Dalí y yo

La última noticia, por ahora -de ayer mismo- que habla de Dalí, -el decía siempre, impostando la voz como era natural en él, “diga dalíiiiiiiiiiiii”, pero con acento en la I- es que el genio catalán, que siempre, aunque está muerto y enterrado en su propio teatro, está más vivo que nunca. Desde hace un par de días, todo Dalí impregna las calles más importantes de Beverly Hills, en las calles más rutilantes del mundo -y más caras- de Hollywood y Los Ángeles de nuestro tiempo.

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Dalí, siempre fue Dalí, al menos desde que yo le eche el ojo encima, -porque siempre te daba un buen titular, porque ofrecía siempre noticia-. Se le ninguneaba un tanto porque decían que aquel solo era un vendedor de paños de Tarrasa que se había convertido en pintor y que vendía su obra con su excentricidad habitual.

Podía valer la definición, pero el caso es que Dalí respondía a la categoría de GENIO. Desde su ademán habitual, su puesta en escena, su propia obra. Era mejor dibujante que pintor y, sobre todo, era un voceador como nadie de su producto, que siempre, -o casi siempre-, era, y así debo decirlo, una obra de arte.

O sea, era mucho más que un hombre con bigote en punta, de fiero mosquetero de cómics, porque la gente de la calle comentaba:

– ¿Quién es ese de los bigotes de punta?

Era mucho más. En lo que dice la wikipedia, a la que siempre acudo y así debo decirlo, Dalí era un artista excepcional, sorprendente, un surrealista único, tan grande como Goya, Picasso o el mismo Miguel Ángel.

Tampoco hay que pasarse. Dalí fue un personaje sorprendente en una época callada. Cuando tú le preguntabas que cuál era su nombre él respondía:

– Joven, ¿tiene usted suficiente tiempo y cultura para escribirlo? (y te lo dictaba casi letra a letra).

– Me llamo Salvador Domingo Felipe Jacinto Dalí i Domènech… he nacido en mayo del mil novecientos cuatro en Figueras, donde quiero ser guardado el día de mi muerte, bien momificado, para que el día de la resurrección de los muertos pueda estar presentable.

“Yo”, el usaba mucho el “yo”, casi siempre, -igual que siempre siempre hablaba con mayúsculas-, tuve la suerte de ser su amigo. O por lo menos su conocido, en su tiempo y su corte. Les diré por qué: tanto en la entrevista primera del Ritz de Barcelona, donde tenía suite todo el año, como en aquel día de Port Lligat en su casa con dos enormes huevos en la terraza, siempre me aseguró lo mismo:

– ¡Ay! ¡De Granada! De la tierra de Federico García Lorca que siempre estuvo enamorado de mí…

¡Lo he contado tantas veces! como aquello de…

– Mire joven, yo, para beber solamente bebo eso que yo llamo un excitante español, verá por qué, está hecho a base de agua de Vichy y Anís del Mono, así que es una verdadera paloma de la paz, y no como la que se ha inventado Picasso.

Se llevaban muy mal, -los entresijos de los genios-, pero no se lo echaban en cara. También me dijo en alguna otra ocasión aquello de…

Mi bigote está así porque me lo engomo con miel de jara de la Costa Brava y así se posan en él, como en un árbol, las dulces moscas mediterráneas…

Y echaba al aire aquel bastón inaudito que le acompañaba siempre. Yo le regalé unas alpargatas de cáñamo de payés, con acento en la e, que solo llevaban los campesinos de la época y Samaranch, el grande del deporte olímpico, cuando subía a su casa en el alto bosque mediterráneo de Gerona. Y llevaba yo puestas otras para la foto que no termino de encontrar -como todo lo mejor de mis recuerdos, a ver si tengo tiempo para buscarlas-…

Siempre estar con él era una sorpresa, casi como un espectáculo ensayado solo para ti, el único espectador en aquel momento. Recuerdo que el primer día que le vi fue en el Ritz y fui acompañado por uno de su séquito, el gran torero Chamaco de Huelva, un triunfador en Barcelona. Dalí era seguidor suyo habitual, él me presentó a Don Salvador…

Que aquel día no traía león en las manos, león vivo y domado, que le era muy habitual, como les cuento.

– No se olvide joven, ¿cómo me ha dicho que se llama? No se olvide de añadir a mi nombre, que está en todas las enciclopedias, porque soy un genio único en el mundo, lo de Marqués de Púbol… que es lo que soy. A ver pregúnteme lo que quiera.

Y yo, que no estaba entonces, -hace cincuenta años-, muy acostumbrado a preguntar a un genio suelto, -y menos a Dalí que era el más grande-, le pregunté a bote pronto, en aquella reunión donde ya estaba Gala, -la que siempre estuvo a su lado, vendiéndolo como nadie-, aquello de:

– Dada su importancia don Salvador…

– Le ruego me diga siempre, que a mí se dirija como Dalí, que es mi apellido mundialmente reconocido…

– Perdone señor Dalí, le quería preguntar tan solo si dada su importancia universal, es cierto que se acaba usted de hacer del Opus…

No sé porqué, pero se lo dije sobre todo para que aprendiera a respetarme el respetable. Decían aquellos días que había recibido la propuesta o que él se había dirigido a la Orden, al Opus Dei, a pedir su entrada… una tontería por mi parte, pero estaba en una extraña corte de increíbles personajes, y yo tenía que escapar por la ventana de la sorpresa.

Meditó aquel caballero sorprendente que llevaba un chaleco de raso con flores amarillas, y me respondió con severidad.

– Joven, ¿Cómo me ha dicho que se llama? Estoy estudiándolo, aún no he tomado una decisión, si tanto le importa, habiendo cosas mucho mas importantes que preguntar sin duda, le tendré al tanto de lo que sobre el tema le interesa.

Y siguió a lo suyo. Surrealismo puro, como correspondía a su talante y a su especial talento. Sin embargo era un gran artista en lo suyo, escultor espectacular, dibujante, insisto, feroz. Soberbiamente soberano, ya admirado en todo el mundo. Un cuadro suyo valía, vale, una fortuna. Y cerca aquella enigmática mujer, Gala, ex esposa de un critico de arte francés, que tanto se parecía a la duquesa de Windsor, que bajó del trono al rey Eduardo, por amor, según la leyenda.

Flaca, fea, y fascinante, diría yo, por decir algo, aunque jamás me dejó hablar con ella. Eso sí, me presentó a un oso disecado que tenía en una esquina de su casa frente al mar, y me regaló a la segunda, una lito, con un caballo volando, eso sí por él firmada, de su puño y letra. Mi vida ha sido tan larga y tan llena de luces y de sombras, que la vendí en un momento difícil. Tampoco era para resolverme la vida, pero un mes, siempre. Eso sí, en cuanto encuentre el retrato, los dos con las payesas puestas, se lo muestro aunque sea fuera de tiempo, aunque eso nunca hay un tiempo en silencio, de la vida y la obra de este genio, sin duda, catalán, español total, con el que comí en su día y en su casa de Port Lligat, hoy museo, butifarra catalana, riquísima, para lo cual se colocó en la cabeza una barretina catalana. Se nos fue el marqués en enero del ochenta y nueve, a la edad de ochenta y cuatro años. El corazón no le permitió seguir viviendo, quizá como dice la copla de Rocío Jurado, de tanto usarlo. Megalómano, desproporcionado, me dijo lo mismo que le había dicho a todos, tenía su lección muy bien aprendida.

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– ¿Que si estoy loco? Le diré una cosa, ¿cómo me dijo que se llamaba? Le diré que la diferencia que hay entre un loco y yo, es que yo no estoy loco.

Pero lo que fue un titular para mí lo fue después para muchos. Lo aseguró un millón de veces. Sin embargo, hoy, aseguro que para mí siempre fue un regalo, un tesoro el poder hablar con él, aquel exagerado, aparente, que en el fondo, sabía lo que vendía. No encuentra uno con frecuencia personajes como él. Que es noticia hasta después de muerto. Hace poco han querido trasladar su cuerpo de donde está en el teatro que lleva su nombre, hasta el lugar donde esta enterrada Gala, su musa. Dicen que en su castillo, donde está enterrada ella, Dalí, mandó hacer en vida dos tumbas, enterradas, sí, pero que, a través de un agujero que él mismo abrió, pudieran en su día, cuando quisieran, darse la mano.

Les advierto que el día que exista una bajada de sus acciones, que están haciendo ricos a tanta gente, intentarán de nuevo robar sus restos. Cataluña los ha hecho suyos y, ahora, en el corazón de la moda, del mundo, en Beverly Hills, Dalí ha vuelto a ser noticia, casi a los veinticinco años después de su muerte. O sea, que sigue, lo que a veces digo, más vivo que nunca.

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