Escribo del sol, pero a la sombra

Siempre fui un leal del sol, si bien no su adorador, como por ejemplo es Julio Iglesias, que igual lo está tomando en este preciso momento a pesar del cambio horario, porque él está al sur del sur y yo más bien al norte, si se atiende a lo que dice el mapa.

Julio siempre al sol, o cerca. Nadie que se sienta más a gusto bajo el sol y si es el nuestro, mejor todavía. Porque quiere que tueste, que incluso cueza, como aquel san Lorenzo de la tradición madrileña que cuando en la parrilla del sacrificio estaba, decía a sus verdugos.

julio

– Ya pueden darme la vuelta del otro lado, que de este ya estoy lo suficientemente abrasado.

Julio, el que más. Lo primero que pregunta cuando va a salir de viaje en su avión privado, es:

– ¿Y hay garantía de sol, allí donde vamos?

– No se olvide de que vamos a Oslo, don Julio- le responde el piloto.

– No obstante, mira a ver si en los partes meteorológicos hay posibilidades…

Ese es Julio al sol, distinto de la sombra des de donde escribo este día de julio, antes del finde, porque yo he conocido todos los soles, o casi todos los soles, del universo mundo.

Incluso el sol de la medianoche de los países nórdicos. Ese de Finlandia, por ejemplo, en aquellos trabajos con los soldados rusos de la frontera del hielo. Inolvidable, esa bruma de luna, aunque hay lunas, que tuestan, y se ha comprobado más de una vez. Por lo menos yo, aquella noche que recibí el inmerecido premio El Pozo de la Luna, de García Lorca, en aquel hermoso patio de su casa de Fuentevaqueros. Cosa mágica, sí señoras. Formidable milagro cuando salí de recoger el pozo que aquí veo desde mi mesa de trabajo, entre mis libros, miren por dónde me dijeron los amigos.

– Pues parece que te ha dado el sol y es de noche y en La Vega de Granada

Y les respondí.

– Es que aquí la luna te pone más moreno.

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El sol, el sol… Conocí en fotografía a doña Sol, que era la madre de la Duquesa de Alba, y una mujer de fuste y de fuerza, romántica y única. He conocido el sol del sur en un barco de vela, redondeando el cabo de Hornos. Conozco en mi piel el sol del mar de Los Sargazos, por donde pasó Colón hasta llegar a las Américas, el sol que ruge entre las nubes de los pescadores de la merluza en El Cantábrico, la ceremonia del sol en el templo alto de Los Andes, el sol de los barcos de turistas pobres del Amazonas, el río sagrado de los tiburones de color rosa…

El sol, el sol… en las camisetas, últimamente en los tatuajes, como si pertenecieras a una secta o a una familia de amantes. El sol aquel, altísimo, de los cazadores de ballenas, el sol que quema, el sol que late, el sol porque sí, el sol porque no hay más remedio en el desierto de Bolivia donde hasta los pájaros oscuros caen fulminados, heridos de sol, a tus pies, a la puerta delas minas de la sal…

El sol en las banderas, en los himnos, en las medallas, el sol que da la vida y puede darte hasta la muerte. Tomar el sol, vivir al sol, aquel esqueleto entero de camello sobre la arena ardiente del Sáhara de los tuaregh, el sol que yo conozco de los segadores que tenía mi abuela, a jornal, el sol de la trilla, de la tarde de toros…

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El sol de los libros, de las novelas de Françoise Sagan, el sol de la piscina -que hay que tiene el color del sol de piscina, que es distinto del sol de la arena- el sol de Lanzarote, el sol bajo las pamelas diferentes, la de encaje, la que venden en las tiendas de souvenirs, el sol de la Isla de Pascua, en lo alto de los acantilados de los pájaros. El sol que nos calienta. Nos da vida, nos protege y nos quema. El sol, tan lejos, pero tan cerca. Esas gafas azules que ahora se llevan tanto y que lo que hacen es ir a la moda, pero engañar al sol de otra manera…

En fin, que me llevan, más que yo voy, al sol de las islas del mediterráneo. A la izquierda del mapa según se mira. Y mi declaración de principios, porque ahí tengo aquel barco de sal que me regalaron en Torrevieja, donde tiene su barco Pérez Reverte, las dos grandes espadas de las bocas de los grande peces, ahora convertidas en lámparas  de las mesillas de  noche y que aun huelen a la sal marina de donde fueron la defensa de los grandes peces en el mar de Cortes, aquel salvavidas que un día me traje de aquel barco canario, el Benchijigua, que nos llevaba a la Gomera…

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Todo es para mí una historia de sol, sin duda. Cuando me vaya ya he pedido que me echen a la mar mía, a la de la costa granadina… eso sí, hecho ceniza, y bien cerrada la jarra de cerámica de fajalauza, porque si sale puede envenenar a los peces grandes y chicos de mi costa…

Y claro, es que todo esto lo escribo como me gusta, el sol fuera sobre el viejo olivillo de mi jardín comunitario.

Porque lo que más me gusta a mí del sol es su sombra. Y más aun si es la buena sombra.

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