Adiós al “grandioso” retrato humano del rey casi divino

Aquel día, yo iba y venía por el mundo, porque era ni más ni menos que enviado especial, cuando pude, por fin, acercarme a Tailandia, capital Bangkok, hace no sé cuántos años, que tengo uno de mis pasaportes, con el sello del lejano país de Ana y el rey de Siam, ¿recuerdan aquella película?

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Pero no lo encuentro a mano, a ver si tengo tiempo, total, que pude entrar. No era fácil entonces, en aquel país de los elefantes, mítico, entonces más lejano que hoy, a ver si podía escribir una serie de reportajes que publiqué en su momento. Mi vida esta, insisto, en las hemerotecas. Era entonces, ya el rey del nombre difícil, al que no se podía mirar a la cara, de tan divino, Bhuanibol Adulyadej, y al que si deseabas verle, a solas, te decían que imposible. Le rodeaba un difícil protocolo, el más duro del planeta, que le hacía prácticamente inaccesible, imposible.

No solo no se le podía preguntar, concedió muy pocas entrevistas a lo largo de su larguísima vida, ochenta y ocho años, setenta sentado en el trono de oro de su dinastía, sino que ni verle de cerca cara a cara.

El pueblo tailandés, pese a su cercanía lejana, le adoraba, y la prueba es que forma parte de su liturgia. Ha sobrevivido el soberano, a no sé cuántas revueltas militares que además no tenían en su doctrina la de acabar con su rey. Y así siguen.  Hoy, Tailandia, y esa es una prueba contrastable, continúa, aún después de su muerte instalado en la reverencia de su país y de su gente.

Casi invisible, aunque vivo a lo largo de más de medio siglo, el Rey de las gafas claras y la sonrisa benévola, ha muerto después de un largo año de cuidados directos en el mejor hospital de Bangkok, una de las ciudades más misteriosas, modernas, luminosas… la mejor noche del mundo, sin duda, de Oriente. Ha muerto el rey Casidivino, de alzhéimer. Lo había olvidado todo, incluso quién era, y su pueblo le llora desconsoladamente.

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Está de luto Tailandia, de donde me traje aquellos metros de seda, india, por cierto, para que mi esposa se hiciera un sari, y un elefante con espejitos, precioso, para mi colección, que ya voy repartiendo a mis hijos, incluso a mis nietos, que mi nieta Lola se lo ha llevado a Austin, hasta el lejano Texas, donde estará más o menos un año, tan lejos de su abuelo, que la adora. Espero que lo lea en la distancia.

Pero también regresé con la  dolorosa sensación que solo había podido verlo en la lejanía, junto a otros cientos, quizá miles, de adorantes, en aquel palacio donde vivió tanto tiempo. Pero le vi, y su resplandor también, y su sonrisa, y la belleza entonces de su esposa “la más dulce reina del planeta”, madre, además, del hijo del monarca intocable, que quizá pronto sea, quizá ya, el nuevo rey de Tailandia. Eso sí, se ha casado el heredero tres veces, y ha sido noticia en muchas ocasiones por razones no de palacio.

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Vive su vida, parecer ser, a su manera. No obstante, a pesar de sus sesenta y tres años todo parece indicar que será el heredero de la corona, magnífica, de su padre. Su padre, que nació sin embargo lejos, en Cambridge, vivió mucho tiempo fuera, y al final, regreso a su pueblo como rey. Dicen que era uno de los  soberanos más ricos del planeta. Según Forbes, que de esto lo sabe todo, o casi todo. Lo que si se conoce es que sin embargo en su vida era, al otro lado de los altos muros, un hombre de gustos sencillos al que le encantaba cultivar, eso sí, las mejores orquídeas del mundo.

Sí que les puedo asegurar que desde que se hace la revista ¡HOLA! en Tailandia, es una publicación habitual y de costumbre. Hace algunos años que fue nombrado el grandioso, y no se sabe si su hijo Maha, heredará el calificativo que mereció su antecesor, al que hoy llora su pueblo entero. Su hijo, que estudió en un colegio de monjes budistas, y que es también piloto militar de helicópteros, se sentará en ese que es llamado el trono del elefante de oro. Cuando se conoció la noticia de su fallecimiento, el portavoz imperial pronunció llorando las siguientes palabras:

“Nuestro rey ha muerto. ¡Viva el rey!”

Un grito tradicional en las más viejas monarquías del mundo entero, aún quedan. No le va a ser fácil al heredero heredar todo lo que fue posible en su padre. Era una persona apartada pero bondadosa. Una de las pocas fotos que de él se publicaron fue una de niño, sentado en los brazos de su madre, y otra ya muy actual con aquel elegante smoking, dicen que de El Corte Inglés, en el curso de una fiesta en el palacio de Christaladra de donde muy pocas veces salía. En el sitio hay un personaje curioso, que ha merecido mucha noticia. Ese perro de casa llamado Foo Foo, que mereció en su día, incluso, ser llamado mariscal. El rey que se fue leía mucho en todas las lenguas, era culto, y un experto sobre todo en ciencias políticas.

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Descanse en la paz de su honrosa tumba, el que fue el rey que duró más años en la historia de las monarquías que son aún por el mundo. Por lo que cuentan, no vivía del tesoro nacional, sino de su propia y personal inmensa fortuna. Ya su hijo tiene un hijo, que ha dejado de ser niño. La dinastía está asegurada.

También tengo en la memoria aquella bellísima reina del rostro dulce, la Sirikit, a la que llamamos en su tiempo, la más bella de la tierra, con las manos juntas por la punta de los dedos, a la altura de la sonrisa, pronunciando la hermosa palabra aquella que a veces hemos usado en nuestros viajes por el mundo, como aquel día, en su huerto de Nueva Delhi saludábamos a Indira Gandi. Namasté…

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