Siete de julio, san Fermín

La actualidad manda lo suyo, aunque haga ya tanto tiempo que corrí aquel día inolvidable de los toros de san Fermín. Siempre conté, y a ustedes también, que yo lo hice para la Televisión Española, creo que era entonces antena tres donde trabajaba, pero que corrí con los toros, como uno más, sí, desde luego, pero una vez que los toros habían pasado. O sea, a la cola, con los últimos, que no quieren mentir pero mienten. Aquellos que en el oficio, por ejemplo, de los corresponsales de guerra antiguos, había muchos que escribían las crónicas del combate desde el café de la ciudad liberada.

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O sea, era otro tipo de historia, como es esta de hoy. El año pasado ya lo hicimos, que hay fiestas que no se deben olvidar y mucho menos Pamplona, que es sin duda con los san Fermines y sin los san Fermines, una de las ciudades más bellas de España, qué digo de España, del mundo.

Sin embargo, este año en el que estamos –yo la vivo en directo en la tele a  primerísima hora- hay algunas precisiones que debemos hacer, por si acaso. Servidor estaba alarmado, muy alarmado, por que se empezó a decir que había una cierta marea que pretendía impedir el que los toros no se corrieran este año , ya que al  final terminan sacrificados esa misma tarde ante la turba. Y decían literalmente “la turba”, como si fuera o se tratara de una fiesta exclusivamente de la sangre, a la que asistía a la hora de la matanza del animal, bravo, una estampida de gente sin conciencia. Vale. No voy a discutir el tema, ya de por sí tan discutido desde las primeras nieblas de la Historia de España. Incluso se llegó a encontrar un símil, que corriera, mucho, pero que no fuera  “exterminado “ esa misma tarde en el curso de esa fiesta bárbara, con acento en la primera “a”, por que tiene tres, a la que asistían miles de personas llegadas de todo el mundo, con deseos de vino y de sangre, todo junto en el mismo salvoconducto.

Y añadieron, lo digo como me lo contaron.

– Pensaron en que fueran avestruces en lugar de toros, ya que son en lo suyo feroces, caminan de prisa, pegan grandes zapatazos, y no son muertas a estoque al final, sino que vuelven a sus cobertizos de toda España donde desde hace algún tiempo cultivamos avestruces.

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Por dos razones. Por tres, mejor dicho.

Una, porque hay ayudas, por lo visto de tipo oficial, para granjas de avestruces.

Dos, porque ponen huevos que luego se pueden decorar una vez vacíos, y que también se pueden hacer fritos en restaurantes autorizados, claro.

Y tres, porque últimamente la carne de la avestruz -que yo ya he comido en Sudáfrica hace tiempo- es rica en proteínas, si bien no tan barata como un buen filete de ternera, por ejemplo de Ávila, pero de rico sabor graso, aparte de exótico para el paladar de la cocina, que ahora hace verdaderas obras de arte con lo que se le pone a mano. Aquí, en San Sebastián de los Reyes, cerca de la plaza de toros, donde también hay san Fermines, había un restaurante que servía la carne de avestruz, con siete sabores distintos, como aquel restaurante de Pekín en el que te daban el pato con quince sabores diferentes. Inolvidable.

Pero al final, la razón pudo sobre la sinrazón, y se están ya viendo pasar los toros de la calle Estafeta y se están vendiendo más pañuelos rojos para el cuello que nunca, y alpargatas para correr más, y los mozos están siendo más vigilados y las barreras son más altas que las del año pasado, televisión ha enviado no sé cuántas cámaras y se están agotando la ediciones en papel de los periódicos, que esos días, los pastores, deben llevar en una mano respondiendo a la tradición y porque así se pueden en un momento dado lidiar a los toros con un periódico en la mano, incluso con todas las palabras que lleva impresas dentro.

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Siempre, siempre, recordaré, y más hoy, aquello que cantó don Ernest Hemingway, que tiene su estatua de medio cuerpo en Pamplona, cuando bajaba la escalera antes de quitarse la vida y en la casa que tenía dentro del frío paisaje de su casa de Iowa, donde yo acudí para dar la información triste, tan triste, y donde aun había sangre de la suya en el techo dada la violencia del adiós definitivo.

Bueno, pues cuando bajó las escaleras, su esposa Mary le escuchó cantar, en español, como siempre la cantaba.

– Uno de enero, dos de febrero, tres de marzo, cuatro de abril, cinco de mayo, seis de junio, siete de julio, san Fermín… -y añadía – qué pena que este año no pueda ir…

Por eso hoy le recuerdo especialmente y lo canto a media voz, porque no soy pamplonés, con acento en la “e”, que ahora se dice más que pamplonica… quiera Dios que san Fermín con su capotillo esté al quite, y que la fiesta de España por excelencia no haga derramar más sangre que la justa, que es el tributo de una de las semanas más furiosamente hermosas de la Historia de esta España sorprendente a la que pertenecemos.

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