¡Viva Cartagena…! De Indias

Como todo el mundo sabe, el “¡viva Cartagena!” de refrán forma parte de la cercana historia de España. Pero no es a nuestra Cartagena a la que me refiero, que podría, que es una ciudad mediterránea, musical, preciosa, españolísima, culta.

De ahí es nuestro académico y reportero Pérez Reverte, mi viejo amigo que pronto va a sacar una, por ahora, última novela, en fin, lo que les quiero decir, es que hoy por hoy me refiero a la ciudad colombiana de Cartagena de Indias, que es una verdadera joya en sí, tal vez la ciudad más hermosa del mundo, que además es noticia, y a escala planetaria, porque como todo el mundo sabe ya, se está firmando estos días el acuerdo, por fin, de la paz en el país colombiano, entre el gobierno y las guerrillas, también llamadas las FARC, las Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas, después de una larguísima batalla entre las dos partes que ha dejado un saldo de cientos de miles de muertos y no sé cuantos desaparecidos…

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En fin, que hoy, y entre hoy y mañana o en estos días de la semana, se firmará lo que luego habrá de confirmar en una votación popular, toda Colombia. Es una hermosa noticia para el mundo entero, ¡ay, si yo les contara del tema! Pero lo importante es que además, el rey emérito de España, don Juan Carlos, está en la ciudad azul de Sudamérica representando a nuestro pueblo y a nuestro Rey.

Pero yo quiero hablarle de Cartagena de Indias, donde he vivido, durante muchos días, a base de viajes constantes y siempre deseados, porque ser enviado especial en Cartagena de Indias es como ir al cielo de cronista. Al menos para mí, que soy eso que se llama un amante de este punto de la tierra, único, sin género de dudas.

Busco mi cuaderno de notas. A ver qué dice. Por lo pronto alguna vez he sido invitado de forma comprometida, alguna vez por razón de muy especiales sucesos, otras acompañando a los Reyes, otras más difíciles aún, como ha sido el de ser jurado del mas difícil de los compromisos el mundo. Del jurado de la Belleza Femenina, del que habría de salir la representante de Colombia para Miss Mundo. Cuestión nada fácil, porque de por sí, que diría mi amigo el gitano, resulta que las colombianas son muy bellas, bellísimas, y porque del cultivo de esa belleza desde que nacen, se hace tan difícil el elegir a la que es más guapa, más bonita de todas.

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Y además, en ese concurso el pueblo de Colombia siente como propio el de su criatura especial, que al concurso más difícil de la belleza del planeta, y hace de este reinado, ni más ni menos que una cuestión de Estado, como les digo. Tanto es así que cuando un miembro del jurado, como yo en ese caso, ha sido invitado a tan difícil evento -¡qué palabra tan fea!- como jurado, a la puerta de tu habitación de hotel se coloca un guardia oficial, que se encarga de que no recibas otra visita en los días que dura el concurso que la de los empleados del hotel. Sí señor. Como les digo. Además, menos mal que en la última vez yo ya había comido sopa de tortuga y carne de manatí, o sirena de mar, en un lugar que me recomendó Gabriel García Márquez, y del que no puedo dar su nombre, porque es un delito hacerlo. Los dos animales protegidos, aunque se hace poco caso del nombramiento.

También he conocido las islas del Rosario, 28 islas de coral, pero algunas vívidas, un paraíso flotante, en el que, por ejemplo, hice una crónica que decía “el hombre que da de comer a los tiburones no es manco”, que ya de por sí lo dice casi todo.

También visité la escultura monumental de la India que enamoró a un capitán del descubrimiento español, me retraté en la rotonda donde está el monumento al vagabundo, que es unas botas de charol rotas y con la suela como bota abierta, y visité la estatua del llamado “tres veces”, que la que corresponde al gran español no siempre recordado, Blas de Lezo, que era cojo, manco y tuerto, por eso lo de las tres, y las tres heridas en combate por España, a veces con los piratas que en Cartagena encontraban asilo, y también contra los nativos que siempre se opusieron bravamente al invasor, en este caso España.

Leyendas, cuentos, la plaza de España tan pequeña y tan bella, escoltada por altas palmeras, la del Océano, roja, de Gabriel que no llegó a usarla mucho, el estudio del pintor Obregón, catalán universal que me regaló aquel cuadro con el pez salvaje y que tenía cerrados los miradores al mar, de tanta luz como le inundaba; la iglesia de San Pedro el catalán, los soportales de la muralla donde me hice con aquel barco velero hecho por los habitantes habituales de las cárceles cartageneras, las mujeres de Palenque con sus cestos de frutas en la cabeza mientras sus esposos esperaban en sus hamacas a que regresaran de su oficio de vendedoras ambulantes con los bolsillos llenos de dólares americanos.

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Calor, enorme calor, ardiente calor húmedo de esas playas, algunos españoles sueltos de biografías formidables, aquel día que fuimos con la Infanta Cristina a la inauguración de la Casa de España… En el escudo de la tierra hay una palmera, y a su sombra una cartagenera, con un pájaro en la mano al fondo, el azul del mar… los viejos cañones, los violentos colores, ese azul, ese rosa, ese rojo, ese amarillo, el barrio antiguo en carreta, inolvidable, “esa es la casa donde vivió Bolívar” en su último romance, los coches descubiertos que te llevan hasta Sierra Nevada, donde está aquella mecedora del Padre de la Patria que estaba hecha con madera de los olivos de Córdoba…

El hotel Convento. El patio donde se escribió, en parte, la historia de El Amor en los años del Cólera… Los cañones antiguos, los muros enormes, húmedos, las garzas en el paisaje, los candores en la moneda, el ron con lo que sea, los vendedores de esmeraldas de Muzo, a veces con una gota de sangre dentro de los mineros, la música del vallenato a tope, la taberna de la queimada donde Marlon Brando estuvo a punto cuando rodaba una película de quedarse para siempre… Como yo, como cualquiera que quiera disfrutar de los cinco sentidos, juntos, a la misma hora y en el mismo sitio. Los vendedores de todo, pero de todo, todo, en la mitad de la calle, la cerveza especial que te convertía en espacial inmediatamente…

Esos son algunos de los datos de mi vieja agenda, no me importaría volver por más calor que hiciera. Llueve a veces con rabia y de entre las plantas enormes, emerge un vapor de caldera de barco de pirata… a ver qué dice aquí al final de este cuadernillo que repaso…

“¡Qué sitio para vivir! ¡Qué sitio para convivir! Incluso, ¡qué sitio para morir! Y que el mar sea tu meta. Allí donde habitan los tiburones, y pasan camino del paridero, las ballenas, las últimas ballenas del océano.”

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