Una paella con Ben-Hur en Hollywood

Porque una paella dijo que era aquel arroz, inolvidable, el cocinero que la hizo. Se llamaba Charlton Heston, confesaba que había aprendido a confeccionar aquel plato, discutible, durante sus días en Valencia, cuando protagonizaba la película El Cid. Y junto a él, en el cine, el mismo día, aquel mediodía en las colinas doradas de Holywood, cuando Hollywood era la ciudad de los sueños, que ahora ya solo es, que no es poco, la capital de la memoria. También podía haber titulado “una paella con El Cid en…” pero la ocasión era otra. Porque ha vuelto Ben-Hur, nueva versión, después de aquella de hace tantos años, con Heston de protagonista, que parece que lo estoy, lo estamos viendo, encima de la cuádriga, manejando la ferocidad y la belleza de aquellos caballos que galopaban por el circo romano… Etc., etc.

Pero no, hoy, aunque el Cid Heston nos dijo nada más empezar, remangado y con mandilón puesto, en el jardín de su casa, su esposa cerca, allí donde los americanos viven lo que es su fiesta constante en torno al fogón encendido, para asar la carne tradicional, aquello de:

– Lo único que nos falta hoy, porque no está aquí presente aunque vive cerca, es Sofía Loren.

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Que hacía de doña Jimena, perdón, con X, doña Ximena, con la que también estuvimos aquellos días del rodaje del Campeador. Incluso hay alguna fotografía por ahí donde se puede ver a un joven periodista, porque yo he sido joven, mirando de una manera admirativa a aquella Sofía Loren que a todos nos enamoró, sobre todo por su espléndida figura, que fue aquel día, hace tanto tiempo, cuando servidor de ustedes le dijo aquello que le dice siempre que la ve, que a veces la veo, manteniendo sus espléndidos ojos verdes, casi siempre, en un aeropuerto.

Porque yo he tenido, señora, la suerte de nacer el mismo día del mismo año que usted, el once de septiembre del treinta y cuatro.

Con lo cual, doña Sofía, va a cumplir los ochenta y dos en unos días, de la misma forma que Heston, natural de Illinois, cumpliría, si nació en el veintitrés… el cuatro de octubre… los… ajusten cuentas… ya que murió en el dos mil ocho, que parece que fue ayer cuando dimos la noticia de su adiós.

Bueno, pues que hizo la paella susodicha y aquí entre nosotros y sin estropear su hermoso recuerdo, lo cierto es que Charlton Heston que seguía siendo tan alto, más de uno noventa, y aunque la vejez no respeta a nadie y mucho menos a las leyendas como él, lo cierto es que aquel plato tan rico, tan siempre recomendado, nos unió en el sabor para siempre.

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Sí recuerdo que le conté al gran actor, enorme actor, sin duda, que no era la primera paella de Hollywood en mi vida, porque muchos años atrás, la había probado y devorado -el hambre era diferente ya que entonces empezaba mi aventura periodística- en la casa entre palmeras del maestro José Iturbi, aquel pianista valenciano, único, que asombro a Hollywood en su tiempo, convirtiéndolo también en una leyenda, que no todo el mundo puede contar que me interpreto el himno de Valencia en un piano blanco que tenía en el jardín de su casa, digno de ser pintado en una acuarela, por lo menos por su paisano Sorolla…

En fin, como a veces digo, que en el fondo es un suspiro de mi todavía medio despierta memoria. Charlton Heston, que hizo el mejor Ben-Hur de la historia, aunque ahora parece ser que vuelven a llevarse las de romanos. Sí decirles también que Heston hizo memorables películas, en la historia de su tiempo, que es el nuestro. Aquella 55 días en Pekín, también realizada en España en los estudios de Boston, don Samuel, con Ava Gardner a su vera. Y también aquella Los diez mandamientos, donde creo que hizo de Moisés, y la otra de El planeta de los simios, que marcó una época indiscutible. ¡Ay si todos los monos de hoy fueran como aquellos de la cinta! Lo que sí les puedo decir es que fue un hombre leal al amor de su esposa, cosa no frecuente en Hollywood, con la que vivió a lo largo de toda una vida.

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Cerca de su casa estaba la de aquel llamado entonces hispano, Ricardo Montalbán, que tenía una de las más bellas y espectaculares casas de aquel barrio dorado, una estilo Molezum, muros anchos, grandes, especie de fortaleza azteca, casa en forma de pirámide, en la que también le entrevisté en su día. Hablaba español a la mexicana, con un acento de mariachi, era un señor, eso sí, ese día de visita nos ofreció un aguacate con gambas del no demasiado cercano Acapulco, maravilloso.

Tanto como el de Ben-Hur, respetando las distancias.

  • Un hombre marabilloso leen do su vida me marabillo lo familiar que era el amor a su padre aumque no lo veía siendo niño pasando dis y noches esperando Dios y su madre le dio un nuevo y buen padre una madre marabillosas una esposa ideal bien venido míster Heston España no te olvida Dios te tenga en su gloria

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