Fuerteventura, ayer cumplí cuarenta años menos

O sea, uno nace una vez, cierto, menos gatos que por lo visto tienen siete vidas, algunos ocho, y algunos también, como es mi caso, vuelven a nacer después de aquella primera vez, cuando por razones de la vida o de lo otro, o sea de la muerte -la has tenido posada en tu hombro como un pájaro- de la que pudiste salvarte a tiempo. Esto es sólo cuando todo ya estaba escrito, porque ya saben que hay quien dice, y lo demuestra, que todo está escrito de antemano, cosa que no es fácil de demostrar.  A ver si no es verdad lo que les comento.

Tal día como ayer, o sea el veinticinco de julio de hace cuarenta años, yo vivía, a ratos pero intensamente, en Fuerteventura, isla ahora de moda y con razón, al norte, junto al pueblo de Corralejo, y frente a la isla de lobos, al fondo aun Lanzarote y a veces entre la niebla lejanísima, de Isla Graciosa, que hace honor a su nombre, y donde más de una vez quise quedarme de por vida cosa que no me fue permitido, porque a nadie se le puede permitir la gloria en el purgatorio, por no decir el infierno en el que vivimos habitualmente. Y el que diga lo contrario que levante el dedo.

1

Vivíamos en una casita blanca pequeña de una sola planta que me hizo un amigo arquitecto, sin luz ni agua, solo la salada que no es poco, con todo el océano enfrente, sobre un mojón de lava negra, con dos inmensas playas, las más hermosas del mundo, a nuestro alrededor.

Todos los años, todos, desde hace millones de tiempos, con arreglo a los ciclos marinos, inalterables, alrededor del veinticinco de julio más o menos, se producía la marea más alta, que era aquella que entraba hasta la cocina de la casa y se llevaba todo lo que había por delante, dejando atrás a veces alguna cosa magnifica y mágica, como aquella pata de palo con correa de hebilla grande, que no sé a qué pirata pertenecería. Tampoco se en que mudanza, una de las mil de mi vida, se habrá quedado. Como tantas otras cosas de mi vida.

Bueno, pues aquel día de Santiago, espléndido, azul entre los azules, ya con el esqueleto inmenso de la ballena muy devorado, porque una ballena murió allí, durante años varada, la pobre, en aquella playa blanca inmensa, quizá la más blanca del mundo que yo había visto en mi vida.

Mis hijos mayores, que hoy tienen cincuenta y siete y cincuenta años, junto a su padre, se atrevieron a darse un baño. Mi esposa, Mayini, entonces casi una muchacha, se guarecía del sol con aquel sombrero clásico de Lanzarote, el famoso sombrero conejero que popularizó en sus cuadros primeros aquel genio único, que fue Cesar Manrique.

Y allí, mi esposa, esperó a que nos fuéramos hacia el agua. Un ligero viento que iba aumentando nos envolvía. A lo lejos, los que solo podíamos ver porque éramos majoreros, como se llama a los que son de Fuerteventura, veíamos la isla de San Borondón, que yo he visto más de una vez, aunque son pocos los que la ven porque sólo se vislumbra con los ojos del alma, y hay por lo tanto que tener alma para verla, que no todos la tienen.

2

Y a lo que voy, que me estoy liando más que la sandalia de un romano, como dice el dicho sureño.

Entramos en aquella mar bellísima, única, en la soledad más absoluta, y mi mujer sentada bajo la sombrilla, creo. Y de pronto, cuando entrábamos en el océano, el atlántico -que hay que respetar a la mar todo lo que sea posible- una fuerza irresistible que nos lleva hacia dentro, y que éramos incapaces de controlar. Una marea. La marea tradicional de todos los años por esa fecha, la marea viva más poderosa que ustedes pueden imaginarse. Y la marea que se nos lleva, abrazados trágicamente hasta el fondo del mar, a mis dos hijos y a mí, ellos abrazados a mi cuello sabiendo que algo terrible estaba llevándonos hacia lejos muy lejos de la orilla, donde mi esposa gritaba aterrada. Hasta que en aquel momento, azul, de arena, sal y mar insoportable, inolvidable, y cuando ya tragábamos agua los tres, de pronto, de repente, otra gran fuerza quizá la misma, quizá otra, la marea que vuelve, allí donde estuvo nos devolvió exhaustos, medio ahogados, rotos, desmadejados como un puñado de algas, a la misma arena de donde nos había robado.

No quiero hacer más larga la historia. Desde entonces sé que soy un superviviente, un náufrago de vuelta a casa. Echamos agua hasta por las orejas, y a la mañana siguiente pusimos en venta aquella joya por la que nos dieron entonces no sé cuánto, y con la casa todo lo que había dentro, y además, aquel coche dos caballos, francés, por el que nos movíamos para ir al pueblo cuando la arena había borrado el camino la noche anterior.

3

Éramos robinsones cuando podíamos serlo. Nos dieron una miseria de dinero, entonces pesetas. Hoy en el mismo sitio, la casa de la ballena permanece con su mosaico y su puerta de hierro oxidado con un sol que me hizo en su estudio de Madrid, entonces, el escultor mágico cordobés, Aurelio Teno. Antes, sin embargo, me metí a la mar, al océano, a la mañana siguiente para perderle el miedo al monstruo más bello del mundo. Al atlántico. Después volvimos a la España peninsular, tristes pero vivos. Igual no mereció la pena. Siempre he sido un hombre de la mar, como ya les he contado tantas veces.

En el mismo lugar se levanta hoy un hotel de cinco estrellas impresionante. ¡Quién iba a decírnoslo…! A veces me dan ganas de volar, que ahora hay vuelo directo, y quedarme para siempre. Pero no me dejan en casa, a los niños y a los viejos no nos está permitido soñar. Pero fue hace eso más o menos, cuarenta, quizá cincuenta años. Sí les diré que escribí un libro, o reuní en un libro de viajes mis artículos, reportajes, historias sobre esa isla mágica a la que quiero tanto. Se llamó El galeón de arena y lleva una portada fabulosa sin duda, mis dos hijos y servidor dentro de aquello que parece la proa de un barco hundido, y que no es otra cosa, sí, que la cabeza de aquella ballena que un día vino a morir a la costa norte de Fuerteventura, entre Lobos y Corralejo. El libro mereció, tal vez por la generosidad de mis compañeros del jurado, Raúl Torres, Manu Leguineche y Alberto Vázquez Figueroa, un premio literario.

Te recuerdo mucho isla hermosa, bella en tu soledad última, donde empieza Europa, son duda. Volvería mañana mismo si me permitieran escapar. Eso sí, siempre que pudiera volver a esa casita humilde donde me dicen que ahora sueñan los últimos viejos de un continente perdido. Subiría a esa terraza que a veces se movía, como si fuéramos en un  trasatlántico. Cuando los grandes pelícanos volaban sobre nuestras cabezas donde aquel día arroje aquella botella con mensaje dentro, en la que se leían solo estas palabras.

¡Qué hermosa es la soledad cuando se tiene con quien compartirla!

  • Acabo de volver del hotel tres islas, aun a pesar de la invasion que este supuso de aquel cambio de dirección que suponen el encuentro de esas dos playas, maravilloso objeto arquitectónico como solución en su “piel”. Vivo en Las palmas y soy arquitecto. Además de leer lo de la escultura de Aurelio teno, querría saber, si ello fuera posible, quien fue el arquitecto de la que fue su casa.
    Saludos atentos de un también gran admirador y “disfrutador” de esa isla y, sobre todo, de esa zona norte.

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