Cuando en Guinea me llamaban ‘Massa Medina’

Acabo de ver en los nuevos envíos de mi aparato de internet, la película Palmeras en la Nieve, que no tuve la suerte de disfrutar en su estreno en España hace pocos meses. Me gustaba el nombre, me apasionaba el tema, y además, ya venía siguiendo la trayectoria fulgurante de la novelista Luz Gabán, una gran escritora del norte de Huesca, del pirineo aquel del que yo escribí con aquella portada del pintor Beulas para la Caja Aragonesa, y que se llamó así: Crónica del Pirineo Aragonés, y del que me siento muy orgulloso. Mucho.

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Pero lo que no sabía este viejo cronista viajero es que Benasque, una bella ciudad, bellísima, iba a dar, además de una gran alcaldesa, una estupenda novelista como es Luz, autora además de otros grandes libros, de esta película que sin género de dudas ha despertado en tropel mi memoria.

Porque el periódico Pueblo me envió a contar aquellos días que cuenta Luz, terribles sin duda, del nacimiento de la república de Guinea, que tiene una palmera, creo, en su escudo y su bandera. Fue allí, hace ya tantos años cuando yo escribí aquella serie de crónicas de la que era nuestra colonia, de Guinea Ecuatorial. Aquella serie que se llamó El Ocaso del Salakof que, miren por donde, es de alguna forma la escena final de la cinta, muy bien hecha, en la que están despiertos y bien contados los días del adiós de España de la lejana geografía donde, durante muchos años, ondeó la bandera de España.

He buscado los periódicos, que es donde está mi vida entera, sin fortuna, como siempre, pero he encontrado mi bloc de notas de aquellos días inolvidables. África siempre tuvo para mí una fuerza irresistible, yo mirando al mapa del sur de España, estoy bien cerca. Así que he tenido la suerte de hacerme con las notas sueltas de aquellos días, de la Guinea que quiso emanciparse de España y lo hizo, si bien con mucha sangre y sufrimiento. Como todas las colonias, aquellas de esa África extraordinaria, que es la historia de un esclavo sentado en un oro verdadero.

Esto es, a golpes, a saltos, lo que dicen mis libretillas:

Guinea ecuatorial. El ocaso del Salakof.

Que es ese sombrero redondo, entre casco y palmero, que caracteriza al jefe de la compañía del café, la yuca, el plátano, desde luego, etc etc…

Donde me decían massa, que quiere decir en el idioma de casi todo el pueblo africano, “el que manda, el que dirige, el jefe, generalmente venido de fuera, blanco”.

Cacao. El instinto. El instante.

Las negritas de dientes blancos. Los blancos de alma negra. No todos. El agua blanca del coco. La isla de Fernando Po, donde habitan los bubis, más pequeños que los del continente, la Guinea más ancha, y más profunda.

El primer sonido, impresionante. El del elefante abatido, entre la niebla del bosque Fang, sin verlo, después sí, al caer por la fuerza brutal del disparo del cazador, español, militar. Tengo su nombre, claro que sí, pero no voy a darlo. Y el ruido del gran paquidermo al caer sobre las hojas húmedas de la mañana.

Los hijos del amor. Muchos. Otros no de tanto amor. Los cruzados, del color del café con leche- los últimos blancos, aquel escultor de Barcelona que se quedó en su estudio haciendo estatuas de ébano. ¿Dónde estará aquella mujer guineana que me traje en el ultimo avión en el que, como quien dice, escapábamos el fotógrafo y yo?

El gorila blanco que se llevaron al zoo de Barcelona para estudiarlo, y que yo vi en casi libertad en la casa de su descubridor, no de su cazador. Nigeria, demasiado cerca. La hermosa playa Corintia.

El amuleto guardado, los misioneros de la sotana blanca. Aquel viejo castellano que en Valladolid de los Bimbiles se ocupaba de dar esperanza a los leprosos. Y el niño aquel, hermoso, de ojos muy abiertos, con la llaga en la frente que me dijo “¿qué pasa, que quiere usted hacerse una foto besándome en la cara para ofrecerla a España como un gesto de valentía?”

Lo recordaré siempre. El machete del obrero negro. La lluvia de pronto, que levantaba del suelo el olor de la vida. La algarabía de los pájaros en los altos árboles. Sillones de mimbre. Casas de madera. Brujería. El bocado al mago amarillo cuando en España aún no se conocía. El albergue. La iglesia católica, el obispo negro.

La primera entrevista con el presidente en libertad, es un decir. Se llamaba Macías. Murió de mala manera, luego entrevisté también al presidente Bonifacio Ondo, al que tiraron por una ventana. Parece que lo estoy viendo con su sombrero hongo, saliendo de su mercedes negro con las dos banderas, la española y la nueva guineana.

El zapote. Los crepúsculos. Las sangres cruzadas. Los techos de uralita. Las hogueras en el bosque. El cultivo del algodón. Las canciones de la tradición, tan hermosas. El periódico aquel de nombre fang, que se llamaba El Poto Poto, y que dirigía un buen amigo mío español. Inolvidable la canción. “Las negras tienen el corazón blanco, mientras los blancos tienen el corazón negro”.

Cierto.

Los mulatos, a veces el bambú, las hermosas maderas de los suelos de los ricos.

2

Volé hasta Anobon, una isla al fondo de todo, donde solo se hablaba portugués. De allí me traje el caparazón de una tortuga impresionante, grande, brillante, que siempre va conmigo cuando vuelvo al mar, para morir siempre, aunque no lo consigo. El ventilador en el techo. Esa cortina leve que te separa de los mosquitos. Los niños jugando a lo que sabían, a la libertad algún día.

Hermosa Guinea Ecuatorial, maravillosa, inolvidable la isla, de los que mejor vivían. El bosque de los que a veces sobrevivían. El desove de las tortugas, claro. La reyerta, los ojos tan abiertos.

Los héroes del silencio, te recuerdo, insisto, Guinea de mi memoria. Ébano se llamaba aquel periódico. Los últimos grandes cazadores. La historia de aquel español, que se llamaba Iradier, legendario aventurero que mereció una película. Las cabañas al paso. El caimán que atraviesa la carretera, muy cerca de la mar. Los inmensos helechos como árboles.

Los galápagos devoradores de rosas, las flautas de caña. Más cocoteros que palmeras. Sacos de café en el almacén todavía.

El barco blanco que te lleva al continente, España tan lejos, África tan cerca.

Lamento el decir que me gustaba el olor de aquella colonia española que preparaba, ya, su libertad. Y ya había sangre en las historias. Amestoy acababa de escribir un reportaje formidable, creo que en la actualidad española, titulado Anobon, donde empieza España. La bandera última, al viento del océano.

De allí vino, la inmensa tortuga que mañana quiero que me bajen de arriba del cuarto de los sueños perdidos. Está guardada en una gran caja de cartón, ha viajado mucho, que dice Café de España. ¡Te recuerdo Guinea! La de la isla y la del continente, donde África saca el pecho, hoy dicen que Guinea, en la que España vivió tanto tiempo, es sin género de dudas, acabo de leer en un último informe que es, a pesar de todo, a pesar de tanto, el país más rico de África. El petróleo la ha elevado sobre el perfil económico de todo un continente.

Una compañera del blog, con la que hablo por teléfono casi todos los días del año, acaba de volver del corazón de África. Ha estado unos días, más que de vacaciones, de solidaridad. Ayudando, aprendiendo. Me ha dicho que el año que viene volverá, pero más tiempo. A veces los que vienen hasta esta África, tan rica y tan pobre, se quedan por el oro o por el barro. O por el ser humano, tan agradecido, tan bello, tan necesitado.

Te recuerdo Guinea, que me traes el son de aquel bosque inmenso, terrible, antiguo, inmaculado, en el que aquella bandada de pájaros inmensos, grises, de patas rojas, taparon el sol por un minuto. Iban de paso, venían del sur iban buscando el norte. Como yo ahora mismo, que de ti escribo, Guinea, tan pequeña pero tan grande, que me hace escuchar los legendarios tambores de la civilización perdida. La primera.

A ver si mañana se atreven a bajarme del trastero la inmensa tortuga laúd. No sé donde ponerla, no tengo sitio. Pero por lo menos, pasaré mi mano temblorosa por la espalda de su concha negra, vetada de venas amarillas. Tal vez si pego los ya sordos oídos, en su espalda escuche el sonido, inolvidable de aquella playa, donde quise quedarme, otra vez, para siempre. Palmeras en la nieve, sin palmeras en el archivo, todavía emotivo, de mi memoria.

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