Aquella tarde en Marbella con la reina Geraldine de Albania

Había que decirle majestad, porque aunque solo fue reina un año, lo cierto es que hacía ya mucho tiempo que había dejado de ser reina. Aunque la verdad es que seguía siendo reina, porque las reinas, aunque sean desterradas, son reinas de por vida. Incluso después de la muerte. Y más aún si se trataba de una de las reinas -me gusta más llamarles reinas que monarcas- más bellas que han existido, a excepción de la nuestra doña Letizia, sin género de dudas, la más linda de las reinas de nuestro tiempo. Y no es por adularla porque, además, no soy monárquico.

Dicho lo cual, les diré que estos días, como ustedes saben, porque lo saben casi todo y me consta que es así, les actualizo el titular. Estos días se casó el heredero de trono de Albania, y se casó en Tirana, capital del antiguo reino, hoy republica, y a la boda asistió, como invitada de honor, nuestra reina emérita, doña Sofía, a la que tanto respeto, y admiro. Y ella lo abe.

Se casaba en Tirana, la capital albanesa, un nieto de aquella Geraldine, a la que yo tuve el gusto, y el honor, claro que sí, de conocer en aquel chalecito de la casi sierra azul, entre zorzales y buganvillas, a la que fue la mítica, legendaria, histórica, reina de Albania, aunque solo fuera por un año. La revolución la hizo huir, que menos mal que pudo escapar, eso sí, con  su pequeño hijo en brazos, que casi acababa de nacer, aquel personaje peregrino, aventurero, coleccionista de armas, que yo conocí de vendedor de pisos, y comprador también, en su chalet de Pozuelo, donde vivía eso sí, pregonando su dinastía, comprando y vendiendo todo lo que podía, y así se convirtió en un personaje discutido, más bien de la noche que del día, español.

Skeda-Ahmet-Zogu

Pero a quien recuerdo especialmente hoy es a su madre la Reina Geraldine que murió hace unos años, creo que en Tirana, donde había reinado tan poco tiempo. Su esposo fue aquel rey de nombre exótico llamado en el trono Zog I, que buscando una dama para llevarla al trono, encontró aquella niña de sangre noble, Duquesa, nacida en Italia, creo, y que además, tenía familia norteamericana, tanto es así que se llegó a decir, que tenía un  cierto parentesco con el mismo Ronald Reagan.

Lo que sí está en la histórica romántica de la época es que el rey Zog, se enamoró de una fotografía de las de entonces. Geraldine, era una chica de familia aristocrática, bellísima. No la había más guapa, la verdad sea dicha, o más que guapa, bella, que es otra cosa, en toda la extensión de la palabra. La llamaron también la reina efímera, porque estuvo solo un año en el trono, si bien le dio un hijo a la corona, el rey Leka, que no tuvo tiempo de reinar.

Aunque presumió siempre de eso, de ser el Rey Leka I, heredero de la vieja monarquía destronada, de la corona de la cabeza de cabra, una joya única, con la que se casó la reina, también llamada efímera, que fue Geraldine.

Debo decir que me ayudó mucho a que pudiera conocerla, estará en las memorias de ¡HOLA!, el conde Perlac, mi viejo amigo de toda la vida que además era entonces director del hotel don Pepe, de la capital de la Costa del Sol, aquella Marbella, que debíamos luchar, todos, sobre todo los que la conocimos en su mejor momento, una de las geografías más brillantes del planeta tierra.

Perlac me ayudó mucho, las cosas como son, y la entrevista se publicó en ¡HOLA!, como Dios manda. Y fue una entrevista para mí inolvidable. Aquella dama, tenía el raro resplandor de una belleza aún no extinta, de una clase fascinante, y era desde luego merecedora del “Majestad”, aunque solo fuera por su especial elegancia y sencillez. No llevaba encima ninguna otra joya que la de la memoria y la sonrisa. Hablamos mucho rato y puedo decir que abajo espejeaba aquel mar, de hoy, uno de los mares más guapos del mundo.

Y ella, tranquila, con sus manos pálidas en el regazo, respondiendo a mis preguntas. Hablaba nuestra vieja lengua. Tomamos un té con limón, de su pequeñísimo limonar, total unos árboles en el jardín contiguo, y ella me hablo de su país, el pueblo donde reinó, y del que tuvo que escapar una noche dramática, camino de Grecia, que recogió su exilio. A veces se la veía por Marbella, a veces incluso por Torremolinos, por aquel hotel, El Pez Espada, que inauguramos un día, y en el que Alfonso Fierro, padre de la dinastía, nos regaló aquella caja de fósforos con las cabezas de oro, a los que estuvimos en el bautizo. Bien que lo recuerdo.

Geraldine, su majestad, la reina doña Geraldine, era entonces la albanesa más famosa de su tiempo. Aún no había aparecido en el mundo de la solidaridad Santa Teresa  de Calcuta, si no habríamos hablado de ella, sin duda. Doña Geraldine, hace tantos años, era invitada a todas las grandes fiestas de la época pero creo que no acudía a casi ninguna. En su casa pasó algunos años, viendo desde lejos, desde arriba, lo que abajo iba ocurriendo, el crecer de aquel milagro al que siempre reivindico.

Luego, un día, se nos fue del sur de España, y apareció por Sudáfrica, donde se había refugiado su hijo el rey Leka, recuerdo lo último que me dijo la reina albana, también llamada la reina efímera.

“¿Ha  conocido usted a mi hijo, el príncipe Leka? Hoy no ha podido estar aquí porque creo que ha ido a cazar con un vecino muy popular, por cierto, en el cine, Stewart Granger, que tiene una bonita casa llena de trofeos, aquí cerca…”

Natural. Le conocí más tarde, le conté lo de su madre la Reina, y le aseguré que se trataba de la dama con los más bellos ojos que había conocido en mi vida.

Y era cierto sin género de dudas.

boda-nieto

Después ella inició una larga peregrinación por el mundo entero. Poco a poco, vendiendo, según dicen las historias, los bienes de la corona. Pero siempre, siempre, estuvo sentada en ese trono que la nostalgia y la clase otorgan. Vivió también en Sudáfrica, donde se había ido a vivir su hijo,  después de aquella larga aventura del avión que se  sacó de España. Y después, moriría, en el año dos mil dos, ya dentro de este siglo, en Tirana con un cierto reconocimiento. El rey Zog, su esposo, también murió en el exilio. Hace unos días, se casó el hijo del hijo de la Reina Geraldine, en Tirana, la capital de Albania, donde se le ha reconocido, eso sí, su sangre dinástica y la de su familia. La boda ha sido dentro de lo que es el protocolo de las familias reales, popular, y de alguna forma humilde. Albania es un país muy hermoso, pero no está para ese tipo de ceremonias. Y en ella, como siempre, ha sido comentada y aplaudida la presencia de la reina emérita doña Sofía de España. Me han contado que la acompañó su eterna compañera, la infanta Irene de Grecia, que es como su sombra, como su buena sombra. España quedó por lo tanto en un muy buen lugar.

Tenía que contarles por actualizar aquella tarde en la Marbella de los exiliados de lro. Allí conversé en su día con  Deborah Kerr, y también, por dar solo dos nombres, al maestro Arturo Rubinstein, que me interpretó Granada de Agustin Lara, entre un rumor de fuente y de pájaros. Inolvidable. Y gracias a mi memoria, que aun vive conmigo, aunque sea para entretenerles a ustedes, mis leales imprescindibles.

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