He vuelto

Iba a titular después de estos tres días, no sé si merecidos, de asueto, o lo que sea, que  “estáis perdidos, ¡he vuelto!”.

Sin embargo, sé de vuestra generosidad, de vuestra compasión incluso, así que digo que he vuelto como quien vuelve a casa, que ya lo decía el propio Hemingway del que tanto hablo, mi viejo maestro, que en paz descanse, que no descansa más después de estos días, a veces sangrientos, de las fiestas de San Fermín en Pamplona, de las que ya sé que tienen noticia, a veces demasiada y hasta triste, cuando escribió aquello de “no hay que tener una casa donde vivir, hay que tener una casa donde volver”.

Que es mi caso. Así que vuelve a casa el viejo prodigo, que ya no puede vivir -para mí escribir es vivir- sin esta página de cada día, a excepción de los fines de semana, que lo que hago más que descansar yo, es que descansen ustedes con mi ausencia. Bien, pobres míos, que ya estoy aquí luego de unos días, en el mar Mediterráneo, perdón, la mar es Mediterránea, porque es femenina como siempre dicen y lo dicen bien, los que de esto entienden y en esto están.

Así que aquí me tienen, luego de respirar la mar, que me gusta más que bañarme en el agua salada, ver la mar, sentirla en su sonido exacto, esto es a cierta distancia, saborearla, volver a reconocer que a veces cura además de las heridas del cuerpo, que las sana, las del alma, también aunque incita a la depresión, la nostalgia, el recuerdo, y hay dos yodos en su sitio, el de la piel y el de la hiel, que nos son los dos tan necesarios.

Dicho lo cual y sin más prolegómenos, aquí me tienen, retomando la actualidad aunque solo sea desde mi memoria. Como siempre.

Porque vamos a ver, ¡cómo no recordar aunque sea unos días después, que todos los que se van tienen octava a Emma Cohen, que se nos marchó, tan joven como quien dice, después de largos años de lucha silenciosa, en su casa, que yo conozco, a las afueras de Madrid donde en su día la visité, sola, y en compañía de aquel monstruo del talento que fue don Fernando Fernán Gómez, su compañero, su esposo, ¡durante muchos años! Emma Cohen, que además fue aquella Gallina Caponata, ¿recuerdan ustedes, mis lectores, que eran algunos, los niños de entonces? Personaje entrañable a la que todos recordamos, además de porque era eso que se llama, familiar, estupendo, y gustaba a los nenes, y a los padres y a los abuelos de los nenes, porque a los nenes los divertía y mucho, y a los demás, les dejaba respirar un rato. ¡Cuántas veces coincidí con ella vestida o no de plumas, con la cabeza del gallo-gallina en los brazos sobre sus patas de membranas por los pasillos de la televisión española de hace tanto, tantísimo tiempo…!

¿Cómo no tener para ella, además de actriz- formidable, intelectual, amplia, capaz de escribir un guion de cine que lo hacía hasta el último momento de su vida, o una novela, o interpretar en el cine y en el teatro querida Emma Cohen, un papel inolvidable?

Baste a la distancia justa de su adiós, el nuestro, porque fue capaz de un amplio abanico de disfraces, de aguantes, superviviente de su propia y sola supervivencia. Así que para Emma Cohen, el saludo emocionado, cómo no, mientras aquella Caponata ya ha volado al cielo de los inolvidables de las leyendas incluso.

Como se me ha ido, aquí si que individualizo, ni más ni menos que Juan Peña, el gitano de los ojos azules, el Lebrijano, que no sabía que tenía sesenta y cinco, creo, cuando dijo adiós, fue mi amigo y buen amigo, cantaba como pocos en el mundo de lo flamenco y con él he vivido y he sentido momentos inolvidables. Genio del sur, del que Gabriel García Márquez, el Premio Nobel de literatura escribió en un papel de cafetería, aquello de “cuando canta el Lebrijano el agua se moja”. Ole, por lo que sin decir dice. Fue grande, y estaba servidor con él, el día que el Rey de España le entregó la medalla de oro del trabajo ni más ni menos que en ese lugar único que es la Medina Zahara de Córdoba. Fue allí, siempre lo cuento, como un momento irrepetible, cuando al salir de aquella sala de la piedra y del amor, el maestro, me dijo como siempre, oportunamente, filosóficamente perfecto, “soy el primer gitano al que le han dado la medalla del trabajo”.

Ole, le dije, y ole le vuelvo a decir ahora, era de Lebrija, y le acompañé muchas veces. A veces me traía incluso una ramita de romero. El llevaba otra siempre, como una credencial, en el bolsillo superior de la chaqueta.

Dos adioses, para empezar, pero es que esa es la vida, los que se van por los que quedan. ¡Me sigue costando tanto el escribir la palabra muerte…! Pero es lo que hay. Así que vuelvo. Siempre he sido, un periodista de columna. Cuando no estaba a pie de guerra, a veces dentro, me hacían columnista, que es lo que los directores de periódico, hacen a los que fueron enviados especiales en combate. Les ofrecen una columna, pero “que tenga muchas negritas” esto es que haya muchos nombres y apellidos famosos dentro. Un potaje de lentejas con tropiezos. Y así he escrito de todos los colores en ¡HOLA! durante tiempo, y en otros periódicos, por ejemplo, Nunca pasa nada, aunque de todo pasará, El ruido y las nueces, etc etc… No quiero cansarles más. Así que cuando he vuelto a la brega, aquí me tienen, con el dolor también del joven torero muerto en acto de servicio, en la plaza de la ciudad de los amantes, Teruel, tierra, es dramático decirlo, del torico y de la estrella…

Pero la vida sigue y al regreso de mi mar, el Mediterráneo, que ahora es un mar de tristeza por los que en él, en ella, se quedan por los que van buscando la libertad, que nunca se encuentra del todo, aquí me tienen a pie de obra como siempre, que tengo muchas cosas que contarles. Por lo pronto, que me he traído un barco de sal que tenía desde aquel pregón de Torrevieja, a mi camarote de náufrago de Madrid donde me sobrevivo a mí mismo para estar más cerca de ustedes.

Un largo finde de delfines y tatuajes, donde he ido anotando en mi cuaderno de bitácora las veces que la mar fue noticia en mi vida de cara a un próximo libro, que quizá se llame, por ejemplo, Un fuerte sabor a sal, o quizá, quien sabe, si Al Pairo, como siempre fue mi vida  en la mar, o en la tierra firme, y que quizá reúna en cuanto empiece el otoño. O sea ya. Porque mi vida, es invierno, y el único salvavidas que me queda en la tormenta, es, este, desde el que les escribo, una isla de palabras escritas, vividas, y enviadas como una botella de náufrago por si llega hasta ustedes. Ya saben que les quiero mucho, tal vez por el egoísmo de que es mucho los que les necesito.

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