Adiós al Doctor Barraquer, sembrador de luces

¿Quién será el que heredará las niñas de los ojos del profesor Joaquín Barraquer Moner, que se nos murió a todos, sí, a todos, hace unos días en su tierra natal de Barcelona? ¿Por qué al poco de irse médicos de su equipo le extrajeron los globos oculares, sus ojos que tanto vieron y que tanto ayudaron a ver, para guardarlos, estudiarlos, y si es posible, creo, trasplantarlos a otro ser humano que los necesite? Adiós profesor Barraquer, al que entrevisté tantas veces durante tantos años. Tantas, que no es la primera vez que titulo de esta forma, de esta manera, sin decirle adiós sino hola, bienvenido doctor, mi querido doctor.

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Porque él fue el primero que me dijo un día hace ya mucho tiempo en su clínica luminosa de Barcelona, con sus ojos siempre afilados mirándome fijamente como corresponde al hombre que más sabía de la sombra:

– Cuando usted quiera, joven, ya sabe donde me tiene, igual cuando sea mayor, y vienen las cataratas… que los ojos se cansan también de haber visto, a veces, más de la cuenta…

Cierto, y tan cierto, como que en unos días, en cuanto llegue setiembre me opero de la catarata del ojo izquierdo, ya, pero ya, y el mes que viene, del derecho, que no tengo más remedio porque es lo que yo digo: Si tengo los ojos verdes ¿por qué veo todo tan negro? Porque tengo los ojos del color uva que tenía mi madre, u olivo, porque era de Higuera de Calatrava, de Jaén, y sin embargo hay días, días de sol, incluso que solo veo su sombra, aunque ya sabes aquello que decía el dicho: “Los ojos que ves no son ojos porque tu los veas, son ojos por que te ven”. Que permite sin duda una larga conferencia filosófica.

Pero no, hoy solo tengo ojos para decir adiós, con una lágrima derramada sobre el papel en el que esto escribo, porque se nos fue después de una larga vida dedicada a dar luz a los demás como oftalmólogo y profesor, nacido el veintisiete, y que se nos fue hace unos días. Pero queda su obra inmensa, extraordinaria, siempre solidaria. Porque no solo era experto en el tema de la cirugía de las cataratas humanas, sino también en todo lo referente al estudio del ver y el mirar que son dos cosas bien distintas. Tanto, que tengo que buscar todo lo que he escrito durante mucho tiempo sobre el tema de los ciegos, que siempre me inquietó profundamente.

Con los retratos de los más conocidos, más admirados escribí una serie de artículos mensuales durante mucho tiempo en la buenísima revista Perfiles, de la organización nacional de ciegos, que además de ilusión siembra luz en los sueños de la gente. “Buenas gentes” se tituló aquel columnario, ni más ni menos que con los ojos del alma, y reuní a los que había conocido a lo largo de toda mi vida que veían más que yo, si bien de otra manera. Desde Borges al maestro Rodrigo, la Niña de la Puebla, la infanta Dila Margarita, etc, etc.

Siempre me preocupó mucho el tema. Muchísimo. Por eso, hoy que el profesor Barraquer se nos ha ido, quiero que esta página de hoy se acerque a la actualidad inmensa de su vida de su obra. Leo en ABC de esta semana que se ha ido, que dejó dicho:

– Quiero que, como mi padre deseaba, antes de que mis ojos se los coman los gusanos, sean donados a otra persona que los necesite.

¡Qué hermosura! Yo, es una confesión última, les aseguro que quiero ser ceniza, aparte de que mis ojos viejos, que han visto tanto y que ya solo ven las sombras de lo que fue. He entrevistado a los grandes de la mirada, de mi tiempo, Arruga, Castroviejo, los hermanos asturianos, y de todos ellos conseguí saber más por dentro que por fuera.

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Mi hijo Tico, que es el subdirector de ¡HOLA! asegura que “yo no tengo los ojos grandes, sino que tengo los ojos gordos”, que es verdad, tipo Manolo Caracol, por ejemplo. Gordos de tanto ver y de tanto contar al mismo tiempo. Barraquer ha dejado su fundación en pie con su banco de ojos para tratamientos de ceguera. Los míos están cansados de tanto ver, de tanto mirar para poder seguir contando. Barraquer ha operado y mejorado a más de cien mil seres humanos a lo largo de toda una vida dedicada a los demás, su larga ciencia, su mano heroica y regaladora de salud, llega tan lejos como cualquier geografía con lo que ha sido su escuela constante, su dedicación al estudio, operando. No solo a pie de microscopio sino de quirófano.

Recuerdo su sonrisa un tanto escéptica, que nada mas verte sabía porqué no veías del todo. No me atrevo a decir por si parece una gracia que tenía, además, un admirable “ojo clínico”. Era bueno, humano, cercano, y generoso. Ayudaba al que lo necesitaba de verdad. Ha dejado una fundación, sí, pero también una pasión en marcha. Sus hijas, sus nietos, claro, están ya en lo que el pregonó, predicó con el ejemplo. Es una pena que sabios como estos desaparezcan del tiempo que vivimos. Pero igual arriba, o abajo, o donde sea, hay quien necesita aún en su impenetrable altura que les operen de cataratas… ¡está tan turbio el mundo en que vivimos!

Hoy el sol ofrece, aún en los últimos días de agosto, una luz mucho más débil….

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