El viejo y el mar

A Niza, con dolor, que tiene uno de los mares más bonitos del mundo.

La mar es la mar, y el viejo soy yo, es más como en la inolvidable obra, tan pequeña pero tan grande, del mismo título que en su día conocí a sus dos protagonistas. Una, a don Ernesto del que siempre hablo, escribo, siento, recuerdo, aprendí tanto, y también al hombre que convirtió en héroe, el gran escritor. Perdón, periodista y escritor, aunque son la misma cosa. Yo no soy ninguna de las dos, soy reportero. Solamente reportero, que no es poco.

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Y a lo que voy. La importancia de la mar es grande, muy grande, para mí. Tanto es así, que a mi hijo Ignacio, que es aquel del que ya saben -en Frank de la Jungla, Callejeros y últimamente en Soy Noticia- le he encargado a bordo del barquito que nos llevaba hace unos días hasta la Isla de las Bestias, o la Cueva de la Ballena, en la mar de Isla Plana, que cuando me haya ido -del todo, digo- me hagan ceniza, y me echen a la mar de Granada, entre Alborán y La Alpujarra marina que es tan hermosa como desconocida. Sé que lo hará. Cuando se lo pedí, que no era la primera vez, le apreté con fuerza el brazo joven, con mi brazo tatuado, que ya lo he contado muchas veces y las que me quedan, en la ciudad Juárez de México, en la frontera de los Estados Unidos de América hace muchos años.

– ¿Y qué desea usted, que le grabemos?- Me preguntó en su cámara sombría, aquel viejo profesor King, americano, que tenía tatuada hasta la lengua, su lengua, y que por si fuera poco, llamaban el profesor Iguana.

– Un barco, a ser posible, maestro.

– Elija modelo, joven, aquí están todos.

– Este de vela.

– Así se hará. Son cien dólares. ¿Lo quiere, quieto, de botella, o navegando?

– A toda vela, señor King.

– ¿Se debe parecer a algún otro que ya navegue por esos mares?

– Sí, al barco de nuestra escuela de marinos, el Juan Sebastián del Cano.

– Lo conozco. Lo he tatuado muchas veces, desde hace tiempo, casi siempre con todas las velas desplegadas. ¿Sí?

– Sí. Adelante.

Antes que a mí había tatuado, hace cincuenta años más o menos -les hablo de un minero mexicano que había hecho una promesa- una virgen de Guadalupe entera, de tamaño poco menos que normal, en la espalda. Con un dolor impresionante. En colores, además. El mexicanito aquel no dejó de fumar en toda la tarde, me dio tiempo a ir y a volver, sospecho que fumaba peyote. Sino, imposible.

Bueno, pues es un dato que me tatuara un barco en el brazo derecho, si bien sin mucho velamen ni banderolas, y con ‘pocas olas de mar revuelta’ pocas olas de mar revuelta… Lloraba y sudaba al mismo tiempo. Era un dolor de punzón, de entonces, ahora hay mucho tattoo, hecho de otra forma, eterno, pero sin lágrimas.

Eso por lo pronto. Lo cierto es que la gente de tierra adentro como yo, siempre quieren a la mar de otra manera que los que han nacido junto a ella, aunque sepan, que es “una fabricante  de viudas” como alguien escribió en su día oportunamente.

Por ejemplo, es bueno reseñar que uno de los mejores navegantes de la historia de España, don Álvaro de Bazán, era pariente mío, paisano mío, y nació en Granada, tierra adentro. Incluso, fue el militar que hizo posible un museo Marino en la mitad de la mancha.

Luego pues, todo lo demás que siempre, casi siempre, he contado alguna que otra vez.

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De hecho, he vuelto a nacer después de una de las mareas más grandes en una playa ahora muy visitada por todo el mundo, como es la de Corralejo, al norte de Fuerteventura, en las Islas Canarias, frente por frente a Isla de Lobos, al otro lado de Lanzarote, donde en su día entrevisté al verdadero protagonista de la historia del Viejo y el mar, aquel, patrón de barco, que llevaba al nobel, por los mares del Caribe a la pesca del pez espada, grande, y a caña, aunque muchos otros afirman, que lo que hacía era de espía de la CIA, para avisar a los americanos de la presencia de submarinos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial…

También conozco la casa de la Vigía del maestro. Con su leyenda y sus gatos sueltos.

Y más mar todavía. En esa ya de Corralejo de la que les hablo, más arriba, estuve a punto de morir, ahogado, con mis dos hijos mayores, Tico y Jose abrazados a mí, en una marea tremenda el 25 de julio, o sea en unos días de hace muchos años. Cuando ya estaba sintiendo que la hora azul llegaba, la misma marea que nos sacó tan lejos nos devolvió con fuerza a la playa. Allí volvimos a nacer, sin duda. Les puedo decir que la casa, que aún sobrevive, pequeña y blanca junto al gran hotel de cinco estrellas, hoy se sigue llamando en un mosaico precioso La casa de la ballena. Al día siguiente de aquel naufragio personal malvendimos una casa única, pequeña pero linda, y un viejo coche dos caballos que conocía todos los caminos de arena que se habían borrado la noche antes con el viento. Por una cantidad mínima. Y mi esposa, mis dos hijos, y la chica de servicio, que aún continúa con nosotros desde hace más de medio siglo, nos volvimos a  tierra firme, aunque eso sí, llorando.

Más cosas de la mar. Vivimos en la Antilla de Lepe, en una primera línea, que aún se llama La casa de la tortuga porque fuera, cuando yo estaba, a modo de bandera colgaba un caparazón de tortuga que me había traído de la isla de Annobon, más allá de la Guinea, cuando fue colonia española.

Más: he pescado el tiburón.

He ganado el premio Virgen del Carmen de la Marina de Guerra Española por un reportaje para ABC escrito hace muchos años, cuando me fue permitido navegar en el barco escuela… Hace ya muchos años, que no era fácil de conseguir.

He pisado las islas de Pascua, de Cocos, de Mindanao, de Graciosa, etc… de Galápagos, por supuesto.

He pescado la ballena, con los balleneros de Madeira. Les diré que una vez me dejé una barba como las de los cazadores de ballenas, esto es, sin bigote, a como salga…

He pescado con Gregory Peck la ballena de Moby Dick en las playas de Canarias. Tengo aquí cerca, ahora mismo, el colmillo de una ballena que fue mía, pero esa es otra historia que le contaré algún día aunque la haya narrado ya no sé cuántas veces.

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He pescado el gran pez espada en las aguas del Mar de Cortés, donde un día a bordo de su barco en el Mar de Cortés, el propio Cousteau, luego su nieta tan bella, fue amiga mía en Asturias. Me dijo:

– El planeta que vivimos debía llamarse agua y no tierra, porque si mira cualquier mapa de escuela verá que hay tres partes de océano y una sola de tierra…

Soy un hombre de las islas. Porque en el fondo soy un hombre isla. O el náufrago, que hay ahí, arriba, en la isla. El que siempre sobrevive, colecciono salvavidas, botellas con barco dentro, algunas que me traje de la isla donde vivió Pablo Neruda frente al Pacífico, que solo tiene de Pacífico el nombre…

He contado el desove de las tortugas en Costa Rica… He pescado con los hombres del gran sol, de la novela de Aldecoa, la merluza…

Pero basta. Como buen pescador de historias, no sé nadar del todo. A la mar hay que tenerle amor, sí, pero respeto también, no se le debe perder la distancia, etc…

Por hoy basta. El sonido de la mar, permanece en mí, todavía, a mi regreso, pero por hoy es suficiente. Fernando Calderón, el enorme pintor santanderino, me ha pintado de pirata de tierra con una pata de palo y una mandíbula de tiburón. Desde mi biblioteca, donde hay tanta mar dentro en forma de libro, me mira, la de un tiburón de siete hileras de dientes que compré en Perro Negro, cerca de Acapulco, un día, con Cantinflas, hace ya tantos veranos…

Les seguiré contando que a poco me ahogo, pero no de la mar, de la que he sobrevivido, sino de mi propia vivencia marina… Ahora también me he dejado barba, me sale blanca, no sé lo que me va a durar, quizá mañana mismo, cuando acuda a la tele del sur, al programa de Juan y Medio como hago todas las semanas desde hace seis años, me la arrebate Lola, mi asesora de estilismo, que la tengo. A ver si tengo suerte y me sobrevive por lo menos el verano. De alguna forma me parezco a cuando Spencer Tracy llevó al cine la novela que mereció un Nobel, algo me parezco al protagonista. Lucho, lucho y lucho, porque crean lo que cuento. Como pescar al gran tiburón de la sorpresa, para después contársela a ustedes, mis amigos.

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