ocasiones, como hoy, me paso de largo.

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Es solidario, cierto, libertario -según sus propias declaraciones- y yo particularmente le tengo en mente porque fui, y soy, un gran admirador del genial pintor Van Gogh, y el hizo uno de sus papeles monumentales cuando interpretó la vida alucinante del loco que un día se cortó su propia oreja. A ver si la busco y me la vuelvo a ver enseguida. Es para mí una de las historias inolvidables. Si les puedo decir que anda de los huesos, más bien quebrado, que tiene el pelo aún suelto, los ojos rojos, la palabra suelta, y que es, no quiero olvidarlo, padre de este gran Michael Douglas, que estuvo a punto de quedarse a vivir en su día y para siempre, en aquel palacio imperial que fue morada de un archiduque austriaco en la geografía de Mallorca. Una gloria, el paraíso en tierra, pero no cuajó su felicidad, entre otras razones por razones de salud. Michael sigue luchando contra el cangrejo negro que decía Lola Flores, y que le ha mermado mucha de su vitalidad prodigiosa, aunque sigue a pie de obra, siempre, siempre demostrando su sonrisa y su vitalidad de superviviente milagrosa.

Kirk, el viejo Kirk, ha dejado su andador de los últimos años, y ya se apoya solo en un bastón, quebrada su formidable arquitectura de siempre, ya por el paso de los años y el peso de los huesos que no respetan. Ni a una leyenda como la de este hombre, que era mucho más que un luchador del coliseo romano, un héroe, un líder, que levantó a los esclavos de su tiempo, sobre el omnímodo poder de la roma de los césares.

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Por eso, quizá, siempre, su corazón rebelde. Por eso, tal vez, cuando recibió el Oscar honorífico por su larga carrera estuvo a punto, cuenta la leyenda, de salir vestido a la usanza de la época de los  gladiadores. Pero el tiempo no pasa en balde ni para él ni para nadie. Kirk, el loco del pelo rojo se hizo productor, escribió sus recuerdos, y abrió su corazón a los más débiles, entre otras razones porque nunca lo había cerrado. Y es así, que ahora se ha sabido, que acaba de comprar para regalar a un hospital de niños enfermos en Los Ángeles, donde vive, un robot que hace cirugía de forma magistral y casi milagrosa. Le ha costado dicen dos millones y medio de dólares, pero lo ha hecho de forma espontánea y solidaria.

Dios se lo pague.

Sí, se ha escrito mucho sobre aquel día que estuvo a punto de morir de dolor cuando uno de sus hijos apareció muerto en un hotel lleno de papeles y botellas vacías. Tardó mucho en volver a demostrar que era un gigante por dentro, como ya lo había hecho saber por fuera.

Así que felicidades maestro. Casado tres veces, no sé cuántos hijos, que no hay un número exacto, y sobre todo, ya unos nietos que le llenan de alegría. Ha tenido en sus brazos a las más hermosas mujeres de medio siglo del cine. En el hoyo de su barba partida en dos, desde su nacimiento se guardan tal vez los más hermosos años de vida y leyenda de una época de cine formidable. Ha hecho cien películas, y ahora se ha convertido en un superviviente del gran naufragio de ese barco llamado Hollywood, en el océano de la gran mentira, también, de la televisión.

Cien abrazos, maestro, ese día de diciembre que volverá a repetir su imagen de viejo rebelde,  gritando “¡libertad!” mientras agita al aire su bastón, como cuando en Espartaco, levantó a los esclavos. Contra los emperadores que se creían dioses, y no eran más que un montón de oro y de mentiras.

He dicho.

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