Señora baronesa Thyssen, doña Carmen

 la primera comunión, y tan iguales, no es cosa de cada día, ni mucho menos, por muy apasionante que sea la vida que se vive, doña Carmen Cervera.

Como todo, bueno, casi todo, como a casi todo ser humano corresponde, lo que de usted se pueda contar a lo mejor se encuentra en el internet, que a veces nos da tantos disgustos, aunque no a mí, que para mí el nómada inmóvil ha sido un descubrimiento tardío. Yo quiero hoy, baronesa Thyssen, contar algo que me ocurrió con usted y el inolvidable barón Thyssen, su esposo, en esa casa excepcional, fabulosa -todos los adjetivos sobran- que fue, que es, que sigue siendo, Villa Favorita, junto al lago suizo, donde fui invitado hace algunos años y acudí, por cierto, con la marquesa de Varela que hizo las presentaciones necesarias. Había conseguido la exclusiva, y fue para ¡HOLA!, como siempre. Aprovecho la ocasión para enviar a Neneta, que estará tomando el sol frente al gran océano donde se termina el mundo en la punta del diablo, de Uruguay, este beso verdadero.

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Dicho lo cual, les cuento.

Aquel día, después de hablar un largo rato arriba, en una de las terrazas de la Villa Imperial, diría yo, luego de una comida elegante y muy bien servida con una vajilla creo que de la casa del Barón, de pronto, el señor Thyssen va, se levanta y me dice en un español importante, fácil, milagro que hace el amor sin ningún género de dudas, aprendido de una profesora como Carmen:

– ¿Quiere usted que le muestre el secreto privado de mi colección particular, que lo tengo bajo siete llaves?

Bajé la cabeza agradecido. Caminé tras el Barón un buen trecho, salones, pasillos, todos con ventanas al lago de color plata mientras caía la niebla encendida de todos los días a esta hora, y seguí al Barón hasta su secreto.

Llevaba colgando de la cintura, a la vieja usanza, diría yo, o mejor a la antigua manera, una especie de cadena, digo yo que de plata o de platino, de las que se llevaban en el bolsillo del pantalón en épocas pasadas. Y de la cadena, un racimo de llaves de todo tipo no muy grandes. Eligió una sonriente y me pidió:

– Espere usted a que yo encienda la luz. Eso es lo primero.

Sonaron las llaves levemente, se abrió la puerta del sitio cerrado, y pude comprobar por su anchura y la entidad de sus cerrojos matemáticos, que se trataba sin duda de una cámara acorazada y de la marca Thyssen, que hace los mejores ascensores del mundo, sin duda.

Encendió la luz, claro que sí. Pero era solo una cenital, casi como de quirófano, que alumbraba de un color frío pero suficiente, un cuadro en un caballete montado. Un lienzo grande con la figura de un como arcángel be-llí-si-mo, vestido de guerrero con un paisaje al fondo, tipo Bosco, no me atrevo a decir que fuera un Bosco, ahora tan de moda en Madrid, pero sí que al menos en el paisaje final parecía tener su argumento, ángeles y demonios sobre o dentro de un paisaje encendido. Para no perder el tiempo, les diré que podría saber de quién era el cuadro mostrado. Pero no sé si le gustó al Barón que lo escribiera. Digo yo que por si acaso no lo diré, porque lo mejor después de que casi me ordenara…

– Siéntese y observe tranquilamente, merece la pena perder o ganar unos minutos. Yo en muchas ocasiones me siento donde está usted y paso parte de mi día observándolo, no me canso de verle, es un tesoro único.

Yo le vi, si bien fugazmente, aunque sabiendo lo que pensaba aquel hombre impar, su enorme talento artístico, su capacidad de transformar el acero de sus fábricas en colecciones de arte únicas, ya era suficiente para mí. No obstante, quemé unos minutos de mi tiempo, que no vale sin embargo un euro, sentado, absorto en ver lo que estaba viendo. No lo olvidaré nunca. Sí debo decir que al fondo, en la sombra, había una larga galería, archivo, especie de almacén de escalera con cuadros, etc., que solo mostraban uno de sus lados. Sin enmarcar incluso. Un verdadero museo en la oscuridad.

El Barón, sonriendo, volvió a cerrar con sus llaves colgando de la cadena, las guardó ahora en el bolsillo de su chaleco -que llevaba chaleco- y se puso a caminar delante de mí. De pronto volvió la cabeza y me confesó en mi idioma:

– Ha visto usted el mejor cuadro de mi colección, pero le quiero decir que el que más admiro de todos, lo mejor de mi colección, es sin duda la mujer que más amo, Carmen.

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Eso sí que es un piropo dicho por quien lo dijo. Estaba muy enamorado de aquella española de la que casi todo lo demás se sabe, más aun después de haber leído el libro, impresionante, de mi buen amigo, compañero y poeta excepcional José Antonio Olivar.

Lo demás más o menos se conoce con solo darse una vuelta por todo lo publicado en los medios, desde aquel día que una niña de Cataluña llamada Carmen Cervera se llevó de calle el título de Miss España. Ya había sido condecorada como la más bella de todas, y había mucha guapa en el concurso de Marbella. Después fue Miss España, y en Europa, estuvo a punto de llevarse en galardón. De todas formas, aquella Carmen Cervera de entonces, a la que ya llamábamos Tita, era una joya. Sin género de dudas. Yo la había visto con Summers, que iba no como director, sino de actor, la película aquella que no me acuerdo cómo se llamaba ahora mismo y que realizó Mariano Ozores. Ya entonces me gustó mucho más aún. Tita era linda, linda de verdad y además tenía un cuerpo monumental.

Me gustaba y me gusta su sonrisa, cuando achina los ojos, y siempre tan cercana, con su sonrisa de chiquilla catalana de buena familia. No hay que olvidar que Tita, que si nació en el cuarenta y tres, resulta que tiene los setenta y tres recién cumplidos, y que se llama en realidad, según las enciclopedias, donde está como baronesa y coleccionista de arte, mecenas, filántropa, etc., etc., como María del Carmen Rosario Soledad Cervera y Fernández de la Guerra, que además habla no sé cuántos idiomas, aparte de por teléfono, que a pesar de su eficaz secretaria que no deja de darle la lata, que todo el mundo quiere darle la lata, a pedirle más que a darle, las cosas como son. Pero ella lo tiene todo o casi todo, esa es la verdad, porque también sufre mucho y sobre todo siendo carne de noticia como es, aunque a veces ya no quiere serlo.

Sus bodas anteriores, su hijo Borja, que su padre -lo sabe todo el mundo- es Manolo Segura, un brillante publicista, hombre guapo entonces, aún hoy, al que yo conocí cuando trabajaba para ABC  como jefe de reporteros. ¡Cuánto ha llovido desde entonces, y sobre todo en la tierra de Manuel, que es cántabro al que gusta lógicamente el mar, la mar, como es natural!

Ahora Carmen, la Baronesa, acaba de comulgar a sus gemelas adoptivas en una ceremonia hermosa, de la que ¡HOLA! da amplia información. Ha sido un día para Carmen, como todo es en la vida, de felicidad, pero al mismo tiempo con un punto de tristeza. El destino no da todo a casi nadie. A nadie mejor dicho. Su hijo Borja, que por lo visto, lógicamente, ha sido invitado, no estaba en el día blanco de Carmen donde la baronesa lloró como Dios manda.

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Es muy rica, y veo que su nacionalidad es suiza. ¡Pero si es la más española del mundo! Les digo porque la entrevisté, aparte de en el pasado de Villa Favorita, en el presente, en su casa de La Moraleja, donde pinta a veces, y pinta muy bien, a lo Munoa, también en su hermosa casa de Cataluña, cuando era la señora de Baxter, el Tarzán memorable, después del verdadero Tarzán -les hablo de Johnny Weissmüller- al que yo saludé en su día en el ático de aquel hotel de Acapulco. El mejor Tarzán de la historia, que se pasaba el día viendo saltar a los ángeles suicidas de la gran roca, recordando aquel salto fabuloso que vestido de traje de caballero tuvo que hacer por necesidades del guion desde el puente sobre el Hudson, en la película Tarzán en Nueva York.

Allí también entrevisté a Carmen, y no pude hacerlo como hubiera sido mi deseo, en su yate, el Mata Mua, aunque me queda la gana de entrar con ella algún día, cuando ella quiera, para escribir sobre la “Carmen pintora”, que lo es y bastante buena. A ver si un día se decide y me abre la puerta de su gran secreto, como me hizo aquel día su esposo, el Barón en Suiza, para mostrarme su gran tesoro escondido. Que era ella, por cierto, y por amor naturalmente.

Ahora leo en algún sitio, que debido a sus números, sus cuentas, amenaza así, advierte, que si le apuran mucho se va de España. Ya. Por lo pronto tiene ya sitio en Andorra, bueno, en Andorra y en muchos sitios más, dada su fortuna. Eso sí, me permito con toda modestia, con la sabiduría que me da mi edad y mis conocimientos de las que son las verdaderas verdades del alma, que aunque se vaya de España, España siempre irá con ella hasta ella, vaya donde vaya, por lejos que sea, que puede ir incluso hasta su lejana casa en las islas del Pacífico, porque España le dio casi todo lo que es. Mejor dicho, porque ella es como dice la música, Carmen de España, aunque no sea, como ha merecido ser, como poco, por decreto Real, marquesa de Cervera, si es que no existía el título.

Ha hecho mucho por esta tierra suya, muchísimo. Y siempre merecerá, digan lo que digan, nuestro amor y nuestro respeto.

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