Los paralímpicos son dos veces olímpicos

Los veo con gusto, con pasión, con ganas, como quien aprende. Por que estos paralímpicos de estos días de Brasil, los que vienen después de los grandes triunfadores, son para mí, y no creo equivocarme, más olímpicos, con perdón, que los grandes ganadores de hace unos días.

Por una razón fundamental y muy fácil de entender. Porque trabajan, luchan, sobreviven, en dos olimpiadas. Porque ya de por sí su vida, su propia vida, es una olimpiada por la vida misma. Por estar ahí, solo por vivir, incluso. De ahí que sin un asomo de piedad, que aunque la haya no quiero tenerla, lo cierto es que cada día a cada hora, viéndolos, los siento, y me enseñan mucho. Muchísimo.

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Da gloria verlos. Los siento respirar, correr, veo las aletas de la nariz de los que no ven, pero que ven más que nadie, como en aquellos retratos que hice en la revista Perfiles, de la ONCE, hace muchos años, que se llamó Con los ojos del alma. Ni siquiera tengo sus nombres, tampoco de los otros, los inmortales, pero les veo con el corazón encogido, como el corazón de Santa Teresa de Ávila en aquella iglesia de su tierra en Alba de Tormes.

Es un corazón, el mío, con su imperdible de titanio incluso, que con ellos, con vosotros, los de la silla de ruedas, los de las piernas de acero, ganáis las mejores, las más duras de las medallas de cinco aros de las olimpiadas. Se usan para vosotros otras palabras distintas, los discapacitados, los faltos de algo… pero cuando os veo navegar en el agua como tritones, damas de ojos preciosos, muchas de ellas casi niñas, por primera vez en ese coliseo de titanes, donde sois más guerreras, más completas, más físicamente fuertes que los otros que antes compitieron.

No debían ser cinco vuestros aros, sino seis por lo menos, como poco. La olimpiada de la vida, con el triunfo diario, a cada hora, en la competición, en el deporte que no es poco del día a día, lo que digo, a bote pronto dos veces olímpicos. Ya de por sí la vida, y mucho más la vuestra, es un concurso de supervivencia, un esfuerzo posiblemente imposible, algo que tenéis que hacer en el pan vuestro de cada día. Aguantando, sobresaliendo o simplemente eso, conviviendo. Estos últimos días del verano del dieciséis, estos últimos días que tanto agotan, porque aún agostan, aunque dicen que mañana refresca, ¡sois un libro abierto para mí, que mis dolores me duelen tanto! ¡Cuánto aprendo de los que saltan sin ver, los que corren con lazarillo, siempre deseando escapar! Esa Teresa, que está siendo nuestra gloria con vosotros.

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La risa, más que la sonrisa, que es dos veces la risa, ese empujón en un momento dado, esa primera bailarina que el día de la inauguración de los Juegos, bellísima, fue denominada, bailando mejor que nadie, la Beyoncé de las piernas de acero. Los que saltan la pértiga, los ciclistas de ojos dormidos, los que tienen que tantear casi con la respiración, ese lanzador, que ayer mismo vi, de disco que acariciaba el aire…

Aquí, en esta competición, no debían existir los metales, o si acaso inventar uno nuevo, hecho de meteorito, lo que en ocasiones se dejan caer desde las alturas, que vale más que el oro, que la plata, que el bronce, los hermanos del gran universo. Cinco aros en la bandera, sí, sois los verdaderos campeones del mundo en todo. Volveréis, seréis recibidos, os aplaudirán por la calle, haréis incluso hasta anuncios publicitarios, y yo diré que sois de verdad los señores de los anillos de nuestra historia. Corriendo, saltando, nadando, lanzando, porque vuestra forma de ser y de estar diaria, ya es una competición formidable, durísima, sencillamente para pareceros a los demás, que tienen más posibilidades que vosotras, que vosotros.

Por eso, aquí en este blog que solo se ocupa generalmente de los campeones de la vida, de la olimpiada del éxito, de lo que es la doctrina del triunfo y sus esclavos, vosotros, desde la pasión, sin para nada la compasión, me estáis llenando de alegría, de éxito, de gloria.

Gracias, paralímpicos, que desfilasteis con belleza, con alegría, con juventud… Me gustó mucho que un paralímpico de mi tierra, de Granada, fuera el portador de la bandera en el desfile inicial, que casi no pude aplaudir, yo también soy paralímpico como vosotros, por eso que se llaman a los viejos huesos rotos, imposibles; pero me metí en vuestros equipos, en vuestros cuerpos, en vuestras ayudas metálicas, con las cabezas tan altas, ¡qué grandes sois, españolitos! De segunda, ¡¿de segunda qué!? Con acento en la e. Nada de nada. Gracias, porque cuando acabe esa olimpiada de Brasil, vosotros seguiréis compitiendo en la otra, la de cada día, la de cada hora, la de cada instante donde revalidáis, desde que llegáis al mundo, un esfuerzo, un compromiso, una inmensidad de vida diaria.

No sé cuántas medallas llevaréis hoy, y si la que va en piragua tiene dormidas las rodillas desde que vino al mundo, no lo sé, pero lo que si sé, es que mientras os veo, insisto, aprendo. Y el himno emocionante en el pódium, ese pódium en el que a veces algunos campeones de los vuestros ni subir pueden siguiera, es para mí, un remedio para esta migraña de España que siempre me acompaña, sobre todo en este tiempo que vivimos. Dejadme que juegue a las palabras, en este blog hoy sin nombres. Paraolímpicos, de verdad, vosotros, que estáis de por vida compitiendo… y aunque a veces no os deis cuenta… ¡ganandoooooooooo!

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