Redford cumple 80 años: Se llama Charles pero prefiere que le llamen Robert

Las leyendas son veletas. O mejor dicho, como las veletas que el aire mueve, lleva y trae, pero aunque el viento del olvido sea muy fuerte, la verdad es que siempre permanecen. Menos mal. Porque precisamente entre hoy y mañana hace años que se nos fue Presley, Elvis, también llamado por sus movimientos de cadera “Pelvis”, treinta y nueve puntualmente. Y tal día como ayer, dieciocho de agosto, resulta que vino al mundo hace ochenta años un niño, hijo de un contable y una ama de casa, en Santa Mónica -pueblo bellísimo que servidor conoce del día que fue a ver a Clint Eastwood- alcalde y actor, no sé si por ese orden, llamado de apellido Redford.

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Un niño rubio, como un pajarillo canario, que con el tiempo y a golpe de su trabajo, se convirtió en una leyenda. No sé cuántas películas, Globos de Oro de actor, Oscar como director y dos noticias más que le actualizan:

Una. Que hoy viernes se estrena una nueva película suya en todo el mundo.

Y dos. Que se ha pedido para él y con fuerza el premio Princesa de Asturias de lo suyo, para el año en curso. Yo me apunto con todas mis fuerzas a esa petición, porque la merece. Como actor.

Como preocupado por la salud del planeta, o mejor digamos ecologista, que a él le gusta más.

Como creador de Sundance, la fundación del cine independiente de su país, que ayuda a tantos que solo tienen imaginación. Todos los días en su hermosísimo e interminable rancho americano, estudia un guion, mientras fuera relinchan los caballos de sus cuadras, que no en vano hizo aquella preciosidad de película titulada El hombre que susurraba a los caballos, que ya la he visto como poco tres veces y las que me quedan.

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De él, para dar alguna referencia de mi cosecha personal les diré que Mia Farrow, de la que como ya les he dicho alguna vez, escribí sus memorias para ¡HOLA!, me confesó:

– Es un compañero excepcional, da alegría trabajar con él.

Y también Jane Fonda, en su momento, en el Ritz de Madrid, me contó:

– ¡Oh Bob! Encantadooooor.

Y esta también, que les cuento: A poco de morir su madre, a la que adoraba, de cáncer, echó a su mochila, lo primero una botella de whisky, y un cuaderno de viajes, y se vino a Europa desde el Pacífico. Bebió mucho, él mismo lo confiesa, y vivió todo lo que pudo. Pasó por España con su compañera Lola, que estuvo junto a él media vida y con la que se casó y tuvo hijos. A su paso por Córdoba, y en El Churrasco de la Judería, con todo el equipaje a mano -los libros que compraba los iba enviando por correo a su casa americana- aprendió la receta del salmorejo, plato universal de verano, también de invierno, junto a la pipirrana y el gazpacho. Andaluces todos, por supuesto.

Ha hecho cine, ha hecho de todo en el cine, también de productor, de guionista, de promotor, de mecenas incluso. Ha ganado una fortuna con su propio esfuerzo, las cosas como son. Era de niño tirando a pelirrojo y ha terminado, que no es la palabra seguro, de lo que mande el guion, aunque eso sí, respetando el dorado inicial del cabello.

Ha hecho películas en pareja con Paul Newman, por ejemplo, al que vi anoche casualmente haciendo aquella de La leyenda del indomable, contando la historia apasionante de aquel preso que siempre se escapaba y luego volvía a la prisión, porque era su verdadera casa y porque cuando escapaba de su celda común no sabía dónde ir. “No había ninguna mujer que le esperara”, porque por no tener, el pobre, ni su madre estaba viva. Recuerdo ahora al paso, aquel tatuaje que un hombre llevaba en la espalda bajo un collar enorme de oro puro, en un ascensor del Waldorf Astoria de Nueva York: “Ni mi madre me quiere”.

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Continúo, que a veces hago un inciso porque no tengo más remedio. Hablábamos de Robert, que ya está calvo de solemnidad, cosas de la vida, y todo lo que tocó, en el cine, lo convirtió en dólares. Se separó de Lola, la mujer sin la cual no habría sido lo que es, según sus propias palabras, y se unió a una actriz brasileña llamada Sonia Braga. Después, y a la tercera parece que va la vencida como afirma el refrán, se unió a una pintora alemana, con la que vive, y sospecho que sigue soñando, porque lo que gana como actor, que es mucho y merecido, se lo gasta como protector de los que empiezan. Así que muchas felicidades al creador, que todavía se atreve a aguantar el primer plano de un director joven y recién llegado.

En su inmenso rancho florecen el cactus viejo y el cinéfilo joven. Mantiene su misma mirada de aguamarina, el hombre que más besó y que tan magníficamente interpretó en el cine el papel de periodista de los que dieron la vuelta al mundo, con su papel en el Watergate de Nixon. No he tenido el gusto de darle la mano, ni de que él me la de, una mano rubia y pecosa llena de venas verdes, pero no pierdo la esperanza de poder hacerlo en su momento, ya que puede venir a Oviedo, a esa noche azul del Campoamor que tantas veces he vivido para contarlo. Entonces le recomendaré la receta de la fabada asturiana, ¡que por algo tengo la medalla de plata de ese hermoso país único, que se llama Asturias!

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