El penúltimo tango

Hace muchos años, tantos que muchos de ustedes no habían nacido dada su juventud constante, aunque bastantes sí que recordarán lo que les cuento, se estrenó una película titulada El último tango, en la que trabajaba junto a una actriz llamada María, muy linda, eso sí, y francesa, un actor soberano llamado Marlon Brando. La película fue un escándalo y muchos tuvieron que salir hasta más allá de la frontera para verla. Luego, tampoco era para tanto. Comparado con la bienvenida actualidad.

Así que ahora este título nuestro tampoco tiene una gran originalidad, dado el que el nombre inicial fue del genial director italiano Bertolucci. Creo. Dicho lo cual lo del ‘penúltimo’, viene porque el tango sigue vivo, de permanente actualidad.

Hace muy pocos días, hemos visto a muchas parejas en la calle Corrientes de Buenos Aires, donde la gente va buscando, tipo turístico, el número, que no recuerdo, que dice la letra del tango, y sigue después “segundo piso, ascensor”. No existe el número, pero a la puerta siempre hay un hombre que toca el acordeón y una pareja dispuesta a bailar el tango para usted, incluso con usted mismo, si es que así lo desea. Sospecho, que ahora con lo del selfie este, tan de moda, debe ser un buen negocio.

tango

El tango lo merece. Servidor lo ha bailado, es un decir, en su pasado, perdón, su pasadísimo, o sea hace no sé cuánto tiempo, y de las dos maneras: el suelto y el agarrado, que era muy provechoso para los dos de la pareja ya que escuchabas, sentías incluso, el latido del corazón de la parienta, y encima había oportunidad de conocer el olor de ese toque de colonia o perfume al otro lado de la oreja de la persona, con la que bailabas.

El tango es elegante, cinematográfico, airoso, culto, con la cultura que da la leyenda, la tradición. Lo hizo famoso, popular en todo el mundo aquel que se llamaba, y se sigue leyendo porque el mito continua, Carlos Gardel; argentino para casi todos, patrimonio nacional, pero para muchos otros estudiosos en la materia, también nacido en Montevideo. Yo me he retratado en la casa donde dicen que nació de Uruguay, y también se asegura que nació en París, cosa bastante discutida por cierto, pero que a veces cobra una cierta nostálgica actualidad.

Yo, perdonen por el yo, estuve buscando en Colombia, en aquel aeropuerto entre barrancos de Medellín, donde dicen que murió Carlos Gardel, aquel día que volvía de cantar de un sitio cercano y viajaba en su avioneta particular con sus músicos, cuando un golpe, más de suerte que de muerte, derribó la avioneta en el mismo asfalto del aeropuerto entonces maldito. Carlos Gardel murió abrasado y no fue fácil incluso el identificarlo. La leyenda asegura que sobrevivió a la desgracia y que tan desfigurado quedó, que se refugió en una casa escondida del desfiladero contiguo donde hasta hace poco se le escuchaba cantar a veces, pero siempre con su voz melodiosa y bella, porque el tango tiene casi siempre una letra melancólica, triste, hasta poética incluso, en muchas ocasiones llena de metáforas y de llanto. Es generalmente el himno del perdedor. A mí me encanta. Más que bailarlo, que piso mucho donde no debo y ahora no podría ni iniciarlo siquiera porque el único compás que sonaría sería el de mis propios huesos, pero puedo escucharlo con devoción, porque entre otras cosas el tango, a pesar de los giros de su propia lengua, el lunfardo, está bien escrito.

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A veces cuando me acerco, me acercaba, hasta la Argentina, siempre acudía a un sitio llamado El viejo almacén donde cantaban tango las viejas glorias, algunas de los tiempos de Carlitos, y otras nuevas ya con distintos giros, y donde descubrí gentes de talla importante, que no quisiera olvidar sus nombres, pero son tantos que mejor no darlos para no olvidar alguna. Las mujeres siempre cantaron, no peor, sino de distinta manera el tango, solo con cambiarle la letra.

Sí les puedo decir, que conocí personalmente a un chico que se me presentó en el periódico, diciendo que era hijo de Carlos Gardel, y que así se hacía llamar, que quiso cantar, pero solo hizo una fugaz aparición. Después desapareció, nunca más supe de él, aunque sí publiqué su historia. También fui amigo, mucho, de aquel Carlos Acuña, que fue en su día muy, muy amigo de Pilar Franco, la hermana del Jefe del Estado, sin duda, el que mejor cantó, Acuña, digo, el tango en España. Era muy bueno. Yo le serví de enlace, a punto estuvo de costarme una de mis vidas con los descamisados de Perón, en Argentina, cuando yo fui a buscar el cadáver de Evita, que lo encontré por cierto, pero eso es otra historia que guardo para otro día.

Unas vivencias encadenan unas con otras como un racimo de cerezas en un postre. Ya saben. Lo que sí les quiero decir, es que por ejemplo, mi ciudad Granada, todos los años, todos, y cada vez con más afluencia de público, celebran el Festival del Tango, al pie de la Alhambra. En Buenos Aires el día es aquel de diciembre, cuando se recuerda la muerte de Carlitos Gardel. Sí les quiero decir, que el secreto de que su voz sonará alrededor del aeropuerto dramático, es porque en esa región colombiana el tango tiene mucha devoción, y siempre esta Carlitos en el giradiscos, en la radio, o en la televisión de la tierra, donde por lo general lo que manda es el vallenato, que tanto le gustaba a don Gabriel, y a mí, tanto, tanto, que a veces lo pongo en casa, con la sola actualidad que le da mi sentimiento, que en eso continúa afortunadamente para mí, mejor que nunca. Y que por eso, deseo compartir con ustedes el tango que a mí más me gusta: “El día que me quieras”. Lógico.

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