Asturias, memoria querida

¡Cuántas veces, pero cuántas de verdad, habré cantado y no solo en Asturias, su himno, tan popular! Por ejemplo, aquel día lejano en el que al son de las gaitas, en Buenos Aires, lo canté de viva voz con los Reyes, hoy eméritos, de España Juan Carlos y Sofía.

Siempre me gusta hacerlo, por eso hoy, después de escucharlo, que es más que oírlo, en la entrega de los Premios Princesa de Asturias, no tengo otra cosa que memoria, y por eso titulo como titulo, a ver si abro el grifo de los recuerdos que como siempre son buenos, inolvidables, me salen de pronto para este blog nuestro de cada día, dános hoy…

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Como si orbayara sobre mi viejo corazón, porque ya saben ustedes que cuando orbaya en Asturias es como cuando llueve despacio, mansamente sobre la tierra y la mar asturiana, a la que tanto amo y he demostrado querer de por  vida.

Porque mi vida entera se mueve dentro de las tres “A” de mi nostalgia.

A de Andalucía. Claro, de donde vengo.

A de América donde tantas veces fui y donde dos veces volví a nacer, que bien recuerdo.

A de Asturias, y es natural, porque Asturias me dio mucho mas por mucho que yo le diera al Principado.

A ver si no. El día de la entrega de la medalla de Asturias, que la tengo y a mucha honra, y que me fue entregada en una sesión solemnísima, junto al cardenal de Toledo, entonces, F. Álvarez, y junto al entonces director de la Academia de la Lengua Española…

¡Cuántas veces que subí a Los Oscos, de hoy noticia, y que tanto han cambiado -a mejor- cuando por primera vez entrevisté al uno de los últimos cazadores de lobos que me regaló ese cráneo de marfil que hoy tengo entre mis libros.

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El día que me bautizaron pixueto, aunque también podía ser caizu, del barrio alto o del otro barrio de Cudillero, que ya debía ser, si es que no lo ha sido, pueblo ejemplar de Asturias.

El gallo bellísimo que me regaló el pintor Nicanor Piñole.

La cabeza de asturiana que un día me trajo el genio Álvaro Delgado, que había pintado en su casa de Olmeda de las fuentes que tanto me gusta cerca de Madrid, donde vivía.

Los cuadernos del mar, con mi mejor amigo de siempre, Juan Luis Álvarez del Busto, como mi hermano, aunque ahora nos separe la distancia.

Balbin, el gran maestro, en su casa sobre el mar más hermoso, y más bravo, sin duda, de la tierra.

Las mujeres enlutadas, asomadas a las ventanas de todos los pueblos de la orilla, esperando que algún día vuelvan aquellos que se fueron y que saben que nunca volverán.

La ermita de Santa Ana, donde un día pregoné mis vivencias marianas junto al friso impresionante de los exvotos, cada uno una historia fabulosa.

La tarde aquella en que me hicieron Vaquero de Honor de la Braña, y me vistieron con su uniforme…

¡Cuánta memoria, cuánto recuerdo, cuánta nostalgia en una sola página, en una sola lágrima!

La Nueva España, ese gran periódico en el que escribí tanto, tanto tiempo.

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Mari Paz Pondal en su casa de madera. Viendo pasar el tiempo, después de tanto tiempo en el cine.

El bastón que me regaló, trabajado por él mismo, aquel labrador de Pola de Lena, y que conservo para apoyar por lo menos mi nostalgia.

Cuando hablábamos en la plaza Mayor de Mieres, tan bella, entre los cristales.

Cuando bajé hasta el fondo de la mina, con el jaulón entonces de los mineros del carbón. Y escribí aquel verso, al canario, que era el primero que moría, el primer aviso de que la afixia estaba cerca.

La huella del oso en el camino más hermoso del mundo entre castañares.

Aunque los primeros fueron cuando mi madre me llevó hasta Asturias, poco menos que en brazos, siendo un niño, porque a mi padre, militar, allí lo destinaron, y aquí está la foto de mi padre, en la alta nieve de Pajares, con sus esquines, mirando al horizonte. Allí lo hirieron y tengo un cierto olor al cloroformo en aquel hospital de campaña… aunque mi madre siempre me contaba que un hombre bueno me subió a la esterilla de las maletas para que en aquel vagón de tercera pudiera dormir aquel niño moreno que venía desde tan lejos, en aquel largo viaje…

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Corín Tellado, que escribió cinco mil novelas de amor y que nunca fue feliz enamorada, abriéndome la puerta de su casa, bajo el pomeral de manzanas, confesándome.

– Quiero, buen amigo, que conozcas a mi amante secreto, el que me da la vida.

Y me mostró la máquina de diálisis para su riñón herido, que se la llevó al otro mundo en su alcoba.

¡Cuánta memoria de Asturias! Las botellas que echamos al mar tantas veces con mensaje dentro.

El faro alto del cabo fuerte, donde a veces el viento nos arrojaba…

El pintor Casaus, cuando me pintó de azul, de azul Cudillero, aquella percha antigua que compré en una tienda vieja de Oviedo, una de las ciudades con más personalidad de Europa, qué digo de Europa, del mundo entero.

Aquella niña en La Escandalera, o pasando por el parque, que quizá se llamara Leticia, entonces no con zeta.

La ermita donde hicieron reina a aquella princesa asturiana quizá descendiente de don Favila.

Los nombres, los sitios, el paisaje y el paisanaje, se me amontonan, a ver si los digo todos o casi todos…

Claro que sí, Graciano, que se firmaba en sus primeros artículos como el ya entonces viejo reportero que fui.

La fabada, naturalmente en tantos sitios, en cualquier taberna, y los acompañantes…

El pan de maíz recién hecho, la sidra aquella que me echó un día Sabino Fernández Campo, conde de Latores, el que más sabía del Rey y de la Reina, y que se llevó el secreto a la tierra…

La Roxa, con la que subía algún día, cuesta a cuesta, allí donde estaba la verdad del silencio de su marido muerto:

– La Roxa, es la rosa pero también es la roja por mi pelo, yo estoy mejor entre los muertos, que entre los vivos…

Siempre con una fresca flor de pato en las manos para la ofrenda. El maquetador del barco que me regaló uno del Juan Sebastián del Cano, donde después navegaría…

El San Pedro de la catedralina, donde tantas veces recé cuando ya casi no rezaba. El baluarte que aún recibo, impresionante, apasionante, que me sube el corazón a la boca.

Santiago el de Mariño, inolvidable. Cuatro sitios tuve en el pueblo, en el que nunca sin embargo pasé la noche, pero guardé mis cosas…

Mi amigo, mi compadre, Faustino Álvarez, escritor inmenso, fantástico reportero que me permitió hacer en su periódico, aquella serie inolvidable que se llamó Los Asturamericanos cuando trataba y a veces lo conseguía, encontrar los astures que hicieron América, misioneros, guerrilleros, empresarios, y aquel prohombre que luego editó las historias aquellas en un libro que regalaba a los que se subían en sus autobuses Alsa, Cosme, todavía vivo en sus hijos y en su obra…

Y además Faustino, mi compadre, al que yo le bauticé un hijo en aquella ermita románica del corazón de Castilla La Vieja…

¡Escribí tanto de Asturias! Tanto, tanto, tanto, que fui el primero en televisar en directo, para toda América, aquel primer discurso del que hoy tanto se habla, y se escribe, aquella noche entonces azul hoy carmesí, cuando el niño Felipe levantaba la vista siempre que se equivocaba. Muy pocas veces, la verdad sea dicha, con su voz rubia, a mirar a su madre doña Sofía, como diciéndole “sé que me perdonas”. La otra noche me gustó particularmente el momento en que Nuria Espert inclinó su cabeza sonriente ante doña Sofía, en su palco de emérita…

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Orbayan los recuerdos sobre mi vieja cabeza, rayada de cicatrices, del combate de la vida. Tengo frente a mí, los hórreos que me regalaron, algunos diplomas, cruces de Asturias. Sabores, olores, aquí está esa merluza dibujada, pintada por Manuel Linares, que me mantiene la vieja amistad de tantos años…

Cuando estaba escribiendo su vida con ese extraordinario asturiano, que además ejerce de asturiano, y que es Arturo Fernández, y que me hablaba de su madre, aquella mujer extraordinaria que en aquella sidrería de Gijón, ahora se dice los que lo dicen Xixón, con el acento bable antiquísimo, con las manos llenas de sabañones…

Se me olvidarán algunos nombres, algunos sitios, la noche de la angula, por ejemplo, El mesón del Pescador, que era como mi casa, el Pitu…

Estará Asturias, por más que pase, en mis días más hermosos, y más ahora que el tiempo reivindica su sitio en mis recuerdos. Ahí reluce entre mis cosas, l’amuravela de oro con la que un día me obsequiaron… ¡Cuántas veces habré dicho, y escrito y firmado, que “si me voy, que me iré, que después de la ceniza, me arrojen a la mar”! Quizá, quién sabe, cambie mi testamento oral, porque no en vano soy director de aquella hermandad que hicimos en aquel barco anclado en tierra donde vivía el mítico de la gorra azul, que fue antes de la mar, “de los náufragos y mareantes”. Que es lo que sigo siendo sobre todo superviviente de todas mis catástrofes…

Lo dicho, Asturias patria querida, Asturias de mis amores. Quién estuviera en Asturias, en todas las ocasiones…

Como ayer, como hoy, como mañana. Y que me perdonen los que no se encuentren aquí, donde debían estar, pero es mi mensaje, quizá final, dentro de la botella de mi memoria, que arrojo al mar bravío de la actualidad… que las xanas, las hadas del agua de los ojos transparentes, porque son tan bellas como generosas. ¡Ay, María de Covadonga, que estás entre mis medallas y mis estampas!

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