La luna lo sabe todo

Incluso a veces hasta lo apunta, lo anota. Está de moda la luna, y por eso este blog de hoy. Cuando el sol aprieta, la luna aclara el paisaje. Incluso cuando no hay luna, la hay, lo que pasa es que a veces juega al escondite.

Y ¿por qué la luna hoy? Porque está de moda la luna. ¿Y cómo se sabe que esta de moda la luna? Por una razón. Verán. Hace ochenta años que mataron a Federico García Lorca, y el poeta granadino era un experto en lunas.

La luna es un pozo chico
Las flores no valen nada
Lo que valen son tus brazos
Cuando de noche me abrazan

La luna está de moda, siempre en Federico y en todos sitios en estas fechas. Yo incluso tengo el premio de El Pozo de la Luna, que me han entregado no hace mucho en Fuentevaqueros, en la que fue la casa del poeta, hoy convertida en un lindo museo, humilde, y maravilloso.

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Además, yo conozco todas las lunas del mundo. Por ejemplo, la media luna, que es la luna entera, pero guardada en gran parte con el burkina de las nubes puesto. Y también conozco la enorme luna redonda y ardiente de los paisajes del África profunda. Y también la luna de sangre, roja como un globo japonés en la fiesta del dragón. Y la luna helada, que dura seis meses allí donde manda el frío.

He escrito mucho de la luna, por ejemplo, el día que Hermida, que en paz descanse, contaba para toda España lo de la llegada del hombre a la Luna; yo volvía de estar en la luna, fue portada de ABC aquel reportaje mío, con los tasaday que en la profundidad de los bosques de la isla filipina de Mindanao, jamás la habían visto porque vivían allí donde no llegaba la luna.

¡Cuántas veces habré escrito la palabra luna! Incluso anoche, que vi en mi casa, que es la suya, la película La Novia, que me ha parecido emocionante al menos para mí, aunque no haya sido trabajada en el sur sino en la Huesca que yo conocí cuando escribía el libro de la crónica de su pirineo.

Y además la luna de Turquía, la de la mágica tierra de la capadocia. Bueno, pero está ahí la luna, presente, en toda la noche de la catástrofe… Y la luna del desove de las tortugas en las playas de América, en Costa Rica, allí donde vuelven los enormes quelonios a parir bajo las estrellas. Lloran, porque la arena les golpea los ojos cuando cavan la cuna de sus huevos… y arriba esa luna presente, que sabes que te ve, y a la que casi ya se cuentan sus sombras.

Una luna grande y sin gente
Monta en su globo a los pájaros

Decía Federico, del que una vez a Walt Whitman alertaba:

Y sus hombros de pana gastados por la luna…

La luna lunera cascabelera de las canciones de los niños, las lunas de papel, casi siempre medias lunas que hacíamos en los belenes lejanos, en aquel cielo azul, que era del forro de los libros del colegio. La luna, de nombre, sin apellidos.

Esta noche, por cierto, hay luna. Yo he escrito muchas veces que hay una luna que dora la piel más que el sol, pero que hay que encontrarla, y no hace falta el eclipse. La luna del espejo, que es como la luna de tu vida, incluso de día, aunque tenga el azogue de los años. La luna del desierto, la de mi niñez de muchacho campesino, de niño de la pana, cuando se tumbaba a contar las estrellas tendido sobre la parva de la era y la veía allí, mirándome, por eso aquel primer verso al ciprés en la huerta de mi abuela; dicen que tenía entonces siete años.

Soñando siempre en ser lápiz.
El ciprés solo y abuelo.
Con la raíz honda honda y un murciélago en la fronda,
-quiere pintar en el cielo- harto de luna redonda.
La luna como un pañuelo.

Soy un lunático, lo reconozco, creo en la fuerza de la luna, que te observa. Todo lo ha visto y lo guarda en su diario secreto, en el que estamos todos. Dónde estará aquella niña del violín en los hombros, que a mi pregunta, en la estación del ave, me dijo:

– Me llamo Luna…

– ¿Y el apellido muchacha?

– Tan solo me llamo Luna.

Y llevaba una media luna tatuada en el hombro derecho. El tatuaje con luna es diverso, constante… Un tatuador me ha respondido, yo que soy humano con un barco tatuado, que se están tatuando ahora más lunas enteras, medias, redondas, cuarto menguante incluso, que nunca.

– ¿Y…?

– ¡Pues que hay mucha gente en la luna!

Están volviendo los hippies, hay gente que solo quiere pan con lo que sea, incluso pan con luna. Por eso escribo hoy de la luna, finales de agosto. Cuando hay luna la vida es más frecuente, es tiempo de luna, se pare mejor bajo la luna. A veces la luna es negra, como en las banderas de los de la sangre. Una noche vi la luna de Alepo, cuando Alepo en Siria era una hermosura. Y también la vi sobre las ruinas primeras de Palmira. Pero no hay luna como la mía, la de plata sobre las murallas de sangre de mi Alhambra. Yo soy perito en lunas… Nadie decía luna como la Vargas, cuando cantaba con su voz antigua de amor y tequila…

Por eso la luna lo sabe todo, lo que pasa es que hace como que no sabe nada. Ese es su secreto. Hoy me firmo Lu-na-ti-co Medina.

Por cierto, que el que decía “soy perito en lunas”, fue el poeta Miguel Hernández, aquel de “te me mueres de casta y de sencilla”. Se lo escribió desde la cárcel donde murió a su esposa Josefina Molina, aquella a la que yo conocí y entrevisté en Elche, en aquel primer piso donde ya con el pelo blanco, el tiempo no pasa en balde, cosía ropa blanca en una casa ajena…

– Yo no soy la viuda de Miguel Hernández, soy su mujer, que no es lo mismo.

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