La torera Cristina Sánchez volvió a vestirse de luces

Y además, la torera, aunque en su carnet de trabajo dice “oficio ‘matador de toros’”, no sé por qué, siempre lo mismo, se vistió de luces por una causa benéfica. Mejor, más hermosa, imposible. Por ayudar a la curación de los niños con cáncer. Todo cuanto ganó en la plaza de toros de Cuenca hace unos días, fue para esa causa hermosa y solidaria.

Servidor la sigue desde hace mucho tiempo, prácticamente desde que empezó. Hija de un banderillero, Cristina Sánchez de Pablos de segundo apellido, se crió en su barrio de Parla, pueblo cercano a Madrid, casi ya pueblo dormitorio de la capital, y fue a la escuela taurina desde que era casi una niña, entre un puñado de chavales que soñaban con lo mismo. Y lo hizo bien, rubia como el oro, elegante, decidida, y sobre todo, femenina, de la raíz a la copa como decían los críticos. Tenía el arte dentro, claro, el arte a veces se hereda, y ella lo hizo. La seguimos con ¡HOLA! desde que rompió a torear de corto. Era elegante, discreta, y hacía el paseíllo, con un cierto aire de pasarela, pero luego se arrimaba al toro como la que más, como el que más. Despertó una gran expectación, era una reina sobre la arena.

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Alguna vez la acompañé al hotel a que terminara de vestirse, cuando tenía ya el chaleco puesto. La hemos retratado, alguna tarde en el momento supremo de la oración ante la mesa, con todas las fotos devotas. Cerca siempre, o casi siempre, de su padre del que tanto aprendió. Fue portada de revista hace ya tantos años y también últimamente, después del día de su retirada ayudó en tareas siempre taurinas y de toda la vida solidarias. A veces con una trenza recogida. Tiene más de una cicatriz y dos hijos mayores que estuvieron con ella el otro día en Cuenca y a los que brindó un toro. Hizo el paseíllo con dos grandes del toreo, que son, el Juli, en su mejor momento sin duda, y Ponce, que jamás cede su sitio en la lista de oro del toreo.

Cristina, vestida de rioja y oro, o sea, de morado y dorado, estaba guapa, segura, consciente de que volvía a torear con casi cuarenta y cinco años, que es una edad interesante, mucho, para cualquier mujer, no cabe duda, pero para estar ahí abajo y con dos monstruos del toreo actual, cada día toreros, y en el combate, era una apuesta arriesgada. Pero si hay algo que le sobra a Cristina, es eso, valor, seguridad en lo que hace y en lo que dice. Sabe que fue figura en su tiempo, llegando a torear incluso con quienes no querían torear con ella solo por ser mujer. Fue una líder feminista en su tiempo y, aunque no ejerza, lo sigue siendo. Se casó con un banderillero portugués, que a veces hacía el paseíllo con ella. Una buena persona además. Da Silva. Creo que hice su despedida en el noventa y nueve, y parece que fue ayer.

No se le ha ido, eso que se llama, no sé por qué, “el gusanillo” de la fiesta. Lleva el traje de trabajo con discreción, con pasión, con la elegancia de quien sabe lo que representa en un mundo tan difícil, sobre todo para ella. La prueba es que cada día hay menos mujeres toreras y tiene sus razones. A la dama por excelencia del toreo, que era Conchita Cintrón, y que lidiaba a caballo, o sea era rejoneadora, la entrevisté un día extraño en su casa de Jalisco. Acababa de operarse, se había arreglado algo el rostro, aunque fue siempre una mujer muy bella bajo el ala de su sombrero cordobés. La verdad es que aquella fue una entrevista casi a oscuras, aún llevaba en el rostro las cicatrices frescas de la cirugía de estética reciente. Pero me di cuenta de que era grande, grande, de verdad peruanísima. Luego la acompañé a alguna tarde de toros en la Monumental de México. Me contó cosas profundas de Manolete que estos días hace años, quizá cincuenta, que se nos fue en Linares. Es la casualidad a veces la que manda, por encima de la causalidad. Hoy mismo me ha llamado desde Málaga un aficionado, para decirme que si le puedo firmar el libro que hace años escribí del torero cordobés muerto en acto de servicio, como yo he dicho alguna otra vez. Claro que sí. En cuanto vaya por Málaga, la ciudad que está viviendo uno de sus momentos culturales más importantes. Siempre me gusta contar todo lo que me pasa por bueno o malo que sea.

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Por eso, quiero hoy, volver a escribir de Cristina. No han salido mujeres toreras últimamente, y antes tampoco. Quizá esa Juanita Cruz, casi mítica, o nuestra Ángeles, rubia y valiente, que a veces sale a la ventana de la fama, aunque es más bien silenciosa y discreta. Hoy creo que se entrena alguna chavala, que quiere sitio en eso tan difícil. Con los años, se gana en memoria pero se pierde calcio del esqueleto. Por eso es grande lo que ha hecho la Sánchez, el otro día, la otra tarde en Cuenca. Así que “va por usted” como se dice en el brindis. Salió a hombros, con el Juli. Está espléndida. Pero maestra, con la otra tarde basta y más por lo que se ha vestido de luces. Por solidaridad. Dios la bendiga, como decían los antiguos. Es verdad lo que dijo, mientras recogía el aplauso de los que la quieren y sobre todo no la olvidan: “Ha merecido la pena”. Porque entre otras razones, los toros siguen matando en la plaza. Y exponer la vida por los demás, siempre es un milagro. Suerte, maestra.

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