Otoño del 16

Suena a título de película o de novela de los setenta de Juan Marsé, pero no, no es así, es una verdad meteorológica de verdad. Lo dice el almanaque que todo lo cuenta, que todo lo sabe, que no avisa de forma impecable, e implacable, una verdad eterna.

Con frecuencia, en algún taxi, y no solo de Madrid, su conductor, de forma amable siempre eso sí y de cabello blanco por lo general, me pregunta después de mirarme por el espejo interior, hasta que oye mi voz desagradablemente inconfundible a través de la radio donde de hecho empecé en esto que estamos, lo de contar historias. Y a lo que voy, el amable paisano del asiento delantero se atreve a preguntarme:

– Qué es de usted señor Medina, que no le veo hace tiempo en la tele como antes…

1

Yo le respondo que sigo en la brecha, porque hago todas las semanas una cita con Canal Sur y mi maestro Juan y Medio en el programa Aquí y ahora, para hablar de la Casa Real, que no en vano conozco a nuestro joven rey desde que le hice aquella primera entrevista en el diario ABC cuando acababa de llegar al colegio de Rosales, hay foto, y donde por cierto creo que van la Princesa de Asturias y su hermana la Infanta de España.

– Ah. Sí… – reconoce el taxista, que no me ve aunque sus padres eran de Jaén, etc. etc. Y así hasta que se decide a formularme la siguiente:

– Es una pena, señor Medina, porque me hubiera gustado mucho preguntarle por el tiempo que hará este otoño.

Inmediatamente le saco de dudas:

– Yo soy en realidad el Medina de la tele, pero no el del tiempo precisamente. Yo me llamo Tico, y el hombre del tiempo era don Mariano, que en paz descanse.

Como les cuento. El tiempo cambia mucho no solo las cosas, sino las caras. Pero lo que sí es verdad es que aquel Mariano Medina y después, cuando él se nos fue, su hermano Fernando Medina fueron dos hombres del tiempo, formidables únicos porque no había otras cadenas. Yo personalmente al que tuve más años cerca fue a don Mariano, que a veces llegaba, vivía en Toledo, tan apretado que solo le maquillaban la mano que había de moverse sobre el mapa. Algún día escribiré ese libro de los principios que llamaría quizá Lo que el vídeo se llevó, ya veremos si me decido y puedo llegar a tiempo.

Siempre me gustaba que dijera lo de “¡ha llegado el otoño!”, cuando era joven y fuerte. Ahora las mujeres del tiempo, de largas piernas siempre, de la tele, no tienen que avisarme de que “ya está aquí el otoño, hoy veintiuno de setiembre”, no me lo tienen que descubrir, no, mis huesos me han avisado, me vienen avisando desde hace unos días. Lo cuentan desde el mismo día en que cambia el tiempo. Las rodillas, la cadera, los tobillos, el hueso que mueve la cabeza, las costillas, todas, los nudillos de las manos con las que apunto esta crónica…

Y fuera, pues, el juego de trinos, de los pájaros si los hay, en este tiempo de ciudades ya sin pájaros, algunas hojas amarillas que caen de los viejos plátanos de indias. Otoñea, insisto, y de verdad. Se sacan de los armarios todavía, y más ahora con la crisis, los trajes, los vestidos que fueron del año pasado por estas fechas, se arreglan las cortinas desprendidas, las casas están mas vacías porque es tiempo de mochilas, y los niños y niñas van al cole, a la escuela, los parques tienen ese aire un poco mas dorado, los poetas tratan de abrir nuevos cuadernos de rayas azules para escribir los versos guardados en el corazón o en la cabeza incluso. Del verano se toman las nuevas iniciativas de cara, y de cruz, también de la nueva estación que acaba de empezar: se baja la bicicleta del trastero si es que se tienen las dos cosas, para hacer ejercicio sin salir de casa….

3

En fin, otoño nuevo, tiempo nuevo. Este año se lleva, dicen, que las mujeres vayan a la calle y al trabajo con la cara lavada, o mejor, dicho, con la cara lavá, con acento en la a, que es más andaluz, una moda que viene de Hollywood y que ya ha pregonado en su admirable programa rosa del mediodía de la 1 nuestra Anne Igartiburu, que está más guapa que nunca con y sin maquillaje, y más aún después de parir su hijo.

Y los políticos han levantado su voz, y los twitters no paran, y las urnas abren su boca afilada, y el rey cada día tiene más arrugas en la frente, seña de sus problemas con el país porque la cara es el espejo del alma, aunque un día y para ¡HOLA! la Rosellini hija del director de cine y de Ingrid Bergman, que vino a Madrid para hacer promoción de una marca de perfume precisamente, me confesó lo contrario: “la cara no es el espejo del alma…”

Pensamientos del otoño siguen sueltos por la calle, los tristes perros vagabundos abandonados por sus dueños, malditos sean, para irse de vacaciones por ahí sin saber que hay asilos para perros en verano igual que los hay para personas… Y el otoño es así. Este viene seco, dicen los que de isobaras saben. Van a veranear los tristes viejos, que esperan al otoño que se vacían los hoteles para poder ver el mar desde una fría habitación de la costa.

2

Tiempo de otoño. También en mi propia vida. Me acabo de operar del ojo izquierdo, cataratas ya saben, de viejo, pero de viejo con cataratas. Y ahora veo azul brillante con el izquierdo, recién operado y en unos días lo harán con mi ojo derecho, que aun sigue viendo de color ambarino, como es habitual. “¡Para lo que hay que ver…!”, decía este anciano, cuando me hablaron de ir al quirófano. Pero ahora he rectificado, yo que he conocido las cataratas el Niágara, las de Marilyn Monroe y las de Iguazú, en aquel viaje con los reyes hasta Paraguay… Ahora que veo todo más claro, menos en la política que no se decide a destejer la tela de araña, me digo: “Merece la pena ver más”. Claro que sí, aunque tenga que estar mi santa descolgando las gotas de la post y la anti, no sé cuántas por días por no sé cuántas semanas.

Pero al final, diré como el viejo Goethe, el filósofo melenudo, que exclamó un día: “¡LUZ MÁS LUZ!”. Aunque la historia cuenta que después de ver aquel resplandor, aquel sabio expiró, con acento en la o.

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