Tarzán vuelve a la selva: Juego de Monos

Bienvenido sea el héroe del taparrabos en el tiempo de las corazas. De ‘Juego de Tronos’ a ‘Juego de Monos’. Estoy contento, ya era hora. Frente al ruido insoportable de la pólvora y las espadas, de nuevo el silencio impenetrable de la selva, que conozco, de cuando uno era joven. Vuelve el héroe que iba de árbol en árbol, en aquella presentación imborrable:

– Yo Tarzán, tú Jane, esta Chita.

A Chita, que se murió de vieja, la conocimos y la retratamos en aquel zoo de Hollywood, donde estaban los viejos animales del cine: el león de la metro, la perra Leslie que subió a la luna, el viejo elefante de las películas indias de maharajás y, por supuesto, la mona más mona del mundo: Chita. Viven sus hijos, sus descendientes, que siguen siendo cuidados como reyes en el exilio. Chita fue la gran aliada de aquel Tarzán de nuestra niñez ya, permítanme un suspiro, ¡tan lejana!

Ahora, faltos de aire más ecológico, los sabios del cine han vuelto a inventar lo ya inventado, un nuevo Tarzán, y por eso la película recién estrenada, se llama así, ‘La leyenda de Tarzán’, a la que no le voy a hacer más promoción que la justa. Porque para mí no ha habido otro Tarzán, y mira que hubo no sé cuántos, que aquel que se llamó Johnny Weissmüller, de origen austrohúngaro, y al que llegué a dar la mano hace muchos años en aquel ático, de aquel hotel frente al océano de Acapulco, donde vivía y donde murió años más tarde. Quise verlo y me fue permitido el tenerlo cerca. Me dio una mano como el que da un pez raya, y se sentó a presenciar su espectáculo preferido: el salto de los ángeles de la peña, que se lanzaban a recoger las monedas de los turistas americanos, jugándose la vida, desde una altura impresionante. A Johnny, le encantaba ver aquello, casi suicida, vestido con un bañador que él mismo representaba, como fue el señor de las piscinas, cuando dejó de hacer cine y se dedicó entre otras cosas a ofrecer albercas por todo el mundo.

Cuando le tuve cerca, y tan cerca, comprobé que continuaba teniendo sus espaldas de campeón de natación, que le llevó hasta hacer creo que doce películas como Tarzán. Recordábamos aquel, salto vestido con su traje de calle, hecho por un sastre italiano, desde el puente de Nueva York, hasta el agua, haciendo el salto del ángel de una forma legendaria, nunca más vuelta a realizar de esa manera impecable.

Por eso, le gustaba al legendario Johnny, ver ese salto de los grandes atletas, por dinero, de aquel lugar único en el mundo, en Acapulco, cuando Acapulco era Acapulco, que siempre recuerdo. Era entonces, cuando incluso sentado en su silla de lona, en la que se leía ‘Tarzán’, aquel impresionante caballero, se ponía en pie e intentaba lanzar al aire azul su grito impresionante que ahora mismo recuerdo entre los sonidos entrañables de toda mi vida. ¡Aahhhhhhhhhhhhhhhh!

Era una gozada, les puedo contar que en mi ultimo viaje quise saber lo que quedaba, si algo quedaba todavía de aquella leyenda a la que pedí un autógrafo que como siempre en aquella fotografía, a ver si recuerdo, puso su mano, su manaza, en mi hombro, como Tarzán con un pigmeo blanco a su vera. Me dijeron:

– Solo queda de él su tumba, en el cementerio de la luz, que está a la salida de la ciudad.

Y fui a verle. Un mexicanito del estado de guerrero, que se había hecho rico desde que se fue Tarzán vendiendo flores, dudosamente frescas, a la salida del camposanto mexicano, me puso en la mano media docena de rosas, definitivamente mustias, y un consejo:

– Si quiere, señor, allí tendrá junto a la tumbita, con su tierrita, y su cruz, un trío de músicos, guitarra, trompeta y guitarrón, que le pueden cantar la canción preferida de Tarzán de la selva.

Así fue. Se llamaba Cucurucucú paloma, y hablaba de volar cantando. Me hice la foto de la Polaroid, que también formaba parte del contrato hablado, tan mala era, tan espontanea, que ha perdido su brillo y solo se ven unas sombras, junto a un trocito de tierrita.

– Parece mentira que un hombretón tan grande, casi un gigante, quepa dentro de un puñadito de tierra tan pequeño.

Un gran y triste recuerdo que me permanece. No hubo Tarzán, sin duda, como ese. Fíjense, que después un tal Gordon Scott, incluso el marido que fue de Tita Cervera, ahora de actualidad también a bordo de su yate a vela, impresionante, que ¡HOLA! a ofrecido esta semana a tope y en rigurosa exclusiva, aquel que se llamó Lex Barker, ¿recuerdan? Y hasta Cristopher Lambert, y muchos otros más, hicieron el Tarzán inolvidable, con un éxito discutible. Pero sin duda, el mejor, al menos para este servidor de ustedes, este contador de historias que tienen a su servicio. De ahí, lo de ‘Juego de Monos’, del titular.

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