Burt Lancaster, aquellos ojos de acero

Le conocí en aquel que fue el hotel de cuando Almería era Hollywood. Fue en aquel gran hotel, donde tantas historias encontré y a tantas leyendas conocí personalmente.

Era Burt Lancaster, sí, aquel hermoso macho americano, que tanto había gustado a las mujeres de mi tiempo. Es curioso. Aquí le tienen, que este mes de octubre hace años de su nacimiento, justo un siglo, y unos años también de su muerte. Por eso este blog de hoy, con una enorme actualidad. La de mi memoria. Porque aquel grande, en el cine, en su propia vida, por tener ya tenía incluso el resplandor de una amistad, cercanísima, con el propio Marlon Brando, cuando ambos empezaban en el gran combate de la gloria, había llegado hasta el sur del sur en Almería, esa tierra tan cercana a la mía, tan querida además, para rodar una película. No recuerdo ahora mismo si era de soldados o de vaqueros, pero el hecho es que aquel personaje ya inmortal, estaba allí, en el hall del gran hotel, al comienzo, al final, quizá, de la calle Purchena, donde ya había visto a Claudia Cardinale, caminando, camino tal vez de la perfumería Briseis, donde se vendía el exclusivo perfume Tulipán Negro que hizo famosos en el mundo entero a los dos hermanos, que fueron tan amigos míos…

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O quizá, quién sabe si aquel que iba siempre a las últimas tabernas, era aquel mítico Lauren de Arabia… O…

Pero aquellos ojos tan cercanos, que no habían perdido su acero vital. Ya los había visto yo en algún sitio, y bien cerca.

Porque vamos a ver, ¿no era la misma mirada de aquel hombre de pueblo, ancho fuerte, llamado  José Serrano, al que años antes había yo entrevistado en el Café Puerto Rico, junto al mercado, que me había confesado que él era el hermano del actor Burt Lancaster, aunque vivía en un cortijo a las afueras de la ciudad con su mujer y sus hijos, y que me confesó sin bajar los ojos…

– Sí, señor. Yo soy hermano de Burt Lancaster, que no hay más que verme, y los dos somos hijos de un   hombre de esta tierra que se marchó por falta de trabajo, hasta Nueva York, de emigrante, y que allí se casó y tuvo varios hijos, y uno de ellos fue Burt Lancaster, que primero fue artista de cine…

Y me contó su historia. Servidor la contó primero en el diario Pueblo, y después fue por mí mismo  recogida en un libro que se tituló Almería Al Sol; y que ahora tiene, si es que lo encuentra me avisa, ¡MÁS DE SESENTA AÑOS!

Y parece que fue ayer. La historia de aquel hombre de campo dio la vuelta al mundo. Yo cuando tuve frente a mí al legendario actor, en el mismo sitio en Almería, no le dije ni palabra sobre el tema, la dama, bella, joven, que llevaba los temas publicitarios de la película me lo pidió, era americana de larga cabellera rubia:

– De ese tema, no quiere hablar el señor Lancaster.

Así que no le dije nada, pero sé que hizo por enterarse sobre el tema. Lo que sí es verdad es que está en mi librillo de entonces. Lo que sí puedo asegurarles, es que aquella mirada era la misma, aquella del actor legendario, que la del otro don José Serrano, que aguantaba la novela realidad.

Puedo asegurar a ustedes, que eran casi como dos gotas de agua. No hay novela más grande que la vida misma.

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Ahora, en el doble aniversario de su vida y de su muerte, si bien en dos años distintos, nos llega la buena nueva, de que “se quiere hacer una película de su vida”, puesto que su propia vida fue una historia para el cine. Burt según lo que es la propia novela oficial, nació en Manhattan, en el corazón de Nueva York, y ya nació de estatura considerable- cuando murió, ya sentado en una silla de ruedas y después de un  derrame cerebral, cuando se le paró el corazón de un infarto, ya no era el mismo. Decía que ya no era “más que una sombra de lo que fue”.

Cierto, pero una buena, muy buena sombra. Empezó de gimnasta, amaba el trapecio, tenía todas las cualidades para ser un gran rey de la pista. Pero se partió una mano, y se quedó varado en tierra, aunque atleta. Pronto se dieron cuenta de quién era aquel, de verdad, alto, fuerte, bello, que cuando sonreía  “parecía que apretaba un cuchillo entre los dientes”.

Hizo muchas películas, primero saltando, de balcón en balcón, como pirata en barco de vela, etc… Hasta que consiguió ser actor, solamente primero con su presencia, después con su arte. Porque llegó a ser, Oscar de cine, con su película El Fuego y la Palabra, después de aquella maravillosa escena en la playa de Aquí a la Eternidad, que yo recordé en su día junto a la Deborah Kerr, que vivía en Marbella, etc, etc…

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No quiero hacer más larga mi narración. Sí que fue rebelde, libertario, un gigante con corazón, no solo una hermosa fachada bajo los focos. Pasó de ser Míster Adrenalina, como le llamaron en alguna ocasión, lógicamente, a lo que fue, un actor múltiple, que siempre puso el corazón por delante, en su vida y en muerte. Se casó tres veces. Fue un resplandor en Hollywood, y siempre decía:

– Cierto, pero siempre me gustó la otra costa. No se olvide que he nacido en el corazón de la ciudad más importante del mundo…

¡Ay aquella película con Antonio! ¡Al final, era un héroe a su peluquín atado como Sinatra, que llego a tener veintidós distintos apliques de pelo para distraer de su verdadera cabellera.

¿Quién puede ser ahora el actor que encarne su papel en la película que se avecina?

No le va a ser fácil, y aquí lo dejo escrito, interpretar cabalmente, la apasionante historia de aquel hombre, quizá hijo de un emigrante español, como se dijo también y yo he defendido tanto, de Walt Disney, que dicen que vino al mundo en Mojacar, donde por tanto defender la leyenda… Hay una calle que lleva mi nombre.

Ay, si los contara… aunque estoy contando casi todo, en este blog que lleva mi nombre, y que ustedes leen, tan  generosamente.

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