¡Feliz reencuentro, cantantes!

Porque una cosa es el encuentro, y otra cosa es el reencuentro. En el primero, el abrazo, en el segundo, que es más tarde, siempre prima, sobre todo, por encima de cualquier otro sentimiento la melancolía y la distancia.

¡Tanto tiempo, tanto, sin estar unos cerca de los otros, sin haberse olvidado de tantas cosas!

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Televisión española ha acertado a fondo. Y no solo a fondo, sino incluso en la forma. Con una cierta sencillez, no exenta de espectáculo, TVE que durante tanto tiempo fue mi casa, yo empecé con ella, o ella empezó conmigo, acaba de hacer diana con el programa Reencuentro,  que batió todas las marcas de audiencia. No saben cuánto me alegro, mis leales de todo el mundo, se encuentren donde se encuentren. Y la historia, el argumento, es bien simple. Un acierto de los grandes. Reunir, a la misma hora y en el mismo sitio, a todos aquellos que en su día fueron noticia cantando en las inolvidables noches de Eurovisión, de la música.

Todos, o casi todos. Y sus rostros, de hoy, muchos triunfadores, por no decir que en su mayoría, con su sonrisa de ayer, con sus lágrimas de hoy, con la emoción inolvidable de lo vivido, lo sufrido y en ocasiones también lo conseguido, lo triunfado.

Ayer tan jóvenes todos con la esperanza brillando, en el fondo de sus ojos, y hoy ya con su vida en alto, quizá en la música en la que empezaron, o de maestros de lo suyo, casi todos, por no decir todos, haciendo no cierta aquella frase “la nostalgia es un error”, porque en este caso concreto del que hoy escribimos, “la nostalgia es un amor”, que no es  igual, aunque suene lo mismo.

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Aquellas canciones de entonces, aquellos abrazos, de la época, aquellas luces, y también aquellas sombras de las noches del combate inolvidable. Incluso, aquellos amores, que parecieron resplandecientes, y que luego quedaron en eso, que no es poco, unas historias maravillosas. Las alfombras rojas, convertidas en alfombras rosas, los trajes casi de época hoy, dignos de museo, los bailes, las letras, las orquestas, los aplausos, las apuestas…

¡Tantos recuerdos en un escenario, tantos en un camerino, compartido, aquella oración escondida, la promesa, “si gano…”! Las privaciones, los sacrificios, que fueron muchos y necesarios, las esperanzas, las tristezas…

Como en una película, no de cuántas historias,  cuántos sueños, cuántas vueltas a la realidad… y sus músicas que nunca se fueron de nuestras memorias, al menos de la mía…

Ahora luchan por ser los primeros de aquellas y aquellos que fueron los primeros en su día. Es un combate aunque su arma fundamental sea la sonrisa. Cada uno apuesta por el suyo, aunque en esta ocasión, aquello de cada noche se ha convertido en un espectáculo musical de envergadura. Nos quedan más noches en La uno, y en las gentes de la calle, se ha vuelto a encender el escaparate mágico, de aquellas noches de la euro, inolvidables. Para mí, y en ello me comprometo, mucho más que por la geografía que nos une hay un rostro y un nombre, singular. Por lo que en su día consiguió, sin que nadie apostara por ella, y por lo que ha hecho, por mantenerse. Se llama Rosa, y es de Granada. Su historia es tan  fuerte como dramática, a veces, es eso que se llama las espinas de una rosa, que necesita de muchas para mantener el aroma, y el talle. Desconfía de las rosas que no tienen espinas, y ella ha ido arrancándose muchas, a veces con sangre en sus manos. Siempre recuerdo, que en alguno de mis pregones por La Alpujarra, ella era aquella niña gordita, telonera, siempre acompañada de su padre, que cantaba tan linda, escondida, esperando entre bambalina…

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Ella sabe que la quiero mucho, ella sabe, qué significa el esfuerzo constante, a veces la disciplina, mucha lágrima escondida, no afortunada en el amor, no lo va a tener todo, pero grande, grande, grande, cantando, cambiando estilos, valientemente atreviéndose con lo que le echen, en el gimnasio y en la plaza pública, en el teatro, y en la feria, esta Rosa, ahora de pelo a lo garçon que aunque no es una niña, enamora, encandila, marea, gusta. Llevo mucho tiempo sin darle un abrazo en carne y hueso, ahora más hueso que carne, pero no pierdo la esperanza de hacerlo algún día, donde ella quiera, cuando quiera, y aunque me acuesto temprano, a la hora que quiera —los demás, Bisbal, del que escribíamos el otro día, Chenoa, tan linda, Bustamante incluso, que me dicen hará un papel en una serie que para él se ha escrito… no digo más, por si me olvido algún nombre, dada mi ya falta de memoria… y la Rosa de Granada, que es la mía, que es la nuestra. Todos volverán a abrazarse. A cantar juntos, a  hacer un patio de columnas con sus voces formidables, Europa en una placeta, y la alegría de saber que todo un  pueblo, el nuestro, se reúna para escuchar, para oír, para sentir, lo que forma parte de la historia sentimental, musical, de ese viento que no se llevó el almanaque. Enhorabuena, por reunirnos de nuevo en un recuerdo tan grato como inolvidable.

Siempre un reencuentro es más que un encuentro. Insisto, es un hecho necesario, más que sal en la hería, más que hiel, miel para el oído, la vista y lo que siempre digo, la memoria, que no nos falte.

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