El día que entrevisté al príncipe Yusúpov, asesino de Rasputín

Los periódicos de hoy cuentan que se están subastando los que fueron aquellos tesoros del príncipe de la familia del zar Yusúpov, que, entre otros datos importantes de su vida apasionante, fue protagonista de una de las historias más sorprendentes de la historia contemporánea.

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– Sí, yo participé en la muerte de Rasputín, aquel monje diabólico que estaba hipnotizando a la zarina de Rusia. Mi acto está escrito no solo en la leyenda de mi pueblo, el ruso, sino también en su propio futuro. Hicimos lo que teníamos que hacer, y mi mano no tembló al hacerlo. Queríamos salvar a nuestra patria, la gran Rusia.

Así me lo dijo a mí personalmente, aquel príncipe, flaco, ligeramente femenino, en el hall del hotel Ritz de Barcelona, donde acudí desde Madrid para entrevistarlo. Se había publicado la noticia de su llegada y me dieron el permiso para que fuera a charlar con él, si se dejaba. Y lo hizo. Al fin y al cabo venía de promoción, hace medio siglo, para una conferencia que iba a dar sobre su acto sin duda histórico.

– Y conmigo, un grupo pequeño no ya de conspiradores, sino de amigos de Rusia, que deseábamos salvar a la zarina de la influencia de aquel monje loco.

Sin duda, así fue. Rasputín fue uno de los personajes más siniestros de la historia rusa y de aquel tiempo. Rasputín había llegado desde la lejana Siberia, era muy alto, de barba bíblica y voz profunda, aureolado de una especie de resplandor de sanador, porque la zarina desesperada tenía el gran deseo maternal de salvar a su hijo de la leucemia. Tenía cáncer de sangre y no había forma de curarlo. Rasputín, por lo visto, la ayudó a sentirse mejor, si bien no del todo. Y tanto hizo por el heredero que luego moriría junto a toda su familia, como cuenta la historia, ya que la zarina dio cobijo al fraile siniestro en el propio palacio imperial. Tanto es así que hasta le dio una alcoba muy cerca de la suya. Lo que sí es cierto es que fue tanto el mal que hizo, no solo a la zarina sino a la corte, al propio pueblo de la gran Rusia, que un grupo de personas cercanas a la familia del zar se juramentaron para acabar con aquel hombre de poder infinito. Uno de ellos era Yusúpov, príncipe casado con una sobrina directa del propio zar Nicolás.

Y era aquel hombre que yo tenía cerca de mí, sentado elegantemente en un sillón del final de ese hall del Ritz de Barcelona, ¡ay, si hablara! Y me habló. Se llamaba Félix Yusúpov y su esposa era la bonita princesa Irina Romanova.

Yo fui el primero en disparar contra Rasputín, luego todos hicieron lo mismo. Fue en el 1916. Le di un tiro en el pecho, a quemarropa, cuando iba a saludarle. Lo demás ya está contado. Cayó por las escaleras cubierto de sangre, pero no moría del todo, era muy fuerte. Era casi un gigante. Después de rematarlo en el suelo lo echamos al río Volga, pero no se hundía y desde el agua agitaba los brazos. Por fin rescataron su cuerpo, Rusia respiró, pero poco después llego la revolución, y los bolcheviques nos expulsaron de nuestra tierra. Viajamos por todo el mundo, hasta que, por fin, recalamos en París mi esposa, la princesa Irina, y yo.

Félix Yusúpov murió poco después de aquella entrevista. En París. Después fue publicado un libro de memorias que yo compré. Ahí se cuenta todo con pelos y señales. Su esposa Irina murió poco más tarde.

Ahora salen a subasta en París muchos de los objetos, ya muy pocos la verdad, que rodearon la vida de aquel personaje misterioso y formidable desde el punto de vista de la leyenda. Por lo visto ya no hay muchas cosas de valor. Las fueron vendiendo los miembros de su familia poco a poco, para sobrevivir a lo largo de los años. De haber adquirido algo en la subasta, si es que está, me habría gustado hacerme con la pistola con la que derribó al inmenso icono de la barba larga, la mano inmensa, el pelo partido en dos, la sotana abrochada a un lado, el izquierdo, del cuello hasta el zapato. “Solo quedan de los príncipes Yusúpov algunos despojos y piezas sin demasiado valor”. A un príncipe ruso de la dinastía le compré en un mercadillo de París, un huevo lacado en plata, discutible, de su colección. Los que pudieron escapar de aquella Rusia de los zares, fueron viviendo poco a poco de lo que se trajeron en sus escasos baúles de la huida.

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El recuerdo de aquel personaje entre elegante y misterioso, de voz finísima, hoy se pone en pie entre otras historias del tiempo que vivimos y que son muchas. Y de entre todas las cosas que me contó, publicado todo en el diario Pueblo de entonces con aquella entrevista inolvidable a Raquel Meller, me quedo con el momento en que me contó que uno de los salones de su palacio en Moscú se llamó ‘de la Alhambra’ porque quiso que se pareciera de alguna manera a una de las salas de uno de los palacios de Boabdil, de mi ciudad. Por eso apreté aún más mi mano en la mañana de la despedida.

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