¿Cómo te voy a olvidar, Juan Gabriel?

Pues claro que no, leyenda, que eres y vas a seguir siendo una leyenda. Porque fuiste ya no te digo que grande, grande, grande, que en el idioma de tu viejo pueblo, México, al que quiero tanto, quiere decir, viejo, viejo, viejo. Y además, vas y te vas, como dicen los mariachis, con sesenta y seis años, en plena madurez de la voz y del sentimiento, porque para sentimiento tú, JuanGa, como te decían unos pocos. Mira, leyenda, acabo de ver que han colgado lazos negros en tu estatua de la plaza Garibaldi, donde tantas veces fui, pero tú solo estabas, que no es poco, en las primeras canciones, cuando Alfredo Jiménez me descubrió en su hotelito del Barrio Rosa de la ciudad más grande del mundo entonces México DF, aquello de…

– Pues ya hay un chico, que es de Michoacan, y que hace letras de rancheras preciosas, muy bonitas.

1

Te llamabas entonces Alberto Aguilera, ¿te acuerdas? Porque está donde no se olvida. Aquella vez en el Florida de Madrid, cuando viniste a cantar, que alguien que no era yo pero ya había vuelto de vivir en México, te dijo aquello de:

– Tiene usted nombre, maestro, de calle de Madrid.

Y era verdad, porque tu verdadero nombre, el de pila, era Alberto Aguilera, un precioso bulevar madrileño entre Chamberí y Arguelles todavía…

Te han llamado de muchas formas, hermosas todas, desde “la voz legendaria de México que cautivó a todo el mundo”, publicado en una página de ¡HOLA! hace unos días y firmado con un tm, que me acerca al retrato, pero la que más me gusta es aquella de “siempre cantó con el alma”.

Excéntrico, pues sí, como los dioses de paisano que hay en el Olimpo de la Gloria. Querido Juan Gabriel, que la carta de la Pantoja acabo de leer de nuevo y dice: “¿Por qué no me has esperado?”. Un desgarrador título también para el mariachi. Te recuerdo cerca de Rocío Durcal, con aquel bello Junior al fondo de aire misterioso y oriental.

A mí me gustaban mucho tus historias cantadas porque parecía que iban directas al corazón, como aquel dicho que decía.

– A todos nos han cantado.

Coplas que nos han matado. Rancheras de la vida, boleros del amor. Juglar de tu tiempo y de tu pueblo fuiste, Juan Gabriel, que España ha puesto de pie tu nombre, tu música, las trompetas aquellas de la mañana…

homnaje

Mira, cuando mi esposa y mis dos hijos llegaron hasta México para vivir, sobrevivir más bien, junto a este viejo reportero, que fue el primer corresponsal de Televisión Española en México después de la Transición, yo les desperté la primera madrugada, en aquella casa de más allá de la fuente de petróleos del Barrio Alto de la calle Reforma, con un mariachi que les cantó las mañanitas. Por eso iba siempre, siempre, hasta la Garibaldi, donde ahora han puesto flores a tu recuerdo, a tu presencia, para que por lo menos me dijeran aquello que siempre decías cuando un guiri como yo llegaba desde lejos la primera noche de tequila y guitarrones:

– Y usted qué quiere, señor, ¿un mariachi alquilado, tenido, para solo una noche? Que si lo quiere también lo tenemos de por vida…

Me gustaba mucho lo que tú cantabas. Incluso cómo subías al escenario, triunfal, riquísimo, Juan Gabriel vestido de Juan Gabriel. Centellaban tus lentejuelas. Eras como un universo en la escena. Tus cuatro hijos, tres de tu sangre, se ha publicado estos días en los que se ha dicho casi todo, nunca todo, ni falta que hace, y uno de solidaridad contigo, eso es lo más fuerte, a pie de obra aplaudiendo al genio. Libros, películas, series incluso con tu vida misma. Esperándote en el gran parque, los altos muros, que acogieron a los mitos, en el Bellas Artes.

En la bandera, que quiero tanto, del águila el nopal y la sierpe, luto, claro que sí, y en la moneda de plata azteca, así debía ser, lo mismo. Te has ido de un golpe de corazón, que no se puede tener tan grande una cosa como esa. Adiós Juan Gabriel, al que tantas veces sigo escuchando, seña de que aún estás vivo después de esa vida de amor y dolor al mismo tiempo, que aunque son dos cosas distintas son flores que nacen de la misma maceta. Te fuiste en Santa Mónica, que además mira por donde es la patrona de mi pueblo de los montes orientales de Granada.

2

¿Sabes lo que te digo? Como dicen los niños cuando preguntan lo que no tiene respuesta. Que no te has ido, aunque ya solo seas ceniza como quisiste, porque estás entre los inmortales, amado-odiado, que es una forma del amor también. Siempre en pie, Albero Aguilera, hijo de campesinos. Las tuneras, las chumberas de todos los barrancos del mundo solo dan estos días, frutos negros. Te están llorando, maestro.

Tuyo siempre, ya lo sabes, por cuanto de ti dije, por cuanto de ti callé. Este que lo es, Medina.

Deja un comentario

Tu correo electrónico no será publicado.

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer