Evita

No hay otra Evita, sin necesidad de apellido, que Evita Perón, aquella mujer que murió de cáncer de matriz en Buenos Aires aquel 26 de julio del cincuenta y dos que muchos de ustedes ni habían nacido. Esa Evita legendaria a la que yo sin conocer personalmente conocí tanto, incluso amé tanto, y de la que tanto supe, que forma parte de los recuerdos indelebles de mi propia vida.
Fue Evita una mujer de trepidante pasado que soñó con ser artista de variedades y terminó siendo una antorcha de la libertad en aquel tiempo para no solo su país de origen, Argentina, sino mucho más, todo el continente americano, más aún yo diría, que la luminosa líder de todos los descamisados del mundo entero. Los que nada tenían y a cuyo corazón de acero, a su forma, a su modo, a su manera, pero eso sí, siempre, aún en aquella última aparición en el balcón de la Casa Rosada, que yo conozco, la casa presidencial, y levantando sus débiles brazos hacia el cielo, lloró por su pueblo.

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Sí debo decir que la vi una vez, en carne y hueso, más hueso que carne, cuando vino a España. Bajó hasta Granada, Argentina entonces enviaba con frecuencia a nuestro país barcos llenos de trigo para ayudarnos en nuestra hambre, nuestra necesidad de la posguerra, cuando estábamos solos frente al mundo sin terminar de enterrar a nuestros muertos en aquella guerra que más que civil fue incivil, como siempre he escrito.

Fue en el balcón aquel ojival, arabesco, del hotel Alhambra de Granada, joya del turismo español sin duda, la segunda Alhambra para muchos, respetando las distancias.
Allí estaba aquella tarde, saludando al pueblo agradecido que la aplaudía, y entre ellos yo, más o menos con catorce o quince años.
Pálida, transparente, ya habitada por el mal que la iba matando, la esposa del jefe del Estado argentino, el general Juan Domingo Perón, resplandecía envuelta en sus pieles carísimas, moviendo sus alhajas maravillosas. La recuerdo perfectamente. Permanece en mi memoria como una foto indeleble e inolvidable. Yo, que ya escribía pero no publicaba, solo versos, que Dios sabe dónde estarán, aquella noche en la soledad de mi cuarto en la alta cama de hierro de mi casa de la calle Moral de la Magdalena, escribí algo sobre ella. Hoy puedo recordarlo con emoción y una cierta tristeza.

Pero se nos murió Evita y fue paseada por las calles de Buenos Aires, en olor de santidad. Quisieron hacerla santa. Quizá lo mereció en su época más que muchos santos, pero ya lo dice el refrán, “doctores tiene la Iglesia”.

0416 16 agosto 1952

Y de pronto su cadáver, momificado por un sabio español, el doctor Ara, que también había conservado para siempre al mítico padrecito Lenin, incluso yo llegué a ver la momia rusa en su urna de cristal en la Plaza Roja de Moscú mientras caía una nieve espesa y fría…

Pero ocurrió lo no esperado. El cadáver de pronto desapareció y nunca, o hasta dentro de mucho tiempo, nunca más se supo de él. Había fotos de ella de perfil, preciosa, mágica, envuelta en un traje blanco que además le había confeccionado una modista española, Tana Pallud, que vivía en la calle Serrano y que murió trágicamente.

“¿Dónde está el cadáver de Eva Perón?” se preguntaba el mundo entero. ¿Por qué, de pronto, había desaparecido de la escena? Se decía que los militares en el poder se la habían llevado no sé dónde, que la ocultaban para que no se echara el pueblo a la calle a rezar ante la que fue “su diosa”, su madre más querida. Y más o menos fue así. Les hago rápida la novela, porque una novela es sin duda, y porque además de esto se han hecho películas, series, tangos, obras de teatro, musicales…

0414 2 agosto 1952

El cadáver de Evita desapareció, y yo recibí el encargo para mi diario Pueblo de encontrar todas las claves de dónde estaba. Todas me las dio, me las ofreció, en presencia del periodista, mi director del diario Pueblo, Emilio Romero. Está en la hemeroteca. Como casi toda mi vida.

El general Juan Domingo Perón, en el exilio ya de España, me mostró el mapa de la trágica desaparición de su esposa. Quería que yo, en Pueblo, era entonces enviado especial, contara lo que de la desaparición supiera, para que así en el congreso de Argentina se moviera el caso. Estuvo a punto de costarme la vida. Otra vez más.

El cadáver salió un día de una base naval de Buenos Aires, en el equipaje diplomático especial de un marino de guerra con base en el extranjero. Concretamente en Roma. Era el cardenal diplomático de Roma en Buenos Aires, aquel que luego sería el papa Juan XXIII, el párroco del mundo. Ayudó mucho con su gestión y su silencio posterior, a que aquella primera parte de la historia se pudiera escribir sin sangre.

Evita fue enterrada con nombre supuesto en un cementerio que había cerca de Milán, en Italia. Y ahí se quedó, no quiero alargar más la historia de la que ya se ha escrito mucho, tal vez demasiado. Y ahí estuvo hasta que cuando volvió a Buenos Aires, ya su marido de nuevo en el poder, la hizo traer con toda la solemnidad del mundo. Evita fue entonces guardada en el Cementerio de la Chacarita donde la gente, en el corazón de Buenos Aires, iba a rezar a Gardel, el ídolo máximo del mar de plata.

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Dejó en el camino mucha letra escrita. Fue para mí una serie formidable. La pregunta de dónde está el cadáver de Eva Perón. Cumplió su objetivo. En una ocasión, yo tuve que escapar desde Buenos Aires al mar de la plata, huido, con mis botas inglesas quemadas en una manifestación peronista y anduve encerrado un tiempo, frente al mar donde estaba el monumento a Alfonsina Storni, aquella que murió de amor, una poeta formidable, sencillamente caminando mar adentro… andando hacia el adiós.
El general Perón se casó de nuevo con una mujer de la que hasta entonces nada se sabía. Dicen que la conoció en un club de noche de Panamá y que se enamoró de ella, quizá tenia un cierto aire físico a Evita: rubia, ojos hermosos… Pero sin el mensaje popular de Evita Duarte, que nació en las Tablas y que trabajó en la radio Primera, junto a un español que había llegado escapando de la guerra y que se llamaba Miguel de Molina… el de los ojos verdes, ¿recuerdan?

Lo que es la historia, tras la muerte del líder Perón, Isabel, la nueva esposa del general, subió hasta el balcón presidencial pero no a su lado, sino como presidenta de un país en turbulencia. Usaron el diminutivo, pero no era Evita. No quería saberlo, pero se la llamó Isabelita. Yo la conocí personalmente cuando ya era esposa del general Perón y, además, expresidenta. Fui con ellos más de una vez al mercado, al Corte Inglés, acudí con ellos a más de una fiesta de Pueblo… En fin, yo de alguna manera había “desenterrado a Evita”.

Hace unos días mi esposa encontró en una peluquería del barrio de Chamberí a una dama, de edad mayor, acompañada por una mujer que la ayudaba, que se veía claramente que la cuidaba. Mi esposa, que había hablado con ella en alguna ocasión, recordaba siempre lo que ella le había aconsejado cuando era recién expresidenta.

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– Usted, a una cierta edad como la nuestra, no se olvide de este consejo: no se ría nunca, ni sonría siquiera, para que no se le hagan más profundas las arrugas de la cara.

A veces se la veía por la calle Serrano, la historia es asombrosa, no hay novela más grande que la vida misma. La misma modista que hizo el sudario de Evita, hizo el traje de novia de Isabelita, siempre en la discreta compañía de algún guardaespaldas. Se quedó a vivir en Madrid, en un chalecito de clase media. A veces en la Iglesia. Siempre con su pañuelo de seda al cuello. No da un escándalo, pero se sabe quién es. Cuando mi mujer le dijo quién era, ella sonrió con un cierto aire de tristeza, o más bien nostalgia.

– Oh sí, Tico Medina…

Lo demás ya se sabe. Paloma San Basilio, que hizo el inolvidable “No llores por mí Argentina”, en el que se cuenta la vida patética y a la par gloriosa de aquella mujer, que lo que hubiera deseado era, lo sé, cantar como doña Concha Piquer…

Formará esta historia parte de ese libro que nunca escribo, mis blogueras y blogueros. Pero sí mantiene mi memoria su recuerdo. Ahora dicen que el maestro Azpilicueta, un grande de la música y el teatro, quiere volver a poner en escena esa pieza inolvidable. Me atrevería a decir que, en silencio, una ama pequeñita, elegante, encorvada por el peso de los años y las vivencias, acudirá a ver la ópera musical que se va a estrenar por lo visto ya mismo en España. Éxito seguro. No es difícil que la acompañe, como hace a veces, un personaje al que yo respeto mucho, Octavio Aceves, el sabio que conoce el secreto de los seres humanos con solo mirarle a los ojos.

Y yo, a veces, cuando paso por esa casa del barrio elegante donde en su día estuvo, durante tanto tiempo, el cuerpo sin vida de aquella mujer única, que murió en la misma edad de Cristo. Argentina no la olvida, forma parte de su vida. Y de su muerte.

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