‘El puma’, herido

¡Cuántas veces hemos hablado, José Luis Rodríguez, ‘El puma’, y yo, por esos mundos del crepúsculo! ¡Cuántas! Sobre todo por América donde el cantaba y yo iba cerca, para contarlo. Porque ¡HOLA! estuvo siempre junto a él, cerca de él, en los buenos y en los malos momentos también. Hoy, la noticia, que viene acompañada de un estremecedor documento gráfico, dice que el cantante venezolano, acaba de actuar después de un largo silencio en un lugar de Bogotá, sentado en una silla de ruedas, con el aparato de aire oxigenado cerca, a su vera, y las venas transparentes que te permiten respirar dentro de su nariz. Tiene el pelo blanco, muy blanco, y acaba de cumplir setenta y siete años.

COSTA RICA - CONCIERTO - JOSE LUIS RODRIGUEZ

Nació en Maracaibo, y pronto, muy pronto, empezó a cantar lo suyo, lo de su tierra, luego con su voz a la vez melódica y poderosa, para el bolero, para el joropo, para la opera, hizo lo que le pedía su cuerpo y su voz. Cantar, y cantar bien. Era además, lo sigue siendo todavía, guapo, alto, fuerte, con un largo cabello entre de indio, y tatuador de entonces. Y sobre todo de lo que doy fe, buena, buenísima gente. Le conocí, ya en lo alto de su primera carrera, cuando era ya un ídolo, un héroe, en las series de la televisión americana. La primera vez que cantó en España, yo estaba allí. Era una persona, a-rre-ba-ta-do-ra. En el escenario no tenía igual, como un pavo real, que es lo que cantaba, pero de manera triunfal, siempre. Relampagueaba su sonrisa blanca, cuando aun no había como ahora esa operación conejo que solo blanquea dos dientes, los delanteros, de los presentadores de televisión.

Pronto me di cuenta de que era, de verdad, un fuera de serie. Aquí en la televisión gustaba mucho, en los lugares donde actuaba agotaba las existencias. A las mujeres les fascinaba. Vendía discos como nadie, protagonizaba series, históricas o histéricas, como pocos. Habría hecho sin duda un gran papel interpretando al mítico Simón Bolívar de su historia, ahora más que nunca de gran actualidad.

Viajé con él en acto de servicio por casi toda América, hice, creo, sus memorias. Era más profundo de lo que parecía. Tuvo una vida sentimental no atormentada. Pronto su esposa, tan linda, sus hijas, hicieron también como él televisión. Bailaba, cantaba, interpretaba, pero sobre todo, bien que recuerdo, aquel día en la cubierta de aquel barco en el que navegábamos por el Caribe, me sorprendió desayunando arepas, que tanto le gustaban, a él, y a mí, claro.

– Te descubriré un secreto, aquí entre nosotros. Verás, a mí lo que me gustaría de verdad es ser, eso que se llama misionero, creo que el mundo sobre todo lo que necesita es ayuda, solidaridad, y amor…

– Ya lo haces, cantando lo que cantes, Puma.

– Pues más, y de verdad, y como el que quiere pregonar la verdad de Dios.

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Y lo hizo en cuanto pudo, recuerdo siempre la misma palabra, recuerdo aquella tarde en la plaza de toros, la más alta del mundo por cierto, donde los toreros deben torear con una botella de oxígeno cerca, a más de dos mil metros de altura, le recuerdo cantando como siempre, sus inolvidables canciones, mientras sonaban las campanas de las iglesias más bellas de la tierra en Quito, y el aire más limpio, y de pronto, me miró desde arriba, donde cantaba, y fue y dijo:

– Y ahora les haré lo que de verdad quiero decirles. Mi verdadera música. La canción que guardo. Les quiero hablar de la hermandad entre los pueblos, que no haya barreras entre los pobres y los ricos…

Y pronunció un hermoso, vibrante, insólito, sermón al aire libre, en el aire más transparente de la tierra, tal vez lo más cerca del cielo que haya estado en toda mi vida…

Querido José Luis Rodríguez ‘El puma’, que si hubieras querido habrías podido ser, ni más ni menos, que por lo menos gobernador de tu estado, tan rico en petróleo, aunque su mejor petróleo es el oro oscuro de su voz… que sé que ya eres abuelo, vale, y que te echamos mucho de menos por España. Pero no quiero que vengas así, como has cantado en Bogotá donde me consta que te adoran.

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Me acuerdo mucho de ti, y además ahora que ya llegan los fríos, me voy a poner aquel anorak azul marino que me regalaste a bordo de aquel crucero en el que navegamos juntos, y en el que además, sin querer, fui tu confesor. Gracias por el cielo que me diste siempre, mi viejo amigo, sigue siendo el gallo de tu corral, y déjame recordarte siempre junto a tu bonita esposa, tus niños, en aquella terraza bellísima de tu ático en Miami, viendo saltar los delfines, y volar los alcatraces… ¡qué tiempos Puma, qué tiempos! Sabes lo que te digo, que yo soy un viejo lobo, también herido, que aúlla como tú cantas, a pesar de todo, a pesar de tanto, porque si no lo hacemos… ¿qué sería de nosotros?

El puma herido, sí, pero aún en libertad, no en jaula.

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