¡Felicidades y a sus órdenes, Capitán Trueno!

Desde siempre, desde que era un niño así de alto, me gustaron los tebeos. Formaban parte de mis sueños, creo que incluso alguna de mis noches de alta cama, ya en mi pueblo, ya en Granada, soñé con ser un protagonista de los tebeos de mi tiempo. Era posible hacerse con ellos. Claro que sí. Por lo pronto, estaban en el quiosco de la esquina, y uno era un niño que tenía derecho a soñar. Más o menos como ahora, lo que pasa es que ahora soy un niño de ochenta y dos años. Más niño que nunca.

Me gustaron primero aquellos Flechas y pelayos, de la época primaria, a poco de echar los dientes, estos que ahora con el tiempo ya me tiemblan. Me gustaban también mucho las aventuras del Caballero enmascarado, que era un tipo singular, especie de Trazan con un traje ajustado de neopreno y una máscara para que no se le pudiera conocer, iba siempre más o menos por la selva, siempre arreglando la vida de los desamparados, especie de Quijote del bosque, pero me parecía que no “podía ser verdad”. Luego, aquellos tebeos iniciáticos de Roberto Alcázar, el más fuerte, y Pedrín, el nene. Siempre la misma doble vida de aquellos que eran ni más ni menos, que los héroes de papel de don Quijote de la Mancha, que por fin un día pude leer del todo, a lo largo y a lo ancho de un verano, bajo una higuera mientras cantaban las chicharras del atardecer. Al fin y al cabo, aunque no se usaba el palabro, el caballero de la triste armadura y su ayudante también llamado Sancho, era un comic de gran impacto literario. Y pronto fue una orden de la clase de literatura que siempre me gusto tanto. Tanto.

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Cuando aparece el Capitán Trueno, que según ahora se cuenta fue en el cincuenta y seis, este que esto escribe tenía ya veintidós años, así que ya había firmado voluntario en el ejército, me había venido a Madrid, y ya estaba de uniforme todavía, empezaba a publicar cosas en mi periódico de Granada. Creo que ya acudía a la escuela de periodismo, en la calle Zurbano de la capitalidad al mismo tiempo, aunque siempre faltaba a clase.

A lo que voy. Es entonces cuando aparece aquel Capitán Trueno que hoy celebramos. Gran tipo, era en efecto de los tiempos del Medievo, siempre en lucha con el enemigo, entonces en aquel tiempo de las Cruzadas, de las que tanto se ha escrito, y más aún de lo que queda. Les descubriré, que empecé a comprarlo pronto, casi al mismo tiempo que me dieron el cargo de gran responsabilidad de pandereta con capa y cintas, de la tuna de la escuela oficial de periodismo de Madrid. No figurara como un dato ni histórico ni heroico en la hoja de ruta de mi vida.

Pero lo que sí recuerdo bien es que me compraba todas las semanas, todas como poco, el Capitán Trueno. Era cómodo de llevar entre los libros de la escuela y, perdónenme por la confesión, me lo leía en aquella última fila de la calle Zurbano de Madrid, en aquel blanco chalet donde conmigo o mejor yo con ellos, había tantas e importantes personas que luego fueron, son, grandes en la historia del periodismo. No doy nombres, porque la lista sería interminable.

Aquel capitán Trueno era formidable. Me gustaba su aire, su espada, su cota de malla, la cruz al pecho, las altas calzas de acero, aquella melena rizada, el mentón cuadrado, quizá como aquel de mi tiempo de niño también que era Juan Centella, personaje inolvidable que precedió en la gloria de la fuerza al mismísimo Schwarzenegger, gobernador de California, de cercano recuerdo.

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Aquel caballero, me refiero al capitán inolvidable, era puro, casto, honesto, luchador, por la justicia, incluso no tenía que esconderse como aquel otro, siempre como enlatado que era el otro héroe de aquellos días, el Guerrero del Antifaz, tan enviado, como inolvidable, al que ahora mismo, hoy día doce de octubre, el día además de las Fuerzas Amadas, recuerdo más que nunca.

El capitán Trueno, era cosa grande, digno de ser imitado. Eran los tiempos aquellos de la gran guerra de las religiones, que lo que es la vida ahora parece un tema de actualidad de cada día, si bien el papa Francisco, al que quiero tanto, ya tiene dicho y de forma bien fuerte y clara como habla siempre, “no pongáis a dios por testigo, en vuestra guerra”.

Y lleva razón. Lo que pasa es que aquellos tiempos medievales eran como era, aunque a veces, tantas, la historia se repita.

Luego junto al Robin Hood, aquel, estaba a su lado un buenazo como Goliath, que iba siempre dando mamporros, la lealtad consumada, y siempre con el hambre, o el hambre, que hay quien dice que es femenino, en su inmenso cuerpo. Por eso siempre que podía, el pobre gigante, una fuerza de la naturaleza, el Sancho de don Quijote en la vieja época, siempre que podía digo, se merendaba una hilera de pollos, que para si hubiera querido aquel Carpanta, mágico que siempre vivía bajo un puente y a veces se hacia un bocadillo con una bota rota, que al fin y al cabo tenia piel, como hacia nuestro grandísimo Charlot en sus películas en blanco y negro, ayer por cierto, me acorde de su hija Geraldine, flaca e inteligente, que a veces aparece en una vieja película de las que dan en la televisión.

Además, aquel comic, o mejor dicho aquella historieta, se contaba en blanco y negro y hoy vale un potosí hacerse con una colección encuadernada o suelta, por historietas en loa anticuarios de papel que los hay y muy buenos. En el barrio de Argüelles había una, más debajo de donde vivía mi novia, María Rosa, hoy mi mujer desde hace, pronto, sesenta años.

Se cambiaban tebeos, unos por otros. Y hasta en ocasiones se podía hacer negocio. Yo no vendí, ni trasladé ni uno, pero eso sí, mis hijos, mis nietos, ya han encontrado aquellas historias de papel en la tele, cómodamente y en color, por ejemplo ese, Juego de Tronos o ese Águila Roja de hoy, que no es más o menos que eso de ayer. Una versión de aquel Capitán Trueno que hoy nos ocupa el blog, en su visión del cumpleaños porque en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, ni más ni menos, hay una exposición que trata precisamente de eso, del cincuenta cumpleaños de aquel Capitán Trueno, que en la compañía de su ayudante, Crispín, apareció en nuestras jóvenes vidas.

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También estaba, que no puedo olvidarlo, aquella reina rubia, incluso en blanco y negro y después en color, más rubia todavía, que fue la Reina Sigrid, que vivía en un castillo encantado, más o menos, en un reino que me parece se llamaba Tule, o algo así,  precedente claro de ese Señor de los Anillos, porque todo está inventad está inventado, todo, mis leales, y por eso el Capitán Trueno, defensor de los más débiles, rayo demoledor de la fe, tiene hoy la actualidad de su lucha indomable, constante, en aquello que se llamaban los reinos de Taifas.

Tema siempre de actualidad. Las taifas son como los pequeños reinos en que estaba dividida nuestra vieja España. Les puedo decir, hoy, que celebramos de una forma emocionante que el Capitán Trueno, nació hace medio siglo, hijo del talento de dibujantes, y guionistas, luego vino el color, etc., etc… Hoy quizá nos haría mucha falta a su manera. Porque hace algunos años la monja aquella formidable, que era Sor Cristina de Arteaga y de la Cruz, la última “moja del imperio” como yo la llamé en alguno de mis libros, un día que habíamos salido de su convento de clausura, buscando un patio mudéjar, que iban a vender unos sevillanos del barrio de Santa Cruz, a unos japoneses que se lo iban a llevar ya entonces mosaico a mosaico, hasta Tokio, pagando lo que fuera, me confesó mientras caminábamos por el hermoso barrio de Triana, junto al rio Guadalquivir.

– Medina, hijo mío, no te olvides, que por ejemplo, nuestro país, sigue siendo eso, reinos de taifas.

Por eso, quizá, hoy recuerdo más que nunca la enorme actualidad aquella del honesto, fuerte, puro y duro Capitán Trueno.

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