Carta a Rocío Carrasco de Albiac

Señora. No tengo más remedio porque es mi memoria la que siempre manda en mi viejo cuerpo, que ayer cumplí demasiados, ochenta y dos años, que escribirle esta carta, que todos los santos, las bodas y los bautizos, incluso los pésames, tienen octava. O sea, ocho días, de verdad.

Te escribo esta carta y perdona que te tutee, pero ya sabes cómo somos los andaluces, que incluso te hablan de tú aunque no te conozcan de verdad. Pero es que en mi caso, yo como quien dice te he visto nacer y no tengo más remedio, como fui enorme amigo de tu madre a la que quise mucho, antes y después, tanto que en su día dije que era la más grande y por escrito, y hoy lo sigo diciendo porque fue única, irrepetible, aunque ya no esté entre nosotros.

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Lo que sí te quiero decir es que estos días estoy recordando mucho a tu padre, aquel buena gente y extraordinario deportista, que hay mucha gente que no lo sabe, hasta llegar a ser campeón del mundo de boxeo, elegante, impecable e implacable en el ring, como nadie lo había sido en el deporte de las doce cuerdas hasta su llegada desde hace mucho tiempo. Pero es que además, quiero decir y que se sepa, que fue un gran padre, un señor de verdad en la vida en un tiempo de mucho señorito, que son dos cosas distintas, y lo que es más importante un hombre bueno y honrado, guapo, onubense de los de verdad, que muchos días escuchamos juntos a Paco Toronjo, por darte un dato tan solo, aquel gran cantaor de la sierra onubense, mientras a veces tomábamos una copita en la madrugada de aquel aguardiente del Alosno, único, que aún se sigue haciendo en la hermosa sierra de la tierra de tu padre.

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Pedro Carrasco sé que se habrá sentido orgulloso estos días con tu forma de ser, de actuar, con ese brío y esa fuerza, ese poderío, que yo descubro en tu forma tanto de estar como de no estar, porque son tan grandes tus gritos como tus silencios. Tienes personalidad y talante, y el talento que heredaste también de tu madre, a cuya vera estuve muchas veces, y que quiero que sepas que me quiso y me lo demostró muchas veces. Tengo aquellas dos palomas blancas, que tenía sobre la chimenea de tu casa y que me regaló un día, y tengo sobre todo una pluma de plata que me envió un día de pronto porque le había gustado mucho algo que sobre ella había escrito. Tu madre era única, Rocío Carrasco, que hoy también te hago el regalo de no llamarte Rociíto, que sé que es un nombre que no te gusta, y es por eso, el hacerte el presente de esta carta porque te he visto como quien dice crecer, con esa sonrisa que tanto me recuerda a la de tu padre, y ese aire de fuerza que llevaba dentro tu madre.

Quiero que sepas también que mientras rodábamos aquella entrañable película del Marino de los Puños de Oro, en Galicia, yo estuve cerca de aquel Pedro Carrasco sonriente, elegante, insisto, tan andaluz de Huelva, coquero puro y duro, grande en todas las esquinas de su vida y su trabajo. Tuve ocasión de estar con él en momentos muy hermosos, incluso antes de conocer a tu madre, y eso quiero que se sepa, porque antes de ser el marido de Rocío Jurado era Pedro Carrasco, aquel campeón global en su peso que arrebataba porque hacía en su rincón como si bailara al sur, mientras golpeaba al aire con aquellos guantes que deberán estar, estoy seguro que sí, en el museo de los mejore deportes de la historia de España.

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También quiero decirte que Rocío, tu madre, me regaló un día para mi esposa aquella medalla de oro al pie de la Virgen de Regla, y que hablamos muchos días de ‘lo suyo’ porque mi mujer ya lo había tenido también en su tiempo.

Niña Rocío, y perdona que te diga niña pero me gusta decirlo mucho como gente del sur que soy, quiero decirte que ya en la segunda época de la vida de tu madre, ya casada con el torero Ortega Cano, hablamos muchas veces de ti, a la que no veía, de tus luces y tus sombras, porque ya sabes lo que dice el mariachi mexicano: “Cuanta más fuerte es tu luz, más poderosa es tu sombra”. Y como eres, eras, hija de dos leyendas, era lógico que incluso en ‘tus otros tiempos’, querida Rocío, a veces sin saber de ti, como quien escapa del fulgor de los metales, la fama, la gloria, entiendo que quieras ser nadie cuando podrías ser todo. Lo llevas en tus genes y no puedes remediarlo.

Que sepas, y termino que ya es hora, que estoy cerca de ti, a través de amigos muy cercanos y míos, siempre. Y que te felicito de corazón, porque sé que, como dice tu madre en alguna copla suya, “estás queriendo de veras”. Estabas bellísima de novia, como cuando te veo en la tele enseñando tu valiente sonrisa y cuando te escucho, que parece que siento a tu madre, pero con el impacto centelleante del valor de tu padre. Que sepas también, y termino, que te siento y te respeto y te admiro. Estás hecha de dos metales riquísimos, de oro y de acero. Y se te nota. Beso su mano, niña Rocío Carrasco de Albiac, por encima de las veces que también te equivocas, que es una virtud de los grandes.

Cuenta conmigo, que ya sabes dónde me tienes, por si me necesitas, que igual te hago falta. Ahora más que nunca.

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