Geraldine Chaplin: tan fea pero tan bonita, tan mayor pero tan niña

Porque puede hacer, si es que quiere, todos los papeles. No en vano, es hija de dos leyendas, cosa que no es frecuente. Pero ella puede presumir de ello, más aún cuando acaba de cumplir los setenta y algo, y ha hecho ya hasta la fecha, y lo que le queda por hacer, casi ciento cincuenta películas.

Yo, que la entrevisté en dos ocasiones, una, cuando la llamaban la Gerarda y se movía en Cuenca del brazo de su amor, nuestro buen director de cine Saura, como si fuera su casa, aquel día que parece que fue ayer, en el mesón de las casas colgadas, cuando aún un servidor no había merecido aquel premio Cuenca de periodismo por aquel artículo que se llamó Cuenca Única.
Como única era también aquella niñita de rostro entre de ángel y diablo, que era hija de aquel hombre, mágico, único, también que fue su padre Charlie Chaplin, Charlot, al que le di la mano en el hotel Formentor de Mallorca, donde había llegado en compañía de su esposa, que además, y por si faltaba algo, era hija de O’Neil, el escritor fabuloso que mereció un Nobel de literatura.

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Fue hace muchísimos años, quizá cincuenta y cinco, más de medio siglo, y yo estaba con mi santa, recién casados, en aquel hotel legendario. Esperábamos nuestro primer hijo, que es hoy subdirector de ¡HOLA! y que se llama Tico Chao, y que escribe mejor, mucho mejor, que su padre. ¡Cómo pasa el tiempo!

Bueno, pues cuando Charlot nos vio, matrimonio tan joven y ya esperando un hijo, se acercó y tocó suavemente la blusa de rayas de mi esposa, con una sonrisa y un cierto aire chapliniano. También ella, Oona, tan flaca tan elegante, hizo lo mismo. Digo yo que quizá de ahí viene el talento y el talante de Tico hijo. Pocas veces lo cuento. Pero a ustedes debo contarles todo, o casi todo, para eso me aguantan tanto.

Luego fuimos los únicos que los vimos a los dos bañarse, a Oona y a Charlie, cómo se quitaban los albornoces blancos del hotel, y como él se echaba al agua y hacía como se ahogaba, como si estuviera haciendo un papel de película. Y gritaba desde el agua agitando los brazos, y decía “¡¡Oona, Ooooooooonaaaaa!!” ¡Y entonces ella se desprendía de su albornoz y se arrojaba al agua para salvarlo!

Como les cuento. Lástima de no tener a mano entonces una máquina de fotografía. Pero puedo contarlo, como tantas otras cosas que ahora van apareciendo fugazmente, como un selfie de esos en mi lejana memoria…

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Bueno, pues se lo conté a su hija Geraldine comiendo aquel día en Cuenca, aquel plato único, revuelto de tantas cosas…

Y la entrevisté no sé para donde entonces. Quizás esté en el archivo de ¡HOLA!, yo entonces hacía diaria, prensa, radio y televisión, aunque siempre me suspendían en la escuela oficial de periodismo… Más o menos, por la misma época.

Bueno, pues aquel primer encuentro de Cuenca fue necesario para saber que se trataba de un ser original, excepciónal, fabulosa, digna de la mayor admiración, estaba entonces muy enamorada de Carlos Saura, que la dirigió en la mejor serie, sin género de dudas, de películas de su vida. Por ejemplo, aquel Peppermint frappé, maravilloso, o aquella Mamá cumple cien años…etc, etc…

Hasta hoy que ya ha hecho ciento cincuenta películas, primero ganándose el sitio, como hija de quien era, después a costa de su propia manera de interpretar, haciendo siempre de mala malísima, cuando en verdad sé que es una mujer buena buenísima, ya con hijos, claro, ya con nietos, solidaria, buena gente, que hace la compra todos los días, que guisa tan ricamente, y que siempre que se enamoró, se enamoró de una vez, como ahora de ese cineasta chileno con el que ha venido a Valladolid, que por eso es actualidad hoy, a recibir la Espiga de Oro uno de los premios del cine más importantes de nuestra geografía y del mundo entero que hace cine.

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Ha dado las gracias en su español formidable, ganado a pulso, en esta tierra que durante mucho tiempo fue la suya, tanto es así que cuando le entregaron el premio en la hermosa capital castellana, dijo, sonriente con su sonrisa de niña, las arrugas de toda la vida en su rostro y aquellos ojos verdes que aún permanecen en su rostro personal, distinto:

– Hola, espiga, te estaba esperando.

Y se ganó una ovación, lógica, extraordinaria. Por eso está hoy aquí entre nosotros, porque a pesar de sus años, que los tiene, y de que hizo de todo, o de casi todo, en el cine hasta llegar hasta aquí, incluso con aquel, Goya formidable y merecido, ya les he dicho, estudió ballet, hizo de perversa, de bruja, de directora de institutos que daban miedo, de asesina, etc…

Lo cierto es que ha llegado sana y salva después de protagonista de las mayores catástrofes hasta aquí, donde sigue siendo la más buscada, esa institutriz que no hubiéramos querido tener nunca en nuestra niñez de colegio interno, esa campesina, maquiavélica, esa…

Incluso ella sabe que hacen papeles solo para que ella los interprete y los clasifique. No hace mucho, en Suiza, me mostraron la casa donde murió Chaplin, su padre, y recuerdo bien aquella casa en Hollywood, donde vivió cuando el Hollywood que siempre digo era Hollywood. Sé que escribe, claro, aunque no ejerza. Y esta en su propia biografía que trabajó junto a su padre en Candilejas, aunque he leído que el papel que hizo fue de su abuela. También se acaba de publicar que cuando tuvo la preciosa Espiga de Oro en sus manos en Valladolid hace unos días, aseguró emocionada:

– Espiga mía, no te merezco, lo sé, pero ya te tengo conmigo.

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Y a su vitrina de trofeos donde ya solo cabe uno más, este. Toda una vida desde que era niña haciendo cine, teatro, series de televisión, ¡aquella película ¿recuerdan? Del Doctor Zivago, memorable… aquella Cenicienta…

Absurda pero concreta, llena frente a la cámara siempre, de actitudes que solo ella es capaz de interpretar, verdadera, el arte en la masa de la sangre…
O sea, la Espiga de Oro, para cualquier surco de su rostro. De negro o de blanco, de entierro o de bautizo, tres veces grandes, como su padre, como su madre. Más diré. Como su hija, porque la saga, sigue. Tan mala, pero tan buena…

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