De pronto, de nuevo, Catherine Deneuve, tan distante, tan distinta

Por largo que parezca el título de este domingo, no es suficiente, es imposible de reunir en unas pocas palabras la extraordinaria personalidad de esta dama francesa, noticia otra vez, de la noche a la mañana por estas muchas cuestiones. La primera, porque Catherine Deneuve es siempre noticia aunque la rodee el silencio. La segunda, porque acaba de merecer el premio Lumière de París, y ya saben, los hermanos Lumière son los inventores del cine. La tercera, porque está vendiendo -o estaba vendiendo- su castillo en la carretera de Normandía, por el que pide más de dos millones de euros, y que a estas alturas de la noticia no sé si lo habrá vendido. Es espléndido, y a veces ella se acercaba a pasar unos días de descanso y de memoria. Y la cuarta porque, de pronto, y bien programada me encontré con aquella espléndida película que se llama Indochina, y por la que estuvo a punto de merecer un Oscar.

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O sea Catherine, la mitad actualidad y la otra mitad memoria, porque me faltaba este punto final. Va a cumplir setenta y cuatro años reconocidos por ella misma, entre otras razones porque está en todas las enciclopedias del cine y hasta en los diccionarios de Francia, porque no en vano en su día fue, ni más ni menos, por su rostro de francesa total, incluso nacida en París, reconocida como la típica medalla de su nación, capital del mundo en tantas ocasiones.

Anoche estaba excepcional, fascinante en esa faceta suya que la hace inalcanzable, lejanísima por cercana que esté, que esa sensación da siempre y lo digo desde la cercanía, porque la entrevisté dos veces, una en París, en su magnífico apartamento. Yo le avalé en nuestra conversación que yo había hablado anteriormente con pesos pesados del cine, la música y el arte total francés. Por ejemplo, Maurice Chevalier, Charles Trenet, Josefine Baker, Edith Piaf, y por supuesto con Françoise Sagan aquella de Bonjour tristeza qué me llevó hasta su castillo, también de Normandía, a bordo de un coche inglés descapotable que conducía con los pies descalzos… etc, etc…

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En fin, que aunque después hice más, Alain Delon, Brigite Bartot, un par de veces, Juliette Greco… para qué seguir. Fue suficiente, se echó el pelo dorado -era entonces peluca-, y mirándome con una cierta fijeza, no distante de una mirada a lo mejor preocupación, como quien lo hace habitualmente y me dijo: “adelante”.

Y en correcto español, porque no hay que olvidar que una de las mejores películas de su larga vida del cine la hizo con Luis Buñuel, el españolísimo, con el que hizo Belle de jour, que fue el gran impacto de aquellos lejanos años. Ahí aprendió algo de nuestra lengua, la actriz de París, y así pues se hizo monumento de carne y hueso en esta tierra de tantos y tan buenos, especie de obelisco del séptimo arte de todos los tiempos. Sin embargo, es capaz de estar bien cerca, y no es difícil, por que incluso en su vida sentimental, a veces con grandes silencios, esta esfinge dorada tiene una hija que lleva el apellido Mastroianni, que indica a las claras que, aunque parezca que manda su corazón sobre su cabeza, como las dos cosas están juntas, ya lo saben, pues el amor con aquel galán italiano, fructifico, y tan orgullosa que lo dice, aunque tiene me cuentan otros hijos más.

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Pero ella, se mantiene así, en su soledad deseada, parece ser, haciendo ahora eso que se llama “colaboraciones especiales”. Emite, resplandor siempre, aunque esté sentada frente a ti, tan cerca pero tan lejos, siempre nominada al César, siempre tan cerca del Oscar, siempre candidata al oro, siendo el oro en sí. Bella de día, como el título de aquella película inolvidable, con nuestro aragonés de Calanda, al que conocí brevemente, ¡lo he contado tantas veces! En mis días de México, aquel día que me lo presentó Eulalio Ferrer en aquella tabernota llamada “El perro andaluz”, en la que… En fin, por no hacer más largo el retrato de esta mujer, misteriosa, astral, como un meteorito, elegante desprendido, de la vía láctea, enamorada a veces sin desearlo, o sea siempre, nunca retratada de trapillo, aunque solo una vez, casi desnuda fue sorprendida, y eternizada ante el asombro del mundo entero con aquellos pantis y las zapatillas de estar por casa… Pero siempre, ahí, estatuaria, aunque los que tienen la suerte de tenerla cerca sienten su corazón galopante, magnífica, “bella y gélida”, como la definió aquel director Roger Vadim que fue esposo de la BB- o sea más de cien películas según la larga lista de sus papeles, ojos magníficos, y termino, que ya es hora, otoño dentro del otoño, jugando a las palabras y nadie, una mujer tantas veces definida pero nunca conocida del todo, como Buñuel, cuando de ella fue y dijo esta frase triple, hermosa y demoledora: “Es fría como la nieve. Es bella como la muerte. Y es seductora como el pecado”. Mejor definición, imposible, para el mármol, y también para la memoria.

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