¡HAITI, CUANTO PIENSO EN TI!

No es por buscar la música de los dos acentos en la “i”, no es eso solo, es que es cierto, de cuando yo era aventurero, solo, y nada mas que para contarlo. Un día Miguel de la Quadra, al que recuerdo y acudo tantas veces, aunque ya no este con nosotros. Casi siempre llegaba a los sitios antes que yo, por lejanos que fueran. En algún lugar de nuestro mapa, que entonces era América, la de nuestra lengua, me confesó:

-Bueno Tico, que como ahora estáis haciendo ese programa de 3OO millones, no te olvides, de que aunque hablen solo francés, en Haití, tienes un recuerdo extraordinario. Dicen que en algún sitio está el ancla de la nave Santa María, que naufragó cuando el almirante la llamo la española, antes de que se dividiera en dos partes: Santo Domingo y Haití. Merece la pena que por lo menos cuando estéis en Cuba o en Santo Domingo, os deis un salto hasta Haití, que aunque es una república muy pobre es muy hermosa y tiene aún mucho de España.

Y eso hice en cuanto me fue posible desde Santo Domingo -donde había esperado la llegada del vicealmirante Colón, capitán de Juan Sebastián Elcano-. “Yo estaba allí cuando llegó Cristóbal Colón”, me acerqué con mi equipo -al que recuerdo tanto- hasta Haití, frontera con la Dominicana. Había sabido que en algún sitio del norte de la medio isla tan francesa había una señora que de ella decían era la mas anciana, no del continente americano sino del mundo entero. Decían que había cumplido ¡150años! Lo hice. Llegamos a una modestísima casa, por llamarla de alguna forma, con techo de paja, paredes de bambú, y allí estaba aquella ancianísima señora. Imposible de legalizar la fecha de su venida al mundo. Al fondo de aquel pedazo de nada, una mujer, de edad, que igual podía tener ciento cincuenta que trescientos años, todavía con unos escasos cabellos blancos, sin dientes ya, observaba con ojos aterrorizados cómo una luz insoportable entraba en su hogar. En cuanto encuentre el documento, que debe estar como tantos otros en los archivos de TVE, sin duda, les daré mas datos. Lo que sí sé es que dimos el documento increíble, y que la dama, en su idioma más nativo, el criollo, pareció suspirar cuando nos marchábamos: “Dios mio, ¡ha llegado mi hora!”. Creía la pobre, que estaba pisando la raya del cielo mismo. Algo de tiempo después se marchó de veras, al lugar donde solo van merecidamente aquellos que no han hecho en su vida, mas que trabajar, y sufrir, al igual que muchos de los que estos días, con ese tifón Mathew, han perdido la vida.

 

tico1

 

 

Los datos no son fiables porque mientras algunos afirman que son ya mas de cien mil los desaparecidos, otros, desde dentro, aseguran que son menos. Pero lo que sí es cierto, es que de nuevo, después de un último y mortal terremoto, que todos recordamos, HAITI es un lugar donde reinan el dolor y la desolación, donde esperan por lo menos que después del agua salada que salió de la mar y destrozó sus humildes casas y cultivos a lo largo de toda la isla. Ha llegado el cólera, que fulmina a muchos de los que han sobrevivido a la catástrofe. Siempre sufriendo, los haitianos. Después de una larga lucha, cientos de años, de falta de libertad, donde el cielo es demasiado generoso en la larga sequía y donde el millón de sus habitantes en un noventa por ciento solo tienen arriba el cielo y abajo el suelo. Un país que sobrevive a su propia desgracia y del que yo voy a recordar ahora más que nunca asomándome al cuadernillo de hule negro de donde a veces extraigo las fuentes de mi memoria.

Papa Doc era el presidente, un tirano con rostro de misionero negro en un palacio blanco, bajo una hilera de cocoteros y guardaespaldas. Duró no sé cuánto tiempo en el poder. Nos recibió en aquel lugar fuera de sitio donde solo reinaba la injusticia. Después heredó el lugar su hijo al que tampoco quisieron los haitianos. Escapó con un avión, dicen que lleno de dólares americanos, aunque su moneda era propia y tenía un nombre haitiano. Es curioso que muchos años después, llamando a una puerta en la Costa Azul, donde decían que vivía una hija de Kasogui, me apareció, rodeado de perros, inmenso de fauces hambrientas, un personaje más encarado que respondía a retratos, pocos, de aquel que un día fue presidente en Haiti y del que después y hasta ahora nunca más se supo.

 

tico2

 

 

Pero accedo a mis papeles. Haiti. La bandera roja y azul. El escudo de las siete banderas al pie rendidas, la alta palmera de tronco largo y arriba, el cabello suelto, el gorro frigio de los franceses que tanto tiempo estuvieron aquí… El ancla no encontrada aunque sí la leyenda. Aquel calor húmedo, sofocante del Caribe. Las Antillas, la lluvia, la música siempre en la sangre. El maíz, el arroz, mucha pimienta en la salsa y el vudú. La cruz, mezclada por muchos ayudantes de la paz con nuestro idioma debido a aquel convento superviviente de monjas españolas, a los escasos misioneros, y ya entonces las ONG estaban sirviendo a toda aquella ciudad trepada en la colina de colores mágicos que no sobrevivían mas que de cuando en cuando a una lluvia torrencial en la ciudad de nombre indudable Santiago de los Caballeros, isla de leyendas de piratas.

No hay más que mirar el mapa, muy fuerte la raíz francesa, aquel fuerte en la montaña, la isla de la tortuga de la que no me pude traer nada, eso si, del puertito de la capital, Puerto Príncipe, me traje un par de cuadros baratos de ese naif haitiano que después se vende como arte africano. África está cerca, y más aún respecto a lo decorativo, sobre todo para las cosas del mar.

Recuerdo a aquella bailarina haitiana, bueno, hija de haitiano y cubana, una mezcla explosiva, que trabajaba en el Tropicana de la Habana y a la que llamaban “Fiebre”. Tenía las piernas muy largas, y decía que era descendiente directa de aquel que fue Rey haitiano, porque por tener tuvo hasta rey el lugar más pobre y más lindo quizá de toda la América en la que no se hablaba español.

– Gallego, tienes que ir a mi lugar de origen. Sé que te va a gustar porque hay mucha leyenda que contar y porque además, Haití es el lugar más pobre de América, pero es también el pueblo que más sabe aguantar en el mundo entero. Y después ven a contarme, si es que vuelves algún día.

No me importaría volver, sobre todo ahora mismo, niña Ruth, que así se llamaba la bailarina del Tropicana, pero ahora mismo no puedo. Y me gustaría hacerlo, hoy más que nunca. Porque pido, ruego y exijo, que de la forma que sea, ayudemos a ese lugar en el planeta tierra, donde la desgracia puede a la gracia de su tierra y de sus gentes.

Deja un comentario

Tu correo electrónico no será publicado.

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer