¡Viva santa teresa de Calcuta!

La verdad es que, aquí entre nosotros, por pocos que seamos, que somos muchos, o bastantes, que no he podido dormir esta noche pasada y no por el calor, que también, ni por cómo estamos en general entre tanta incertidumbre, aparte de que los viejos dormimos poco aunque seguimos soñando mucho, menos mal que por lo menos de esa libertad disfrutamos. Bueno, aunque he escrito mucho estos días sobre el otoño del dieciséis que no llega del todo, sobre la viejita de azul y blanco que conmovió a todo el mundo, lo cierto es que ayer, domingo, fue su gran día y en el corazón de la cristiandad, que es esa plaza de Roma, en la que uno ha estado más de una vez para cumplir con su misión informativa.

Y como la plaza de Roma, y muchos sitios más, es esta cita con ustedes de cada día, pues me he dicho: ¿Pero cómo no voy a decir lo que siento en tal día como hoy, lunes, si ayer fue domingo y estaba de descanso? Bueno, de descanso…

Y no tenía respuesta, así que de pronto he llamado a mis sufridas niñas blogueras que tanto me aguantan, y les he dicho: Lo de hoy para mañana, que no corre prisa, y hoy volvemos con la Madre Teresa de Calcuta.

Aunque se haya hecho antes, que no hay más que repasar lo publicado en el tiempo que llevamos unidos, lo cierto es que esta mañana del lunes día cinco, está ya en el santoral santa Teresa de Calcuta, lo que indica que estrenamos nombre en lo que todos los días leo por si es cuestión de felicitar a alguien. Así que hoy, aunque sea un relato corto de ayer mismo, aquella mujer de azul y blanco encorvada de tanto llevar la cruz del dolor y del amor, de tantas criaturas desheredadas de todo, los más pobres de los pobres, los que ni sitio tienen, los que no son nadie, los parias, todos, aquí me tienen; gracias por lo que ayer pasé y sentí, y gracias, Papa Francisco, que me hiciste volver a llorar, que hacía tiempo que no lo hacía. “Aunque ya era santa desde siempre, hoy hacemos santa, a sor Teresa, la monja de Calcuta…”

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Me gustó, no saben cuánto, que estuviera por parte de España, aparte de los muchísimos españoles que había, el que nos representara alguien a quien conocí personalmente y que además la sigue ayudando como puede, nuestra reina madre, doña Sofía, de la que tengo, que no todo el mundo tiene, una carta escrita de su puño y letra agradeciéndonos, cuando nadie agradece nada, un premio que lleva mi nombre a la solidaridad, desde la Andalucía, que es mi tierra de nacimiento y quizá pronto si me dejan será también la tierra de mi adiós, donde he decidido que aventen las cenizas del cigarrillo ya quemado de mi vieja vida…

Bueno, pues que me emocionó ver a doña Sofía bajo su paraguas blanco, haciéndose aire con un abaniquito, quizá de papel, quizá de nácar. Depende, porque la reina, que no es fácil, sabe manejar el abanico, cosa que es una ciencia y un arte al mismo tiempo. Gracias majestad.

Y colgando de la puerta de la basílica, a lo ancho, a lo largo, el estandarte de aquella a la que un día conocí personalmente, y que acompañé mientras depositaba a los agonizantes, a los moribundos, a los casi muertos, su mano huesuda y grande para darles “la medicina que nadie les dio a lo largo de toda su vida: la comprensión en directo, una brizna de amor, que no era otra cosa, que la inyección en vena de la última esperanza”.

Y como si no lo digo, si no lo escribo, ya no sé vivir, aquí está: la Madre Teresa de Calcuta en el día en que ya es santa después de la proclamación del Papa Paco, perdone su Santidad, y cuando ya la puedo poner en mi mesilla de los santos, tan escasa de estampas, incluso algunos ya lo son, y donde además, y ese es el secreto, ya estaba la monja albanesa, que un día dijo en el convento en el que estaba:

– Me perdonan, sores, pero me voy a la calle, donde tengo que estar ayudando a los que más lo necesitan, que para rezar ya estáis vosotras.

Y se fue sin dar un portazo. Y se buscó un techo de uralita y compañeras de oficio, y empezó a buscar pan y caricia para los que nada tenían, pero primero masticar, después rezar.

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Y estaba mirándome con sus ojos enrojecidos, sus enormes ojeras, su sonrisa de guerrera de la solidaridad, su cabeza oculta bajo el manto impecable, si acaso con las manchas del vomito o la sangre de los demás. Así, que aquí la tengo para siempre con la alegría de saber que sus misioneras de la caridad están también en España, a ver si me entero dónde viven y tengo cerca su dirección y su noticia.

El papa le dio de comer a mil quinientos que lo necesitaban. Mi quinientos uno, contando conmigo, que anoche que cené algo de fruta como siempre, lo hice pensando en esa larga mesa del compromiso, donde les dieron pizza a los necesitados más cercanos. Y miles de miles de gentes de todo el mundo en la celebración. Y una reina, la nuestra, que la conoció, la reina madre digo, y habló con ella y tuvo la enorme suerte de besarla en las dos mejillas varias veces y con enorme alegría y respeto.

Así que he cumplido con lo que mi corazón me pide, pero he compartido también con mi cabeza. Como siempre últimamente. “Siempre le diremos, ha dicho el Papa, Madre Teresa y no santa Teresa”. Aquí estoy, retrasando lo de hoy a mañana, aunque mañana siga siendo el día de la mujer que murió del corazón de tanto darlo. Aquella a la que llamaron la divina de las cloacas, y a la que yo llevo rezando tanto tiempo, tanto tiempo… ¡Cómo pasa el tiempo, mis leales!

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